Los tacones rojos de Hades

40— Confesiones

Lyla Rosse | Insoportable princesa

Durante el regreso me fue imposible retener mis impulsos de mirar por la ventana, mover por ratos el pie y limpiar contra la tela la sudoración que se empezaba a presentar en mis manos.

El ambiente se había tornado más pesado que el trayecto de ida, casi como una tortura silenciosa.

Un suspiro salió de forma involuntaria entre mis labios. Asher me observó de reojo.

— ¿En qué piensas?

Tenía dos opciones: mentir y fingir que no pasaba nada… o ser honesta con él y comprobar que, a su lado, podría existir una confianza real, a pesar de que eso podría cambiarlo todo.

Tragué saliva, jugueteando con mi pulsera en un intento por controlar la inquietud de mis manos.

— En… nosotros -confesé en un susurro.

Sus hombros se tensaron de forma casi imperceptible, sus nudillos sobre el volante ahora estaban blancos, pero sus ojos azules en ningún momento me observaron.

— Lo haces sonar como algo grave.

— Lo es, porque tiendo a encariñarme rápido y no quiero perder esto.

El semáforo frente a nosotros cambió a rojo, Asher disminuyó la velocidad del vehículo hasta prácticamente estacionarlo, luego se giró levemente en mi dirección.

— Continúa.

Cerré mis ojos unos segundos antes de volver a abrirlos sin caer en la tentación de apartar la mirada.

— Sé que hemos bromeado con la frase de “sí a todo menos al divorcio”-articulé-, pero siendo honesta, para mí ya no es un juego porque me veo en un futuro contigo.

Él relamió los labios de forma pensativa.

— Princesa -arrastró el apodo-, nunca estuvo en mis planes enamorarme de ti, nada de lo que ha pasado lo fue -hizo una pausa bajando la mirada por un segundo-. Y ahora… no sé qué estoy haciendo.

Se rio levemente sin humor, meneando la cabeza con los ojos cerrados, yo parpadeé, perpleja.

— Solo tengo la certeza de querer ser tu apoyo y que tú seas el mío -añadió, levantando su mirada una vez más.

Lo vi extenderme su mano derecha y la tomé tras dudar un segundo por el peso que representaba el gesto.

Las luces y el atardecer que estaban de fondo tiñeron el ambiente con colores rojizos y naranjas.

Sus dedos se entrelazaron con los míos con firmeza.

— No soy bueno en esto, creo que lo sabes, pero tampoco me quiero ir de tu lado. No pienso alejarme, ni huir solo por miedo a que las cosas dejen de ser sencillas.

El semáforo cambió a verde.

Ninguno se movió inmediatamente o tuvo la intención de retomar la conversación aun cuando teníamos mucho de qué hablar.

El ruido de una bocina detrás de nosotros nos regresó a la realidad. Asher soltó una risa baja volviendo la vista al frente.

— Será mejor que terminemos esta conversación en el departamento. No creo que la ciudad quiera esperarnos.

Fue inevitable que me robara una sonrisa su comentario volviendo mi atención al paisaje mientras que Asher acariciaba el dorso de mi mano de manera distraída.

El automóvil avanzó de nuevo.

Mordí mi labio inferior levemente y giré apenas la cabeza hacia él.

— ¿No estás asustado?

No respondió de inmediato, tampoco sonrió con burla, ni bromeó, simplemente mantuvo la honestidad sin levantar alguna barrera.

— Claro que lo estoy. Contigo he perdido el control y eso no me agrada.

— ¿Por qué?

— Porque quiero tener la certeza de que no te irás cuando todo se complique -respondió con inmediatez.

Sentí la garganta seca.

— También siento que puedo arruinarlo -admití en un hilo de voz que solo él podría escuchar-, y que puedo ser un imán de problemas sin aparentarlo.

Asher arqueó una ceja despegando la vista del frente por algunos segundos.

— Créeme, hace tiempo que descubrí esa parte de ti y, a pesar de ello, sigo aquí.

— Lo sé… pero también creí que Zed se quedaría y no fue así.

Él frunció su entrecejo y su mandíbula se tensó levemente al mismo tiempo que soltó mi mano de manera abrupta.

— ¿Crees que soy como él?

Abrí la boca con la intención de defenderme. No salió nada.

La frialdad de su voz me inmovilizó.

— Eres increíble -gruñó apartando la mirada tras soltar una risa seca.

Al no recibir una respuesta inmediata simplemente aceleró.

Tras unos segundos retomé la conversación.

— No estás siendo justo conmigo -solté con voz entrecortada.

— ¿No? Porque a como lo veo tú piensas que soy un cobarde que huye a la primera amenaza, insoportable princesa.

Tragué saliva.

— ¿Y qué hay de ti? Tampoco has superado el tema de Raine.



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En el texto hay: apuesta, romance, roomies

Editado: 12.05.2026

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