Los sueños de Casandra

I El vuelo de los patos

Y tú ¿Eres la soñadora o sólo parte del sueño de alguien más?
 


 

*************
 


—No quiero que hagas nada raro —repetía por quinta vez Adela, temiendo que su hija la avergonzara como tantas otras veces.

—Lo sé —dijo con fastidio la chica. No recordaba cuántas veces le había pedido lo mismo ni entendía bien cuál era la razón. A su parecer, no había nada raro en su actuar.

—El matrimonio es uno de los eventos más importantes en la vida de cualquier mujer, deseamos que todo salga perfecto. El más pequeño descuido podría arruinarlo y no queremos que tu prima Helena esté triste en un día tan importante ¿Verdad?

—No, no queremos eso —suspiró, admirando el paisaje.

Llevaban al menos tres kilómetros en una carretera en medio de un tupido bosque. La naturaleza siempre la había maravillado y deseando saber a qué olía el aire de allí, bajó el vidrio y asomó la cabeza por la ventanilla, inhalando el fresco aliento de los árboles.

—¿Qué haces Casy? ¡Entra la cabeza ahora, no sabes lo peligroso que es eso!

La chica obedeció.

—¡Y cierra esa ventana!

Nuevamente hizo lo que le pedía, sin protestar.

—Prometiste que te comportarías. Ni siquiera hemos llegado y ya me causas disgustos...

Un fuerte sonido las alertó y el auto comenzó a zigzaguear. No necesitaba ser una experta para saber que se le había pinchado un neumático. Aún así bajó a revisar.

—Tú quédate en el auto —ordenó a la chica que ya tenía medio cuerpo fuera.

—¡Esto era lo último que nos faltaba! —gruñó, sacando el pesado neumático de repuesto que llevaban y las herramientas que creyó necesitar—. ¡Esta maldita cosa está muy apretada! —intentó, sin éxito, girar las tuercas para quitar el neumático.

—¡Yo puedo ayudarte, vi muchas veces a papá hacerlo! —gritó desde el auto.

—Olvídalo. Tendré que llamar una grúa.

—¡Pero yo puedo hacerlo...!

Para su mala suerte no había señal. Levantó el brazo con el teléfono en la mano, moviéndose de un lado a otro, intentando captar la bendita señal. La muchacha la veía divertida desde el auto, dando brincos con la mano en alto. Le reconfortaba el comprobar que ella no era la única en hacer cosas raras. Cinco minutos después volvió al auto.

—Puedo regresar caminando a la estación de servicios por la que pasamos y pedir ayuda.

—Está a más de dos kilómetros y con lo distraída que eres, llegarías mañana, si es que llegas —refunfuñó la mujer, sacando un pañuelo y limpiando las pequeñas gotas de sudor que asomaban en su frente.

La chica encendió la radio.

...Se espera que a partir del fin de semana las temperaturas bajen y no se sorprendan si caen unas cuantas gotas...

—Algo bueno, al fin dejará de hacer este calor espantoso —se quejó Adela, abanicándose con la mano, pese a haber encendido el aire acondicionado.

Una canción que la chica conocía comenzó a escucharse y no dudó en tararearla, lo que terminó por agotar la poca paciencia que después de diez minutos detenidas en la carretera, le quedaba a la mujer.

—¡Apaga eso y guarda silencio! Siento que mi maldita cabeza va a explotar si... —se interrumpió al ver un auto acercarse por el retrovisor y raudamente bajó del auto, gritando y haciendo señas con los brazos. El auto se estacionó delante del suyo.

Un hombre alto bajó. Era delgado, aunque fornido, tez probablemente muy blanca, que había sido oscurecida por años de exposición al sol sin protección. Unas pequeñas arrugas comenzaban apenas a surcar su rostro y algunas canas se asomaban por entre sus negros cabellos.

—¿Tiene algún problema, señorita? —le preguntó amablemente.  

Adela nuevamente se abanicó el rostro, movida por un súbito calor que provenía de su interior y que amenazaba con teñir sus mejillas, como si fuera una chiquilla. No ayudó que el hombre se quitara las gafas, dejando al descubierto unos relucientes ojos azules.

—Sí, yo... es decir, la rueda se pinchó y no pude cambiarla. Creo que no tengo fuerza suficiente. —Le dio una buena mirada a los firmes brazos que la ajustada camisa no hacía más que resaltar.

—No hay problema, la cambiaré en un santiamén. Necesitamos una gata hidráulica —dijo, notando que la mujer había intentado quitar la rueda sin elevar el auto.

—Usemos la nuestra —sugirió el joven que lo acompañaba y de cuya presencia Adela no se había percatado. Nuevamente se abanicó al notar la forma en que el chico los miraba a ambos y sonreía, como si supiera un chiste que nadie más sabe.

—¿Eso es para levantar el auto? —preguntó al ver la gata.

Ellos asintieron al unísono.

—Entonces, será mejor que Casandra baje. Casy, querida... ¿Dónde se metió esta niña? —dijo alterada al notar que el auto estaba vacío.

—¿Es su hija? —preguntó el hombre, que ya estaba sacando el neumático.

—Sí, jamás me hace caso —se quejó, llevando una mano a su cabeza.




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