El calendario de su holomisor marcó el viernes 27 de junio del año 2014 de la Era de los Bendecidos.
“Todavía tengo tiempo”, pensó Yanet, entusiasmada, mientras recogía algunas prendas que encontró al pie de su cama para guardarlas dentro de su clásica mochila rosa, solo para terminar colgándola sobre su espalda junto con la espada de la familia Robles. Las luces de su habitación, todavía encendidas, alumbraban todo su desorden temporal, prueba de lo indecisa que estaba respecto a qué cosas debería de llevarse consigo. Pensó y pensó, pero, al final, solo se limitó a guardar su holomisor y un par de frascos de aseo personal dentro de la maleta de mano que encontró en casa de su madre.
No era tan grande como su maleta roja, aunque fue lo suficientemente espaciosa como para contener una manta y un cambio de zapatos.
Se acomodó las muñequeras largas de sus brazos mientras recordaba con una sonrisa en su rostro, como fue que se desarrolló su plática con la máxima autoridad de la Academia Élite, Pedro Aguilar.
Que un personaje de su calibre la reverencie apenas conocerla fue algo que ni siquiera su maestro esperó, lo supo con solo verlo. Su expresión de incredulidad, seguida de confusión absoluta en su adulto rostro era algo que todavía le daba mucha gracia. Sí, su viejo conocido hablaba con muchos formalismos y disfrutaba que lo reconocieran por sus logros. Pero, estaba lejos de ser un pesado o fanfarrón como lo fue alguna vez el director Enrique. Todo lo contrario, no dudó en ponerse a su nivel y confesar que, de haber estado en sus zapatos, él posiblemente no hubiera sabido cómo reaccionar frente a un ataque inminente como el de un atentado rebelde.
- Sé que el mérito de combatirlos no es solo tuyo, pero el deseo de servir a tu nación sí lo es _dijo con demasiada tranquilidad, tomándola de sus hombros con toda la confianza del mundo_. Es por eso, que quiero preguntarte… ¿estás lista para ir al siguiente nivel?
- ¡Por supuesto que sí! _respondió Yanet, decidida, ya con todas sus cosas preparadas.
No eran ni las siete de la mañana cuando salió de la casa con rumbo hacia el gran carruaje que aguardaba por ella al lado derecho de la entrada principal. Dentro, encontró al señor Flores en el asiento del conductor, bostezando mientras sostenía una gran taza de lo que parecía ser café recién preparado. Su aroma cálido y particular mezclado con la brisa mañanera así se lo hizo saber.
Supo por comentarios de Luciana y de Ismael, que el funcionario para el que trabajaba su padre en el Palacio Real le hizo entrega de esa movilidad con todo y caballos hace ya algunos años por el correcto desenvolviendo de sus funciones profesionales. Aparentemente, era candidato a ser su hombre de confianza o algo por el estilo, ni siquiera ellos terminaron de entenderlo y, por obvias razones, Yanet tampoco.
Lo único que sabía es que tenían carruaje gratis y punto.
Antes, solía dejarlo en los exteriores de su vivienda sin problemas. No fue hasta que ocurrieron los incidentes en la academia San Felipe, que su esposa tomó la decisión de resguardarlo dentro de la cochera de uno de sus vecinos por precaución.
- ¡Hasta que por fin despiertas! _suspiró el hombre al verla, todavía somnoliento_. Harás que valga la pena, ¿verdad?
Se lo quedó viendo con una expresión seria.
- Verás, Yanet. Los procedimientos de ingreso a la Academia Élite o similares difieren mucho de las academias promedio. Para empezar, tienes que cumplir con ciertos requisitos básicos como ser mayor de edad; ser, como mínimo, un guerrero de nivel superior reconocido por alguna entidad o personaje importante en el reino. Y, sobre todo, gozar de buena condición física. Tú ya cumples con todo lo anterior, salvo por este último punto. Basta con verte de reojo para notarlo, pero tienes excusa. Apenas tienes dieciséis años. Tendrás que trabajar mucho en eso si quieres mantenerte como canterana.
- ¿Mantenerme? ¿De qué habla?
- ¿Qué? ¿Creías que todo terminaría al ingresar? _vaciló para sí mismo_. Lo difícil no es conseguir una vacante de ingreso, sino mantenerla. El más mínimo error podría marcar el final de una prometedora carrera que jamás despegó. Jorgito apuesta a muerte por ti y yo, bueno… quiero creerle. ¿Harás que valga la pena?
Dijo que sí con todas sus fuerzas, dibujando una cariñosa sonrisa en el rostro de José Flores.
Era todo o nada. Ya no solo estaba en juego la confianza que habían depositado sus amigos, los papás de Luciana, su maestro y, hasta cierto punto, su propia madre en ella. Si no, también, aquello que la motivó a seguir superando sus límites desde que su papá falleció: la ilusión de ser una guardiana civil tan respetada como él.
- Tú ya tienes una vacante en mi academia separada desde hace mucho, niña _recordó como Pedro Aguilar la dejó en shock con sus palabras_. Mira, que madame Vanderlei te reconociera por estas fechas ha jugado bastante a tu favor. En una semana se llevará a cabo un pequeño campamento que organizo con el fin de que los nuevos aspirantes se conozcan y todo eso. Ya sabes, que convivan en la naturaleza, entrenen y todo eso. En realidad, lo que también busco con eso es que conozcan la realidad de un guardia civil. Si crees estar lista, entonces anda. ¡Te estaré esperando!
La reunión de aspirantes se llevaría a cabo hasta las afueras del distrito 13, cerca de los límites con el distrito 12, en una zona poblada de vegetación y campos de cultivo de arroz y trigo. Ahí, los estaba esperando una gigantesca residencia de más de tres pisos de altura, edificada con un estilo similar a la infraestructura clásica de la civilización anterior. El señor Flores le contó a Yanet que, a menos de quince minutos a pie hacia el sur, se encontraba una pequeña urbanización playera en el que se importaban productos de otras ciudades de Melendi gracias a su conexión con el mar. Todo el perímetro, exceptuándolo, le pertenecía a la Guardia Civil por decreto supremo de la familia real.
Editado: 03.08.2026