Los tacones rojos de Hades

38— La casa de campo

Lyla Rosse | Insoportable princesa

Los brazos de Asher envolvían mi cintura con fuerza, pegándome a él sin hacerme daño, su cabeza se asomaba brevemente por la curvatura de mi cuello y su mano jugaba con las mías.

— ¿No deberíamos levantarnos e irnos? -pregunté al ver que no tenía ninguna intención de hacer algo que no fuera quedarse acostado a mi lado.

Suspiró con resignación.

— Sí, deberíamos -hizo una breve pausa en lo que seguía jugando con mi mano-. Aunque siendo honesto preferiría quedarme acostado contigo por un rato más.

Mirándolo de reojo le sonreí y me acerqué a depositarle un beso en la mejilla.

— Tal vez puedas hacerlo una vez que lleguemos allá, tu mamá debe estar esperándote.

Esa propuesta pareció animarlo porque me soltó y se levantó de su cama para reincorporarse y tomar su pequeña maleta para el viaje, al final solo nos quedaríamos a dormir por una noche.

Yo le imité entrando a mi habitación por el bolso en el que había guardado todo para después encontrarme con él en la entrada del departamento.

Su cabello negro estaba muy desarreglado y sus ojos azules se desviaban por la pantalla de su celular.

En cuánto levantó la mirada me dirigió una sonrisa ladeada.

— ¿No deberías cambiarte? Te advierto que allá hace un poco más de calor que aquí.

Lo recorrí con la mirada evaluando su vestimenta. Él traía una playera negra que se ajustaba al cuerpo, un short gris y un par de tenis del mismo color que su playera, por lo que deduje que no mentía, él no solía usar shorts si no lo ameritaba la ocasión.

— Dame 5 minutos, tal vez menos.

Resignada me adentré en mi habitación una segunda vez y busqué algo cómodo para usar en lugar de mis jeans ajustados de mezclilla y la playera azul que llevaba en ese momento.

Terminé cambiándome por una blusa sin mangas y de botones negra, un short con estampado de flores azules que había comprado recientemente y mis tenis.

Asher volvió a mirarme cuando salí y me sonrió con aprobación.

— Así está mejor, ya nos podemos ir.

Tomó sus llaves del Nissan y empezamos nuestro trayecto a la casa de campo familiar de los Larren.

— ¿Nerviosa?

Negué con la cabeza.

— No, ¿debería?

— No creo, ella es amable con todos, además te aprecia sin conocerte gracias a la forma en que Andrew y Seren hablaban de ti -se encogió de hombros un momento antes de continuar-. Tal vez se emocioné cuando sepa que eres Lyla Rosse.

— ¿Y tu padre?

— Está fuera del estado, viaja mucho por asuntos del trabajo y, aunque estuviera, no suele asistir a los eventos familiares.

Él no despegó la mirada de la carretera en ningún momento y fue entonces que caí en cuenta de un cambio en mí, uno muy sutil.

Ya no escuchaba música mientras estuviéramos juntos en el auto, como si ya no lo necesitara hacer en tanto estuviera con él.

Acerqué mi mano al estéreo y lo encendí por primera vez después de 2 semanas sin hacerlo, quizás más.

“I’m with you” de Abril Lavigne resonó en un tono bajo, sin que Asher o yo cantásemos algún verso, simplemente escuchamos la melodía de fondo mientras hablábamos de películas y series que queríamos ver juntos después de regresar.

Solo nos tomó 2 horas y media de trayecto llegar a una residencia mediana con toques rústicos que era rodeada por árboles y flores varias. La fachada era de un color ocre muy cuidado y las paredes estaban pintadas de un tono crema destacando por encima del paisaje.

Asher estacionó el auto cerca de la entrada principal.

— Hemos llegado, ¿estás lista?

Asentí tratando de contener mi impulso de morder mi labio inferior y evidenciar los nervios que me empezaban a asaltar. Estar a unos metros de la señora Larren hacía un poco más real el hecho de que pronto la conocería y sentía una presión constante de querer agradarle.

Él se bajó primero para abrir mi puerta y ayudarme a bajar como siempre hacía. Nos acercamos a la entrada y Asher la abrió con una de sus llaves.

Un paso dentro de aquella casa fue suficiente para sentir la hospitalidad y calidez que abarcaba el recinto. Aldaia salió corriendo de la cocina con su cabello negro amarrado en una coleta.

— ¡Ash!

El pelinegro se hincó por solo un instante para cargarla en brazos sin complicaciones.

— Alda, ¿mamá está en la cocina?

La menor asintió con entusiasmo sin despegar sus ojos de mí, su hermano también lo notó.

— Hola, Aldaia -le sonreí con algo de timidez, era ridículo pensar que una niña tenía más presencia que yo, sin embargo, la idea no se iba por completo.

— Hola, insoportable princesa.

Asher curvó los labios al escuchar el apodo que me había dado en voz de su hermana y caminó en dirección a la que supuse sería la cocina. Lo seguí de cerca.



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Editado: 18.04.2026

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