Los sueños de Casandra

XVII Innegable evidencia

Antonio estaba sentado junto a la camilla donde Aquiles dormía. Tras la inyección de los medicamentos, había comenzado a respirar por la nariz nuevamente, aunque el aire que entraba a su cuerpo seguía siendo sibilante, con tintes amargos de agonía.

Había tratado en vano de contactarse con alguien en la hacienda para informar de la mejoría del joven, no tenía señal. Tendría que quedarse toda la noche en el consultorio acompañándolo cuando quien debía estar allí era Alfonso. Lamentaba la inutilidad de su hermano y no poder acompañar a su familia en la hacienda.

Acompañar a Josefina, que debía estar muy preocupada por su hijo.

¿En qué momento todo se había puesto de cabeza?

¿Cuándo los jóvenes se habían vuelto el blanco de lo que a todas luces parecía una venganza? La respuesta no tardó en llegar a él.

Fue en aquella ocasión en que vio a Joaquín salir furioso del despacho de su padre, luego de una airada discusión.

—¡Tu hermano se volvió loco! —gritó su padre, sirviéndose un vaso de whisky—. Está de novio con esa zorra ¡Quiere casarse con ella!

La imagen de Diana y su lista mirada vino a su mente.

—Si lo hace, lo desheredo. ¡Esa zorra inmunda no disfrutará ni un peso más de mi dinero! A ver si sigue interesada en el muy imbécil cuando se quede en la calle.

Tras aquella conversación, Antonio buscó hablar con Joaquín. Fue a visitarlo al departamento donde vivía desde que dejara la casa familiar hacía unos meses. Ahora sabía la razón.

—¿Estás seguro de esto? ¡Es una puta, por Dios! ¿Y si sólo quiere tu dinero?

Aquellas palabras de su hermano le parecieron a Joaquín una imitación excelente de su padre. Antonio era una extensión más de la prejuiciosa y arrogante personalidad del hombre, a quien sólo le importaba acrecentar la fortuna familiar.

—A papá sólo le interesa el dinero, no ve a las personas, no le importan los sentimientos, a menos que puedas sacar provecho monetario de ellos. Él mide a las personas de acuerdo a su rentabilidad y tú cada vez te pareces más a él.

—¡Va a desheredarte, Joaquín! No seas estúpido, qué vas a hacer si te quedas en la calle.

Joaquín estaba comenzando una empresa y necesitaba de capital para invertir. Ciertamente era el peor momento para enemistarse con la familia.

—Si te alejas de ella, papá está dispuesto a darte el dinero que necesitas para tu proyecto —informó, como medida final de persuasión.

—Ya me las arreglaré por mi cuenta. Ahora lárgate y si vuelves a llamar puta a Diana, te parto la cara.

Así dio por terminada la conversación y Antonio salió dando un portazo. Acto seguido, una mujer apareció por el pasillo. Venía del dormitorio vistiendo sólo una camisa. Era de hombre.

—Tu hermano tiene razón, Joaquín —aseguró, sentándose sobre las piernas del hombre, que la recibió con gusto, rodeándole la cintura—. Si tu padre te da ese dinero, podrás invertir en la fábrica de juguetes y hacer realidad tus sueños.

—No voy a dejarte por nada del mundo —susurró en su cuello, besándolo.

—Lo sé, amor, pero podemos hacerles creer lo contrario. Una vez que la inversión dé frutos, ya no dependerás económicamente de ellos y podremos disfrutar de nuestra vida juntos.

Su plan parecía no tener fallas y ciertamente le facilitaría mucho las cosas. Era mejor que venderle su alma a los bancos.

—Eres tan lista, Diana. Soy un hombre muy afortunado.

Todos creyeron que Joaquín había terminado para siempre su relación con Diana, sobre todo cuando les presentó a Adela. El dinero que su padre le dio fue bien invertido y la fábrica de juguetes con la que comenzó, terminó convirtiéndose en un imperio. Sin embargo, todo era una mentira, de la que se enteró demasiado tarde.

Y ahora estaba seguro de que el sibilante sonido de Aquiles respirando se debía a esa mentira, y a todo lo que acarreó después.

En la hacienda, el interrogatorio de Diego continuaba.

—Luego del accidente con Apolo ¿A dónde fuiste? ¿Qué ocurrió?

Ella limpió sus lágrimas con la toalla, pensando en su primo. Él debía permanecer muerto.

—Desperté en una cabaña en el bosque... Allí estaba...

La declaración fue interrumpida cuando de golpe entró Perseo, seguido de Adela y Orfeo también. La actitud desafiante sumada a una mirada fúrica, hicieron a Diego salir a su encuentro y detenerlo antes de que se acercara a Casandra.

—¡Ella lo hizo, ella es la asesina! —acusó Perseo, colérico.

—Fuimos a registrar su habitación y encontramos esto. —Orfeo dejó caer sobre la mesa una polera ensangrentada.

Diego la reconoció de inmediato. Era la que llevaba Casandra el día que la conoció.

—¡Apuesto mi vida a que esa sangre es de Calíope! —aseguró Perseo, mirando a la joven con ira.

Sobre la mesa también había unas jeringas.

—Esta es la medicina para la alergia de Aquiles... Casandra ¿Por qué?... ¿Por qué mataste a Calíope?... —Orfeo rompió en llanto.




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