En lo que sí estuvo rotundamente equivocado, fue en que la relación de esas dos mejoraría después de un par de minutos de extrema intimidad colaborando en equipo para enmendar sus errores. Nada más alejado de la realidad. Sonya no le quitó los ojos de encima a Yanet en ningún momento quien, lejos de acusarla o ignorarla como cualquier persona normal haría, achinaba la vista para mostrarle los dientes con fiereza. Gestos, que la pelirroja replicaba a la par que le mostraba el dedo medio de su mano derecha. Así estuvieron todo el tiempo que duró sus palabras de bienvenida frente a los más de cien jóvenes que asistieron a su convivencia de canteranos.
Ni el castigo adicional que les impuso de limpiar los baños durante la noche las hizo confraternizar. La protegida de Jorge Robles se encerró en el baño de mujeres del segundo piso con todo y balde de agua con trapeador, mientras que la hija del General Civil Distrital hizo lo propio en el baño de varones, retirando a los muchachos que todavía estaban dentro a punta de gritos enérgicos.
Derrotado, Pedro Aguilar terminó retirándose a su habitación.
Pero lo volvería a intentar a la mañana siguiente… siempre y cuando lo recordara o tuviera tiempo libre para perder.
Ya sin el adulto cerca, y viendo que faltaba poco para que dieran las ocho de la noche, Yanet al fin pudo relajar los músculos dejándose caer al suelo. A pesar de que su poder bendito ya había regresado a la normalidad, su fuerza física seguía demasiado mermada. Los brazos y piernas le temblaban como estructuras a punto de colapsar, resultado de las horas de limpieza a las que se vio sometida por su falta de autocontrol. Por un lado, estaba satisfecha por haber enmendado sus errores. Pero, por el otro, no podía dejar de pensar en que todo su entrenamiento previo, al final, no causó un gran impacto en ella.
Sus prácticas en solitario, las tardes en casa de Sebastián, lo que aprendió en pueblo Karanca y los calentamientos con los hermanos Flores. Se centró más en aprender nuevas técnicas que en fortalecerse a sí misma. Un error bastante grosero en retrospectiva.
Lo bueno de todo era, que todavía estaba a tiempo de corregirse.
Sin más tiempo que perder, la adolescente juntó sus manos en señal de oración y, con una increíble precisión, reunió toda el agua que corría de los fregaderos alrededor de su cuerpo, arrojándola de golpe contra las paredes y demás áreas a limpiar dentro del baño de mujeres del segundo piso. No le importó empaparse ni cubrirse con bajón de limpieza, usó todo lo que tuvo a su disposición para terminar su última labor del día en menos de diez minutos.
Para acelerar el proceso de secado, creó fuego bendito en sus manos e intensificó su calor todo lo que pudo. Incluso Sonya quedó admirada de su rapidez, viéndola alejarse con indignación hacia las escaleras que conducían a las habitaciones del tercer piso.
Tres hombres le dieron la bienvenida poco antes de subir por el último peldaño. No los reconoció en un inicio, producto de la limitada iluminación del lugar, hasta que cayó en cuenta de sus voces. Eran los caballeros que Pedro Aguilar designó para el cuidado de los aspirantes el fin de semana: Alberto Fernández, Ricardo Arana y Eusebio Gamboa. El primero, alto y de cuerpo bien cuidado, aparentaba rondar los cincuenta años. El segundo, de rostro más amigable y mejillas anchas, era bajito y robusto. Mientras que, el último, de tes oscura y no tan fornido, traía una mirada intimidante junto a una expresión de pocos amigos. Era el más temperamental a simple vista.
Les regresó el saludo con todo el respeto del mundo y, con la misma, respiró hondo para ingresar a su habitación.
Recordó que, durante el discurso de bienvenida del director Aguilar, fue designada junto a otros treinta y un jóvenes al equipo del caballero Arana. Como el tercer piso era espacioso, el grupo “A” de Fernández y el suyo, que era el “B”, se repartieron todas las habitaciones disponibles como mejor pudieron en lo que el “C” ocupaba los cuartos del primer y segundo. A Yanet le tocó compartir dormitorio con un grupo mayoritariamente femenino. Para su fortuna, los minutos pasaron y no hubo rastros de Sonya por ninguna parte, aunque sí reconoció al muchacho que salvó horas atrás.
Este la vio en la distancia, más no se le acercó en ningún momento.
Ubicó sus cosas hasta el fondo de la recámara. Su mochila rosa, la maleta de su mamá y la espada de la familia Robles estaban intactas y sin señales de haber sido manipuladas. No pasó mucho después de eso. Sí cayó en cuenta que algunos compañeros evitaban dirigirle la palabra, incluso la mirada, más eso a ella no le importó en lo más mínimo. Solo había algo que ocupaba su mente, por lo que tomó su holomisor y una muda de ropas para volver a los corredores y preguntarle a su superior si podía hacer una holollamada.
- Supongo que puedes _revisó la hora_. Uhm… solo no te tardes, los mandaré a dormir dentro de poco.
- Muchas gracias _inclinó el cuerpo en señal de respeto.
Otro de sus objetivos para ese fin de semana, era acostumbrarse a ser respetuosa con sus superiores por recomendación de Jorge Robles.
- Tuviste un día muy caótico, amiga _dijo Luciana a través de su holomisor, ya a solas en el interior del baño de mujeres del segundo piso. Las paredes de mayólica fina, al igual que los lavabos y las tazas dentro de los cubículos, todo relucía de lo limpios que estaban. Aunque nefasta como persona, tuvo que reconocer que Sonya sí sabía cumplir órdenes. Mayor era su mérito, porque la vio hacerlo de forma tradicional, a mano y sin elementos benditos.
Editado: 17.08.2026