Los Sobrevivientes: Un sueño más grande

Capítulo 3. La libertad que él protegió

Yanet no volvió a tener más pesadillas por esa noche, pero solo porque ya estaba viviendo una en la vida real. Ciertamente, no tenía razones reales para rechazar la ayuda de un profesional en salud mental. Pero, la sola idea de tener que contarle sus cosas personales a un adulto que no fuera su maestro, su madre o hasta al difunto caballero Rodolfo Orihuela le desagradaba en lo absoluto. Si de por sí, hacerlo con personas de su edad ya le era difícil, lo que estaba por hacer era incluso peor que enfrentarse a un rebelde.

O, al menos, así era desde su punto de vista.

Su mamá no mintió cuando dijo que estaba decidida a llevarla con un psicólogo. Apenas el sol bañó con sus rayos al distrito 17 de la ciudad de Amil, la señora salió de la casa a comprar los alimentos para el desayuno. A su regreso, preparó un gran tazón de avena con carne de cerdo frito en una bandeja a parte y los sirvió, acompañados de una jarra de café cuyo aroma despertó fuertemente el interés de la todavía menor de edad. Una hora más tarde, cerca de las diez de la mañana, ambas abandonaron su residencia y abordaron una carrera que las llevaría directamente a su destino: el distrito 16.

Contrario al lugar de donde provenía, que se caracterizaba por la infraestructura vertical de la mayoría de sus viviendas multifamiliares, el desarrollo urbanístico de esa zona era más horizontal, con enormes residencias de máximo dos niveles de altura no tan vistosas en apariencia, aunque sí beneficiadas por amplios jardines tanto delanteros como traseros. Algo, que la aspirante a guardia civil siempre envidiaba cada que tenía la oportunidad de recorrer sus calles. Y es que su hogar, aunque acogedor, no dejaba de ser pequeño.

Su breve estadía en pueblo Karanca la hizo descubrir algo: disfrutaba el contacto con la naturaleza más de lo que imaginaba.

De regreso a su “triste” realidad, el resto del viaje se la pasó oyendo comentarios para nada alentadores de su madre. Irían al consultorio de la doctora Olga Beifong por recomendación de una de sus amigas del mercado “Unión”, debido a que tenía mucha “experiencia” trabajando con niños y adolescentes con problemas. Supuestamente, las sesiones les vendrían bien a ambas. Nunca evidenció malicia o doble sentido en sus palabras, aunque la aún menor de edad no supo cómo sentirse al respecto. Incluso en ese momento, seguía sintiéndose bien consigo misma. Aun así, prefirió reservar sus opiniones para no empeorar más la situación.

Una mujer que aparentaba rondar los cincuenta o sesenta años de edad las recibió poco después de bajarse de la carreta, frente a una vivienda bastante inusual. Todas sus paredes del primer piso no estaban hechas de ladrillo como marcaba la costumbre, sino más bien de bordes cementosos que protegían muros hechos enteramente de vidrio blindado polarizado. Pudo ver el reflejo de las tres, más Yanet no fue capaz de avizorar lo que ocultaba en su interior. Lo que sí alcanzó a distinguir fueron diferentes siluetas de animales formados a partir de los barrotes que protegían la residencia. Desde palomas hasta águilas en vuelo y caballos galopando. Todos, de alguna manera, guardaban una curiosa relación con el sentido de la libertad.

La doctora Beifong la saludó con una ligera reverencia, seguido por una sonrisa “profesional”. Lo llamó así porque, si bien, no era sincera, tampoco alcanzaba a rozar con la hipocresía. Solo lo hacía porque era parte de su trabajo, era su deber.

No tuvo problemas con eso. Al menos, de momento.

Por dentro, tanto la recepción como la pequeña sala de espera le resultaron acogedores. Olía bastante bien, dicho sea de paso, como a lavanda o aromas florales. Era una mezcla bastante extraña, aunque agradable para su olfato. Plantas decorativas escoltaban a los muebles y los diferentes cuadros y pinturas que colgaban de las paredes no hacían más que hablar del buen gusto que tenía la señora. Uno bastante sobrio, aunque efectivo a ojos de Yanet. Sin embargo, hubo algo que no pudo pasar por alto y eso fue…

…la nula presencia de otros pacientes…

Su mamá y ella eran las únicas dentro del consultorio y notarlo, hizo que su instinto de supervivencia disparara las alertas. No era un escenario normal, no con todo lo que había escuchado de ella. Llevó su mano izquierda a la altura de sus caderas, cuando…

- Yo que tú no haría eso, jovencita _su voz, rasposa y firme, seguía sin ser agradable para sus oídos_. Cancelé todas las citas que tenía esta mañana para darte prioridad. Supuse que lo último que querrías sería verte rodeada de más personas extrañas. Ahora veo que también desconfías de la soledad. ¡Ya tenemos un avance!

- Espere… ¿cómo supo que yo…?

- ¡Los latidos de tu corazón! _giró en media luna para poder verla, a la par que juntaba sus manos en señal de oración_. Los elementos no solo se usan en combate, niña. Esa es una de las primeras lecciones que nos dejó lady Jensen en vida. El agua, por ejemplo, es el componente principal del cuerpo y representa aproximadamente del 50% al 70% del peso corporal. ¿Eso que quiere decir? Que, como maestros benditos, también podemos hacer uso de ella _sonreía mientras hablaba. Parecía disfrutar de sus lecciones_. Respondiendo a tu pregunta, es a través de mi prodigioso dominio del elemento que puedo entender las emociones de las personas gracias a las vibraciones que emiten los latidos del corazón. Tus latidos acelerados son el reflejo de tu miedo, y está bien. Sería raro que no los tuvieras después de todo lo que te tocó vivir.

- ¡Se equivoca! ¡No tengo miedo! ¡Me encuentro de maravilla!




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