Los sueños de Patricia

Riconcitos

El sonido de los primeros grillos aventuraba el paso de la noche, pero no importaba. Desde aquel banco del parque nada importaba salvo él, salvo esos ojos verdes que me hechizaban a cada parpadeo. Embrujada, comencé a sentir ese tímido y cálido contacto de su mano sobre la mía. La duda de esa primera vez, que quiere ser casual pero siempre es intencionada, la duda de ese primer roce que culmina en las manos entrelazadas. Nadie podía pedirle a mi corazón que parase.

Los últimos tintes rosas y amarillos del sol dejaban, poco a poco, paso a la plateada luz de la luna llena y al tintineante brillo de sus hijas las estrellas. Solo ellas fueron las testigos de cómo él se me acercó tímidamente al oído para susurrar:

- Te quiero.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Lo miré a aquellas esmeraldas que tenía por ojos; iba a responder lo mismo, mas las únicas palabras que salieron de mi boca fueron:

- ¿Cómo te llamas?

 




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