El mar amanecía gris.
Las gaviotas flotaban inmóviles en el aire salado, y el puerto viejo se perdía bajo una neblina con olor a óxido.
Lía Romero observaba su reflejo en el vidrio del café mientras el vapor de una taza olvidada empañaba la vista.
La llamada había llegado minutos antes de las seis: otro hallazgo. Otra escena que nadie sabía cómo explicar.
Cuando bajó del auto policial, el aire la golpeó con su humedad espesa.
La tienda estaba frente al muelle, una fachada olvidada entre locales cerrados y anuncios corroídos por el tiempo.
El cartel, casi ilegible, decía: “La Belle Époque”.
Había algo raro en el silencio.
Demasiado quieto, incluso para esa hora.
El forense esperaba en la entrada, acompañado de un agente que no dejaba de mirar el suelo.
—Detective Romero —dijo el oficial Cortés, nervioso—. Va a querer ver esto por sí misma.
Dentro, el olor era denso: polvo y tela vieja.
El cuerpo estaba en el centro del escaparate, de pie, inmóvil, vestido con un traje de gala color vino.
El rostro no existía. Alguien lo había cubierto con una máscara de maniquí antiguo, de porcelana cuarteada, con los labios pintados de un rojo casi borrado.
Lía se acercó despacio, sin hablar.
El silencio era tan profundo que podía oír el crujido leve del vidrio bajo sus botas.
Las manos del cadáver estaban unidas por los dedos, como si alguien los hubiera acomodado con cuidado. En el cuello, un hilo rojo atravesaba la piel.
—¿Cuánto tiempo lleva muerto? —preguntó finalmente.
—Entre las dos y las tres de la mañana —respondió el forense—. No hay señales de lucha.
—¿Rigor mortis?
—Eso es lo extraño. El cuerpo está rígido, pero no parece natural. Es como si lo hubieran… moldeado.
Lía lo observó con detenimiento.
La postura era demasiado perfecta, como si alguien lo hubiera colocado ahí para ser admirado.
En el suelo, entre fragmentos de vidrio, una etiqueta vieja descansaba junto al pie de la víctima.
Lía se agachó y la tomó con los guantes.
Era un pedazo de cartón amarillento, con letras elegantes en tinta dorada:
Colección Maison Lune – 1978.
El nombre le resultó familiar, aunque no podía recordar por qué.
Algo en esas palabras —Maison Lune— le provocó una incomodidad.
—El vigilante del muelle dice que vio algo anoche —interrumpió Cortés—.
Una figura parada en el escaparate, antes de que encontraran el cuerpo.
Pensó que era un maniquí… hasta que amaneció.
Lía levantó la vista hacia el vidrio.
La máscara parecía devolverle la mirada.
Por un instante, creyó notar un brillo distinto en los ojos.
Cuando pestañeó, el efecto desapareció.
Solo la máscara, blanca y agrietada.
Más tarde, cuando el equipo terminó de fotografiar la escena, Lía recorrió el fondo de la tienda.
Las paredes estaban cubiertas de espejos rotos y perchas vacías.
En una esquina había un maniquí sin brazos, cubierto de polvo.
A su lado, una caja de agujas oxidadas y carretes de hilo rojo.
Tomó una de las agujas con pinzas.
El metal estaba limpio, demasiado limpio para el estado del lugar.
Anotó el hallazgo en su libreta:
Posible conexión simbólica – cosido / manipulación post mortem.
Cuando salió, el cielo comenzaba a aclararse.
La niebla del puerto se levantaba lentamente, revelando la línea del mar.
Pero en el reflejo del escaparate, mientras se alejaba, creyó ver algo que no coincidía con su posición:
una sombra inmóvil, justo detrás del cristal.
Se detuvo. Giró.
El escaparate estaba vacío.
Horas después, en la comisaría, Lía examinaba la etiqueta sobre su escritorio.
El papel olía a humo y tenía una textura áspera.
En el reverso, una frase escrita a mano con tinta desvaída:
“Cada modelo merece una segunda vida.”
Sintió un ligero escalofrío.
Era la misma caligrafía que en una nota hallada en el primer caso —el del cuerpo encontrado tres meses antes—, aunque esa decía:
“La perfección no se crea, se cose.”
Lía encendió la lámpara de escritorio.
La luz amarilla iluminó su rostro cansado y, por un instante, el vidrio le devolvió un reflejo extraño.
Juraría que la máscara del escaparate seguía ahí, observándola desde la distancia.
Pero no escuchó nada.
Solo el mar golpeando el muelle.