Por dentro, la situación no cambió mucho.
Ambas, madre e hija, desfilaron ante la atenta mirada de jóvenes y adultos quienes, curiosos, balbuceaban incrédulos al reconocer a la “heroína” del momento. Esto a la Aria Benavides no le molestó en lo absoluto, en cambio Yanet estuvo a nada de regresar sobre sus pasos para pedirles encarecidamente que dejaran de hablar sobre ella. Y lo hubiera hecho, de no ser porque Luciana se le acercó con disimulo para pedirle que no les hiciera caso.
Su mamá quiso saber qué le había dicho, pero la aún estudiante de cuarto año se hizo la desentendida. Unos segundos más tarde, comenzó su verdadera plática.
- Bueno, por lo menos son una familia decente _bramó la señora Benavides, seria, aunque en voz baja para evitar que los señores Flores llegaran a escucharla.
- Ya te estabas tardando _ni siquiera giró a verla a la cara. Estuvo más concentrada en no perder el ritmo de la caminata. Ambas familias fueron conducidas hasta el ala izquierda del establecimiento, lugar en el que uno de los trabajadores del recinto los invitó a descender para que pudieran reunirse con el resto de invitados_. ¿No te parece un poco hipócrita hablar mal de las personas que cuidan de tu hija?
- ¿Y? ¿Qué esperabas? ¿Qué llorara mientras les daba las gracias por cuidar de mi malcriada hija? _estiró la cara para esbozar una sínica sonrisa con la que correspondió a la amabilidad del hombre de saco y corbata_. Podrán ser buenas personas, pero no dejan de apañar tus malcriadeces _refunfuñó como un toro con el ego herido_. Si no fuera por ellos, hace rato que tu…
- ¡No hubiera regresado a la casa, madre!
Indignada, Yanet no pudo evitar la voz mientras que su cuerpo reaccionaba por inercia, plantándose firme al borde de las bonitas escaleras de madera bien cuidadas que conducían al salón principal. Fue tan abrupta, que cortó el paso del resto de invitados de la ceremonia, incluyendo, por supuesto, a la familia Flores. No fue hasta que el señor José le preguntó con molestia si todo estaba bien que logró despertar de su trance, percatándose de su error. Temerosa, intentó remediarlo, aunque de su boca no salió más que palabras sin sentido en lo que sus pequeñas mejillas se impregnaban de rubor.
- Todo en orden, señores. No se preocupen _su mamá y su hipocresía salvaron la situación. Aria no dudó en tomarla del brazo con delicadeza mientras que, apenada, se disculpaba con los demás inclinando ligeramente el cuerpo hacia adelante_. Mi hija, ella… no puede evitar emocionarse. Quizá no lo sepan, pero fue invitada en calidad honorífica _la juzgó con la mirada_. ¡Debe de comportarse a la altura!
Yanet captó la indirecta y, con la misma, agachó la cabeza para imitar a su progenitora, haciendo que la histeria colectiva se disipara y fuera remplazada por una ovación y un par de halagos.
Sonreía, pero por dentro…
… No pudo evitar sentirse miserable…
El mensaje fue claro, no tenía que ser genuina todo el tiempo. A veces, solo bastaba con no desentonar para que la armonía reinara en el ambiente y eso, lo reafirmó una vez que el grupo de invitados empezó a descender por las gigantescas escaleras cuyos decorados y detalles finísimos y elegantes resaltaban a la vista. Todos los que la rodeaban, sin duda eran padres o familiares de las víctimas de los atentados a las academias Newton y San Felipe. Eso quería decir, que tuvieron que hablar pestes de la gestión de la monarca de Melendi en, como mínimo, una ocasión por haber pretendido que no se les reconociera el año escolar por la no culminación de sus exámenes finales.
Y ahí estaban, admirando los cuadros y reliquias que acompañaban a las paredes brillosas. Algunos, incluso, no dejaban de repetir lo emocionados que estaban por tener la “oportunidad” de conocer a una mujer tan importante en el continente como madame Vanderlei. Yanet sintió repulsión con solo escucharlos. Se le hizo ilógico que ignoraran el hecho de que dicha “graduación” solo se estaba gestando por la inacción de la familia Real frente a un problema de talla continental como la actividad rebelde en el reino. Sus risas, su disfrute, incluso una vida plena. Todo eso era algo que las verdaderas víctimas de Nuevo Amanecer ya no podían hacer.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos al momento en que puso un pie en el nivel inferior a la recepción. Lo primero con lo que se toparon, fue una bonita sala bar en el que resaltaban botellas de distintas formas y tamaños, muy vistosas y coloridas, colocadas estratégica a la vista de todos los presentes. Un hombre de avanzada edad, pero de porte y atuendo elegante les dio la bienvenida mientras terminaba de secar unas copas con un trapo blanco, invitándolos luego a pasar a la estancia de al lado con un gesto de cortesía.
Gigantescas puertas de madera adornadas con cristales coloridos en medio les cortaron el paso. Ismael intentó ver que había al otro lado acercando su cabeza al conjunto de vidrio, pero no fue capaz de distinguir nada, lo que llevó a Yanet y a Luciana a tener que abrirlas de par a par para que pudieran llegar a su destino. Y así lo hicieron, liberando un agradable crujido que culminó al momento en que sus cuerpos fueron cubiertos por una potente capa de luz amarilla.
Música clásica, personas en cada rincón del establecimiento y una infinidad de mesas vestidas con telares blancos y celestes fue lo primero que saltó a la vista cuando ingresaron a la “Graduación Estelar”. Del techo, colgaban varios candelabros que, por solo juzgar su apariencia, ya pudieron darse una idea de lo costosos que eran. Yanet también se fijó que, hasta el centro de todo, resaltaba lo que parecía ser una fuente de agua de, por lo menos, dos metros de altura, hecho a partir de rocas cuyos bordes también servían como asientos para los invitados. Le dio más la impresión de ser un punto de referencia, de esos que se estilaban armar en grandes complejos para ubicar a los asistentes.