Lyla Rosse | Insoportable princesa
— ¿Qué hacemos aquí? -pregunté con la vista en mis pies, procurando no resbalarme.
Una semana después Asher y yo seguíamos con la misma dinámica extraña en la que estábamos juntos, pero sin saber muy bien cómo actuar el uno con el otro.
En un intento por volver a la normalidad sugirió que saliéramos juntos.
Lo que no esperaba era que me llevara nuevamente a la cascada donde meses atrás habíamos hecho el picnic.
Asher me tomó de la mano con cierta cautela, guiándome en el camino.
— Dijiste que te gustaría volver -se encogió de hombros.
Lo observé un momento.
Era verdad, se lo había dicho cuando estábamos en la piscina de la casa de campo, antes de que todo se tornara un pequeño caos.
Una vez que nos posicionamos sobre el suelo firme del césped en lugar de las rocas resbaladizas volvió a mirarme a los ojos.
Su gesto denotaba su inseguridad, como si intentara encontrarme y asegurarse de que no me iría.
Aproveché que no me había soltado para darle un leve apretón a su mano con una sonrisa.
— Gracias, por tomar en cuenta mis deseos.
El pelinegro me regresó el gesto, esta vez su sonrisa llegó hasta sus ojos.
— Claro, es un bello lugar… además, me trae buenos recuerdos.
Sentí que me empezaba a ruborizar sin tener clara la razón.
— Lo es, solo odio las piedras resbaladizas.
Él se encogió de hombros y su sonrisa se volvió levemente juguetona.
— Me gustaría decir que yo también, pero estaría mintiendo porque fueron la excusa perfecta para cargarte aquella vez.
Solté una risa nasal.
— Sí, recuerdo bien que la primera vez que vinimos fuiste muy coqueto.
— Me gustaba verte sonrojar sin que te dieras cuenta.
Eso me sorprendió.
No recordaba haberlo hecho.
— Mentiroso. No me sonrojé.
Con eso conseguí que soltara una risa clara.
Escucharla fue reconfortante porque extrañaba esa parte de Asher.
— ¿Segura?
Asentí, aunque la semilla de la duda ya se había plantado en mi mente.
Él pareció darse cuenta.
— ¿Quieres apostar?
— No, gracias. Aún tenemos la lista pendiente, añadir una más sería demasiado.
Asher asintió sentándose bajo un árbol, yo le imité.
— ¿Te puedo preguntar algo?
— ¿Qué cosa?
Vaciló, pude ver la duda en sus ojos. Se estaba arrepintiendo de continuar.
— ¿Tú ya sentías algo por mí cuando vinimos la primera vez?
Entreabrí mis labios y desvié la mirada hacia la cascada.
Recordé aquel día con sumo detalle y solté una risa pequeña.
— Eso es muy específico.
— Lyla -mi nombre salió como si en realidad quisiera decir “no divagues”.
Suspiré, pasando mi mano por el césped recién podado.
— No lo sé, quizás sí, solo que trataba de convencerme de lo contrario.
Una sonrisa ladeada invadió sus labios.
— Entonces aceptaste salir con Zed a pesar de eso.
Negué con la cabeza apresuradamente, no quería otro malentendido.
— No, acepté porque yo estaba aferrada a la idea de que él me gustaba.
A diferencia de lo que esperaba, Asher me abrazó por la cintura.
Giré el rostro hacia él y lo encontré mirando la cascada.
— Era muy fácil pensar que podrían gustarte Zed o Mark antes que aceptar la razón de mis celos.
Abrí los ojos de par en par.
¿Asher admitiendo haber sentido celos? ¿Estaba soñando?
— Entiendo lo de Zed, pero… ¿sentías celos de Mark?
Él asintió con lentitud, eso volvió a tomarme por sorpresa.
Solo se escuchaba el sonido del agua chocando con las rocas por algunos segundos.
— Sí. Pude notar que eran muy cercanos y en una ocasión los vi riendo juntos -bajo la mirada un instante y carraspeó levemente- pensé que le gustabas.
Recordé que en algún momento me preguntó si Mark era mi novio y yo lo negué. En aquel entonces pensé que solo buscaba sacar tema de conversación, sin realmente estar interesado en saber mi respuesta.
Mi error.
Asher intentaba distraerse con cualquier cosa, incluso soltó mi cintura apenas unos centímetros.
Vacilé un poco antes de animarme a responder.
— Eso fue a la semana de haber empezado a vivir juntos y tú me odiabas.