Tardó menos de tres horas en llegar al domicilio de la familia Flores. La tensión y el enojo se apoderó de su cuerpo cuando descubrió que un gran cúmulo de personas ya se había formado desde varias calles atrás, queriendo lo mismo que ella: acercarse lo más que pudieran para ver de cerca lo ocurrido en la casa de la “enamorada del héroe de las noticias”. Tal y como pensó, el perímetro ya había sido acordonado por cintos de la Guardia Civil, dejando a los familiares de su amiga al pie de la entrada, cerca de dos enormes carruajes con el número “19” estampado sobre sus puertas.
Eran de la dependencia del distrito 19.
Luciana también estaba ahí, apoyada del brazo derecho de su madre, escuchando con atención las palabras del aparente caballero a cargo de su caso. Buscó, entonces, acercarse a ellas para apoyarlas, pero sus propios vecinos no dudaron en bloquearle el paso, alegando que ellos también tenían todo el “derecho” de ver lo que ocurría. Su descontento colectivo, sin embargo, no tardó nada en desaparecer cuando la aún menor de edad se quitó su gorra con visera para revelar su identidad, apresurando el paso para evitar a todos aquellos que empezaban a reconocerla.
Ya dentro del área acordonada, fue capaz de desplazarse con libertad hasta el frontis de la casa. Frenando, luego, sus pasos en corto.
“Descansen en paz”
Leyó, escrito con lo que parecía ser pintura roja sobre una de las paredes exteriores del primer piso. Mensaje, que fue “decorado” con varias hileras que caían lentamente hacia el suelo desde los extremos de cada letra, emulando gotas de sangre.
Era una amenaza de muerte.
No pudo creerlo. Definitivamente tenía que ser obra de Nuevo Amanecer, la familia Flores no tenía otros enemigos. O, al menos eso pensó hasta que cayó en cuenta de algo importante: ¿por qué centrarían su atención en ellos? Hasta donde sabía, por más que fuera la enamorada de Sebastián, Luciana nunca fue un objetivo real para los rebeldes durante el atentado a la academia San Felipe. Lo fue ella y, a pesar de ya estar de regreso en Amil desde hacía un par de semanas, nunca hicieron acto de presencia ni tampoco, actuaron con el objetivo de amedrentarla. Entonces, ¿por qué hacerlo apenas la pelinegra fue dada de alta? ¿Qué buscaban?
- ¿Cómo ocurrió? _preguntó, todavía sorprendida. Sin embargo, lejos de obtener una respuesta de Luciana, esta solo se limitó a negar con la cabeza para, acto seguido, abrazar a su madre.
- ¡¿Y tú quién eres?! _un hombre de mediana estatura, moderadamente robusto, de facciones toscas, arrugas marcadas y con la voz rasposa se dirigió a ella con autoridad. Yanet no había caído en cuenta hasta ese momento, de que era la primera vez que veía al señor José Flores en persona. Por lo mismo, procedió a saludarlo con todo el respeto del mundo y a presentarse por sus nombres. Esperó alguna respuesta de su parte, pero jamás sucedió.
Lejos de continuar la conversión, el adulto le volteó la mirada para atender a los caballeros de la dependencia del distrito 19, quiénes buscaron a la familia para hacerles algunas preguntas. Oportunidad, que la aspirante a Guardia Civil usó a su favor para alejarse temporalmente del grupo y buscar algunas pistas. En otro escenario, lo más razonable hubiera sido quedarse para escuchar la conversación, pero su instinto la llevó a moverse por los alrededores de la casa en busca de algo que pudiera serle de utilidad.
Aunque le costara admitirlo, era bastante consciente de lo que podría llegar a pasar. Por más que los guardias y caballeros supieran sobre la relación que tenía Luciana con Sebastián, formalmente, no había nada que apuntara directamente a Nuevo Amanecer como los responsables de la amenaza. Lo máximo que harían por los Flores sería abrir una investigación y prolongarla el tiempo que fuera necesario hasta terminar archivándolo.
No encontrarían al responsable de la pinta. Al menos, no ellos.
Pasaron los minutos y, por desgracia, Yanet no encontró nada relevante. Barajó la posibilidad de llamar a su maestro, aunque la descartó de inmediato al recordar que este iría a buscarla temprano al hospedaje para viajeros. Lo más probable es que estuviera enojado con ella por no haberlo esperado como se lo ordenó. Aun así, siguió siendo el menor de sus preocupaciones.
No podía depender siempre de él, era el momento de actuar por su cuenta. Era tiempo de encontrar su sentido del deber.
Cerró los ojos y, entonces, usó su lectura de presencias para detectar alguna que le resultara sospechosa. Si Cheren o algún otro rebelde que conoció en el pasado estuvo o siguiera escondido por la zona, definitivamente se daría cuenta.
Entonces… ¿por qué no detectaba nada raro?
- ¡¿Sigues aquí?! _la enérgica pregunta del papá de Luciana la hizo perder su concentración. De la nada, se había puesto a su costado para encararla como si estuviera haciendo algo malo. Su cabello corto y canoso, iba en sincronía con su tez trigueña y ojos tan pequeños, similares a rendijas_. ¡¿Qué te sucede?! ¡¿Quién te dijo que vinieras?! ¡Lo último que mi familia necesita es tu mala fama!
Buscó el apoyo de su amiga para no faltarle el respeto, como bien se moría de ganas por hacer. Pero, Luciana no mostró intenciones de querer intervenir. Algo le ocurría, no irradiaba aquel optimismo que tenía desde hace algunas semanas. De nuevo, había vuelto a aquel perfil deprimido y hasta apático con el que la encontró la primera vez que fue a verla al Hospital Mayor de Melendi.