Los tacones rojos de Hades

27— La relación más corta

Asher Larren | Hades

— Soy un desastre en esto -declaré con una mueca.

Se supone que estaba dibujando un conejo tierno y lindo. ¿Qué fue lo que dibujé en su lugar? Básicamente un conejo que daba miedo.

Me sentí como esa escena en la que Carly le enseñaba su dibujo a Spencer y era un conejo todo deforme mientras que Spencer pudo dibujar un conejo perfecto sin ver. Yo era Carly.

La rubia a mi lado miró en dirección a mi hoja intentando contener una sonrisa burlona.

— No lo veo tan mal.

Curioseé el suyo, ese mismo que merecía estar enmarcado en una galería. Le lancé una mala mirada.

— ¿Me recuerdas por qué me metí en este taller cuando el reto era tuyo?

— Porque tú dijiste que era muy fácil -se encogió de hombros y dejó su lápiz en la mesa-. Creí que con el tiro con arco entenderías que no debes subestimar ninguna habilidad.

— Eso es porque no sabía que vivía con la versión real de Barbie. ¿Hay algo que no sepas hacer bien?

Ella asintió.

— No soy buena socializando, tampoco soy buena jugando fútbol americano, básquet, vóley o fútbol soccer y nunca he sido arquitecta, presidenta, astronauta ni ninguna otra profesión destacada de ella.

— Pero eres bailarina, arquera, diseñadora, lectora, repostera, buena cantante, insoportable princesa, dueña de una cafetería y próximamente artista o escritora -contraataqué.

— Eso no lo sabes. No has leído ninguno de mis escritos como para saber si soy o no buena escribiendo.

— Todavía no, pero en algún momento lo haré, cuando cumplas el punto 3 de tu lista.

— ¿Estás dispuesto a leer un libro de romance solo por mí?

— Sí, solo porque será escrito por ti y tendría una idea de tu versión del amor. Si te sirve de motivación es muy probable que se vuelva mi libro favorito.

Lyla bajó la mirada a su dibujo intentando disimular su sonrojo.

Miré de vuelta mi ilustración y le di la vuelta a la hoja. Era una aberración y un insulto al verdadero arte.

En lugar de tratar de corregirlo empecé a garabatear sin un orden esperando que finalizara el taller y Lyla me dijera que nos fuéramos al departamento a descansar o hacer alguno de nuestros deberes como las tareas de la carrera o algún otro pendiente.

­— ¿Ya te aburriste? -me pasó la voz.

— Sí, esto no es lo mío. Creo que prefiero las emociones extremas -me encogí de hombros-. Tal vez deberíamos volver a subir a una moto acuática.

Una sonrisa se hizo presente, iluminando la cara de la ojiazul.

— No, gracias. Con una vez fue suficiente para mí.

Fruncí los labios, sin insistir en el tema.

— ¿Podrías contarme tu historia con Zed? -pidió pintando unas manchas de color en las esquinas de su hoja.

— Habías dicho que no sabías si estabas lista para saberlo -le recordé.

— Tengo muchas dudas que pueden no ser tan incómodas, por ejemplo, ¿cómo se conocieron?

Sonreí, esa era fácil de responder.

— En la preparatoria, compartíamos la mayoría de las clases y nos volvimos cercanos.

— ¿Eran buenos amigos?

— Hasta cierto punto, sí.

Ella asintió comprendiendo y dejó su dibujo de lado, ya había terminado. La pantalla de su celular se encendió por otras 5 notificaciones, no había dejado de recibir mensajes desde que salimos de la universidad.

Como en todas esas ocasiones simplemente las ignoró.

— ¿Quién es?

— No sé y no lo quiero descubrir.

Tomé su celular y lo desbloqueé por ella, recordaba a la perfección su contraseña.

— ¿Qué haces?

— Nada, solo silenciaré sus mensajes.

Deslicé mi dedo hasta llegar a los chats de un número desconocido.

Solo había un mensaje escrito, el resto eran fotos y vídeos, la mayoría de Zed y una chica castaña besándose en una sala de estar, una habitación, en las canchas deportivas, algunas otras de ellos abrazados y una que otra foto en una situación más comprometedora.

Sea quien sea la persona que estaba enviando esas fotos sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

No había pasado ni un día desde que habían empezado una relación y Zed seguía siendo el mismo infiel de hace años.

Borré toda la conversación, la archivé y desactivé las notificaciones para cualquier futuro mensaje de aquel número. Esta no era la mejor forma para que ella se enterase de la verdadera cara de su novio.

— Listo, es probable que siga enviando fotos o mensajes, pero al menos no te molestarán las notificaciones -le extendí de vuelta su celular.

— Gracias.

Y tal como predije su celular dejó de mostrar notificaciones que no fueran de Jess, Kyle o Zed, aunque debo confesar que me sentí tentado a bloquearlo.



#3391 en Novela romántica
#141 en Joven Adulto

En el texto hay: apuesta, romance, roomies

Editado: 01.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.