Los sueños de Casandra

IX Despertar en el lago

Pese a la hora, Antonio no lograba dormir y bebía un trago en su despacho, viendo una fotografía familiar tomada el día en que Helena cumplió cinco años. Casi toda la familia estaba allí, excepto su hermano Joaquín, su esposa y su hija. Por aquella época, él se había peleado con su padre y distanciado de la familia. No fue sino hasta varios años después que volvieron a reunirse y pudo conocer a su sobrina Casandra.

Desde lo ocurrido con Calíope, no había dejado de pensar en él, probablemente porque la muerte de Joaquín fue hace apenas dos años.

Alguien tocó la puerta. Se trataba de Josefina, quien se sentó en un sillón frente a él. Sirviéndole un trago, la observó de pies a cabeza. La mujer se veía igual de hermosa que cuando la conoció hace más de veinte años.

—Si sigues mirándome así, harás que me sonroje —dijo ella, sonriendo.

—Las mujeres como tú, son demasiado valientes como para sonrojarse.

Ella le dedicó una sonrisa de autosuficiencia.

—Lamento lo de Helena.

—Sí. Al menos se salvó de casarse con ese infeliz. Hay otras que no tienen tanta suerte —la miró de reojo.

Josefina frunció el ceño, captando la indirecta.

—Nunca supe qué viste en el perdedor de mi hermano —volvió a llenarse el vaso.

—Podría decir lo mismo por ti y Bernarda, y probablemente terminaríamos enfadados. Ya hemos tenido demasiados disgustos por hoy ¿No crees?

—Sí. Mi Mercedes del año terminó hecho cenizas.

—Que lamentable —dijo ella con sarcasmo.

—¿Sabes cuánto gastamos en los preparativos de la boda? Si la lluvia no hubiera arruinado las flores, las podríamos haber usado en el funeral de Calíope.

La frivolidad del comentario arrancó una sonrisa a la mujer.

—Al menos alguien se encargó de castigar a la pequeña zorra ¿No? —reflexionó ella, con la mirada sin brillo.

La expresión de Antonio se endureció.

—Alfonso me contó lo que Vicente vio en la escena del crimen. Alguien la castigó como se castiga a las zorras. Tú y yo sabemos cómo es eso ¿No?

—¡Cállate! ¡No digas una sola maldita palabra! —Se levantó para abrir otra botella de alcohol.

—Franco no lo hizo, es imposible que fuera él. Eso sólo significa que hay un traidor entre nosotros —aseguró ella, agitando su copa.

~❀~
 


Una vez en la casa, Diego buscó ropas secas para Casandra y la guió hasta el baño para que se cambiara. Él hizo lo mismo en su cuarto, tras lo cual preparó café y encendió la chimenea. 
Pese a lo anterior, ella seguía temblando, así que la cubrió con una manta.

Bebía el café lentamente, con la mirada perdida en la leña que se iba consumiendo hasta volverse cenizas.

—Casandra, tienes que decirme lo que pasa. Yo puedo protegerte.

Ella se mantuvo impasible.

—¿Es Apolo a quién temes? No dejaré que te haga daño, yo...

—Apolo no me hará daño —susurró débilmente, como si su voz viniera de ultratumba—. A lo que le temo es a lo que hay en mi cabeza.

—Dime qué hay. ¿Qué viste esa noche en el bosque? ¿Qué hacías ahora en el lago? Explícame para que pueda entenderlo.

Lo que le pedía era imposible, ni siquiera ella lograba entenderlo, pero él era un policía, él resolvía misterios y el suyo se sentía como uno muy grande. Un laberinto que a cada paso, a cada sueño, se volvía más y más intrincado. Y ella se perdía irremediablemente.

—Yo tengo sueños que se repiten. Algunos parecen inofensivos, pero otros me asustan. Esa noche estaba teniendo el sueño de la... —Las manos de la joven, que hasta ahora se había mantenido calmada, comenzaron a temblar. Instintivamente, Diego se sentó junto a ella y las sostuvo entre las suyas, buscando reconfortarla y darle fuerzas. Estaban muy frías.

—Son sueños, Casandra. No pueden lastimarte.

Ella negó.

—Cuando desperté, eso estaba allí... me siguió desde los sueños.

—¿Qué cosa?

—¡La fuente con las sirenas!

Las lágrimas comenzaron a caer por su pálido rostro. Pese a ello, siguió con su relato, explicando que desde pequeña soñaba con aquella fuente.

—Y la fuente del bosque ¿Era igual a la de tus sueños?

Ella asintió.

—Aunque en mis sueños es blanca y reluciente, con agua en movimiento y sirenas y... algo más, algo malo que me asusta y despierta.

—Y ese algo ¿estaba en el bosque también?

Ella no supo qué decir, ya que salió corriendo antes de averiguarlo.

Había algo que Diego no entendía. Si la hacienda es de la familia, ¿por qué Casandra se sorprendió tanto de ver la fuente, acaso nunca antes la había visto?

—No —dijo ella—, esta es la primera vez que vengo a la hacienda.

Eso lo explicaba, aunque abría otras interrogantes, como el hecho de que conociera la fuente. Su instinto de policía le decía que de algún modo, Casandra pudo haber estado allí antes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.