Lyla Rosse | Insoportable princesa
Las teclas de mi computador no dejaban de resonar por la habitación, palabra por palabra fui escribiendo las últimas escenas y los últimos diálogos de mi primer libro, de alguna forma se sentía irreal y al mismo tiempo sentía una satisfacción enorme de por fin estar cumpliendo con una de mis mayores metas personales. Una meta que me había propuesto a cumplir desde hace años y que hasta ahora estaba consumando.
Tecleé la última oración.
“A veces encontrar el amor es solo para valientes, para aquellos que están dispuestos a arriesgarlo todo con tal de protegerlo.”
Tras el punto final solté un suspiro, guardé el documento y apagué el ordenador guardándolo nuevamente en mi bolso junto con su cargador, esa misma tarde Asher y yo nos iríamos de vuelta al departamento a retomar la vida citadina.
Me levanté de la cama y salí de la habitación al jardín trasero donde aún reposaban mis tenis junto con mis calcetas, esperaba que se hubieran secado durante la noche para poder usarlas en lugar de las sandalias.
El aire mañanero golpeó mi rostro en cuanto abrí la puerta, tomé lo que estaba buscando y volví sobre mis pasos a la habitación para guardar el resto de mis cosas de vuelta en el bolso y no olvidar nada.
Me coloqué un par de calcetines limpios y me puse los mismos tenis del día anterior.
Un par de toques a la puerta rompieron el silencio.
— Puedes pasar, Seren -indiqué poniéndome de pie.
Un pelinegro se hizo paso por la habitación, aunque me había equivocado de persona.
Asher cerró nuevamente la puerta detrás de él y se recargó en la misma cruzándose de brazos.
— ¿Por qué creíste que sería Seren?
— Primero que nada, buenos días, segundo, pensé que eras Seren porque tú dejaste de golpear a la puerta desde que acepté ser tu novia -solté-. Solo irrumpes sin pedir permiso.
Lo consideró por un momento con rostro inexpresivo.
— Cierto, pero tengo que fingir que respeto tu privacidad por si mi madre me ve -un deje burlón brillo en sus ojos azulados acercándose lentamente a mí.
— ¿Maya no sabe que sueles entrar a mi habitación y que, en ocasiones, nos hemos quedado dormidos juntos?
Una curvatura se fue formando en su rostro.
— Hay cosas que es mejor no contar para evitar malentendidos. Además, soy un caballero, lo que pasa entre nosotros se queda entre nosotros.
— Sí, claro -respondí con algo de sarcasmo en mi voz-. ¿Me dirás a qué viniste en realidad?
— Solo pasaba a avisar que ya preparé el desayuno.
Asentí tomando mi celular de la cama y salimos del cuarto.
Dos platos con un par de huevos estrellados, salchicha y ensalada reposaban sobre la mesa del comedor, a un lado estaba Aldaia comiendo huevos revueltos con jamón sin prestar atención a nuestra llegada.
Su cabello negro estaba sin peinar y aun vestía su pijama con el estampado de un dibujo animado de un perro azul y otro más pequeño anaranjado brincando.
— Buenos días -saludó al vernos pasar por detrás de ella para sentarnos a su lado.
— Buenos días, Alda -respondí con amabilidad- ¿Seren y su madre se unirán después?
Aldaia negó con la cabeza llevándose otra cucharada de su comida a la boca.
— Seren salió a correr para disfrutar su día libre y mamá debe estar en su estudio de baile privado, es mejor no molestarla, le gusta tomarse un tiempo a solas -justificó el pelinegro sentándose a mi lado.
Sin decir nada más empecé a degustar mi desayuno, el silencio reinaba otra vez hasta que Aldaia desvío sus ojos a mi collar y habló.
— Me gusta tu collar. ¿Fue un regalo de alguien especial?
La pregunta me tomó por sorpresa y empecé a toser por un breve instante, cuando recobré la compostura respondí.
— Sí fue un regalo, pero no es importante.
No me había dignado a abrir el regalo que me había dado Zed hasta hace pocos días por simple curiosidad. Dentro de la caja estaba el collar que estaba usando en este mismo instante con un dije muy pequeño y sencillo saltando a la vista con la forma de un libro abierto.
Quizás no debí usar algo que me regaló mi ex, sin embargo, tampoco merecía que perdiera la cabeza solo por ese detalle.
Asher miró la joya por unos segundos y, para mi sorpresa, sonrió sin decir nada.
Cinco minutos después Maya apareció por el pasillo vistiendo un traje deportivo rojo y su cabello negro recogido en un chongo.
— Buenos días, mamá. ¿Quieres que te sirva el desayuno? -preguntó Asher levantándose de su lugar sin esperar que su madre le respondiera.
— Buenos días, sí, por favor, pero me incluyes un pan tostado con mermelada.
El pelinegro asintió entrando nuevamente a la cocina a preparar el desayuno de Maya, mientras que ella se sentaba a lado de su hija.
— Hola, Ly, Alda. ¿Descansaron bien?