Asher Larren | Hades
Lyla había mentido cuando dijo que solo dormiría un rato, ya habían pasado 2 horas desde que llegamos al departamento y seguía sin despertar. De esas 2 horas me quedé mirándola dormir tan solo 15 minutos.
Aprovechando que ella estaba descansando retomé lo que hace más de 3 años no hacía… bailar.
Estaba en mi habitación con la puerta cerrada, pero sin seguro, esa misma que tenía mucho espacio libre y que pensaba usar como estudio de baile solo un momento, conecté mi celular a mi bocina con un volumen bajo y reproduje la canción “Fall into me” de Forest Blakk dejando el aparato en una de las repisas de mi librero.
Di dos pasos, lentos pero firmes, estiré mi brazo derecho con la mano extendida como si estuviera intentando alcanzar algo o a alguien. Cierro los ojos para dejarme llevar por la música y las sensaciones que me transmite.
Doy un paso atrás.
Y nuevamente levanto la mano derecha, lenta, dudosa, como si estuviera a punto de tocar el rostro de alguien.
Mis dedos se curvan en el aire vacío. Sé que no hay nadie frente a mí, sé que estoy solo en medio de mi dormitorio, pero mi cuerpo insiste en que sí hay alguien más.
Deslizo el pie izquierdo en diagonal y doy un giro, lento, dejando que el hombro marque el inicio del movimiento.
Sé que estoy fluyendo, que nadie me está guiando y que cada paso, giro y estiramiento que hago son decisión mía, pero siento como si la letra de la canción desatara algo que había estado guardando demasiado tiempo, algo que había estado reprimiendo y no podía contener más. Siento que mis pasos no son míos del todo.
Mi mano cruza el torso, como abrazándome, y luego se extiende hacia el frente.
El ritmo crece apenas y mi cuerpo responde con un giro más amplio. Brazos abiertos, luego cerrándose con fuerza contra el pecho. Flexiono mis rodillas y bajo casi hasta el suelo, como si el peso de todo lo que no dije me empujara hacia abajo.
Siento la respiración agitada.
Y sin esperarlo siento una mano delicada sobre mi hombro.
Abro mis ojos y me levanto con lentitud, me doy la vuelta y tomo con cuidado esa mano que me había sacado del trance en el que me había envuelto la canción, esa que era lo único que se escuchaba entre las cuatro paredes de mi habitación.
Sin pensarlo demasiado poso mi mano en su espalda, sus ojos azules mirando los míos y vuelvo a caer en lo magnética que es la melodía que se escucha alrededor.
Dos pasos a la derecha, otros dos a la izquierda.
Un giro.
Su mano deja de tocar la mía al mismo tiempo que estira su pierna derecha hacia atrás inclinándose en mi dirección y yo me voy hincando para que nuestros rostros queden frente a frente y sus manos rosan levemente mi mejilla. Poco a poco regresa su pie al suelo.
Me levanto con habilidad y camino a su alrededor, lento, quedando detrás de ella, la tomo por la cintura y la guio a extender su brazo, tomo su mano y le doy un último giro, uno que hace que su rostro quede muy cerca del mío, tanto que nuestras narices se tocan y nuestros alientos chocan.
La música cada vez es más inaudible hasta que vuelve a reinar el silencio, ese mismo en el que lo único que escucho es mi corazón golpeando fuerte, frenético y acelerado.
Ella es la que da el primer paso hacia atrás para alejarse de mí.
Carraspeó un poco antes de hablar.
— No sabía que eras tan buen bailarín.
— No creí mantener esa habilidad -admití-. Deje de bailar hace tres años y no estaba en mis planes retomarlo.
— ¿Por qué no?
Esa era una buena pregunta y la respuesta no la tenía tan clara. Entre mis excusas estaban:
1. No querer demostrar sentimientos y el baile es sumamente emocional.
2. No quería recordar mis clases de baile con mi madre como la profesora a cargo.
Y mi favorita.
3. Prefería usar ese tiempo en leer, escuchar música y descubrir algún deporte extremo nuevo, ¿quién sabe? tal vez en algún momento me verían practicando parkour por las calles.
La mueca en mi rostro y mi indecisión quizás le dieron la respuesta antes que yo.
— Olvídalo, tengo mis propias teorías. Aunque tal vez pronto tengas que retomarlo en público.
— ¿Por qué? -pregunté con total confusión.
— Por el punto seis de tu lista, el baile de máscaras.
— ¿El mismo al que tú también tendrás que ir porque tienes que ser mi testigo?
Ella me sonríe con un poco de malicia, algo tramaba eso era seguro.
— Sí, ese mismo. Y tal vez sea más pronto de lo que crees, yo que tú iba buscando una máscara para tan esperado evento -me guiñó un ojo saliendo de mi habitación a la cocina.
Suspiré negando con la cabeza. No me arrepentía de haber escrito ese punto en la lista pese a la posibilidad de que no fuera lo que esperaba y terminara siendo una mala idea.