Vio como una esfera de fuego rompía los cielos del distrito de la ciudad de Amil, alumbrándolo de un rojo tan intenso, que las nubes parecieron bañarse con sangre. También, a centenares de encapuchados con máscaras de animales protegiendo sus identidades, irrumpiendo en los terrenos de la academia San Felipe a punta de gritos enérgicos y armas en mano. No tuvo tiempo de reaccionar, apenas y pudo juntar sus manos en señal de oración para crear técnicas benditas y proteger a todo aquel que estuviera cerca de ella.
Llegó al salón de docentes, se dirigió luego hasta la torre “A” y protegió a sus amigos del ataque de los rebeldes infiltrados. Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos, ni siquiera se permitió procesar que volvió a hacer uso de ataques mortales. Esta vez, acabando con las vidas de aquellos que intentaron hacer lo mismo, pero con sus aliados. Antes, consideraba aberrante esa forma de impartir “justicia”. En cambio, ahora, lo veía como un mal necesario al que, lamentablemente, ya no era capaz de rechazar. Eran o ellos o sus enemigos y Yanet…
…eligió proteger a sus amigos, sin importar las formas…
Un gigantesco bosque emergiendo desde las entrañas de la tierra en los terrenos de educación superior, el gran tótem de roca y Sebastián despertando el poder del guerrero solar. Todo el atentado se resumía siempre en un mismo punto: su derrota inminente ante “big Serg”. Tanto esfuerzo, tanta dedicación, tantas horas de entrenamiento en casa de los Robles, al final, no sirvió para nada.
Fue débil y, por eso, él se vio obligado a cruzar la línea. De jugar a ser Dios y decidir quien vive y quién no.
Se despertó gritando, con el cuerpo sudado y temblando como si acabara de quedarse sin energía. Le costó reconocer en dónde estaba, hasta que todas sus memorias volvieron de golpe a su cabeza. Ya no dormía sobre su cómoda cama, dentro de la habitación que decoró junto a su madre cuando era niña. Las paredes, sucias y pintadas de un azul fuerte, todavía desprendían un fuerte aroma a cigarro, muy posiblemente por culpa de la pareja que rentó el cuarto antes que ella. Y es que sí, tras abandonar la calidez de su hogar, a la aún estudiante de cuarto año no le quedó más remedio que pasar la noche en un hospedaje para viajeros en los límites del distrito 17.
Consultó su holomisor. No eran ni las siete de la mañana y ya tenía tres llamadas perdidas y un mensaje de voz de su mamá. Dudó en escucharlo por un momento, hasta que se armó de valor.
“¡Espero que no sea lo que estoy pensando! ¡Porque si no, me dejarías profundamente decepcionada, Yanet! ¡¿Se puede saber qué demonios pretendes?! ¡No actúes como una niña berrinchuda! ¡Vuelve a la casa y lo conversamos! ¡¡¡AHORA!!!”
No hubo preocupación en sus palabras, tampoco amor.
Solo furia e incomprensión.
Y la respuesta de Yanet fue apagar su holomisor, guardarlo hasta lo más hondo de su maleta roja y ponerse un conjunto ligero de ropa que consistió de unos shorts azules, una camiseta blanca y sus clásicas muñequeras largas de color negro para ir a buscar los primeros alimentos del día. Como no podía faltar, también cargó consigo la espada de la familia Robles y su mochila rosa.
Confiaba en que encontraría todo un banquete a buen precio, pero tuvo que conformarse con un par de panes con huevo y un vaso de leche caliente que compró en una cafetería cercana. Durante su recorrido, se percató que varios transeúntes se la quedaban viendo, preguntándose si se trataba de “la chica de las noticias”. Detestaba cuando eso pasaba, ni siquiera la dejaban comer en paz. Forzosamente, tuvo que invertir en una gorra con visera para camuflar su identidad, regresando hasta el hospedaje para viajeros solo para volver a admirar su holomisor por varios minutos.
Suspiraba cada que recordaba las palabras de su madre; pero también, cuando volvía a ser consciente de lo que hizo. Literalmente se había fugado de casa, por supuesto que tenía razones para enojarse con ella. Aun así, Yanet no dio marcha atrás. Sus prioridades ahora eran conseguir trabajo y evitar quedarse sin dinero antes de fin de mes. Por suerte, lo poco que llegó a ahorrar todo el año anterior le sirvió para asegurarse un techo por una semana completa. La renta de una habitación con baño compartido rondaba alrededor de 20 santinos por día y uno con baño privado, 30 a 40 santinos.
Por supuesto que escogió uno de treinta. Lo último que deseó fue tener que exponerse cruzándose con personas desconocidas.
Las horas pasaron y, para cuando la tarde llegó, acudió hasta un comedor popular para alimentarse con comida ligera que consistía en una porción de arroz, dos rodajas de papas y media pechuga de pollo sancochado. Normalmente entrenaba después de almorzar, pero esta vez destinó todos sus esfuerzos en recorrer las calles del distrito buscando algo que pudiera darle dinero. Cocinar no se le daba muy bien que digamos, así que descartó esa opción. La atención de clientes, en cambio, era otro cantar. Con humildad, reconoció que tenía buen trato al momento de interactuar con otras personas.
El único con el que, quizá, no fue del todo cortés en un inicio fue con su maestro, Jorge Robles. Pero, las circunstancias y los objetivos que persiguió en ese momento fueron otras.
Caminó, preguntó, siguió caminando y también, consultando, pero el resultado fue el mismo. No podían contratar menores de edad.
- Pero… ¡¿por qué?! _preguntó, ya con la moral abajo, al último hombre que se atrevió a rechazarla.