Cuando el silencio pinta su reflejo,
y el agua se serena en lo profundo,
se apaga todo el ruido de este mundo
y deja la quietud como un espejo.
No queda el pensamiento ya perplejo,
al ver que en el descanso más rotundo,
la mente frena el paso vagabundo
y acoge de la pausa su consejo.
Callar no significa hallar la nada,
tampoco es reprimir el sentimiento;
es una luz que sana nuestra herida;
pues justo en esa calma tan guardada,
se escucha la verdad de nuestro aliento,
y el alma se descubre comprendida.