Asher Larren | Hades
Miré la bolsa con el logo de la librería en el que ahora descansaban 4 ejemplares y aquel libro firmado que se había vuelto mi mayor tesoro en pocos segundos.
No era el libro lo importante, sino la persona que me lo regaló y lo que eso significaba para mí, porque comprendí que Lyla había estado observándome de la misma manera que yo lo hice con ella.
Quise recordar el último cumpleaños que realmente disfruté o fui feliz.
No pude encontrar alguno. Ni siquiera podía decir si alguna vez recibí un regalo que hubiera sido personal o pensado específicamente para mí.
Recordé cada cumpleaños en el que mi madre y Seren intentaban que fuera un día especial sin mucho éxito.
El problema era que al Señor Larren, mi padre, le parecía egocéntrico el simple hecho de celebrar una fecha destinada al cumpleaños de alguno de sus hijos y, obviamente, nunca nos felicitaba aquellos días.
La mayoría de las veces ni siquiera estaba en casa porque prefería trabajar a convivir con nosotros y nos trataba como si fuera un día más en el calendario.
— ¿Hades? -la voz suave de Lyla me atrajo al presente.
Levanté el rostro en su dirección.
Sus ojos azules me miraban buscando algo, tal vez trataba de entenderme.
— ¿Está todo bien?
Su mano tomó la mía lentamente haciendo que le sonriera en respuesta para tranquilizarla, no merecía que le arruinara su sorpresa solo por un mal recuerdo.
Y, honestamente, no podía evitar desviarme del tema.
— Claro. ¿Por qué no lo estaría?
Ella frunció sus labios en una línea.
— Por un momento parecías haberte entristecido.
Negué con la cabeza revolviéndole el cabello con dulzura.
Era una mentira a medias. No estaba triste, simplemente nunca había caído en cuenta de aquella revelación hasta hoy, tal vez porque nunca quise darle importancia.
— ¿Por qué estaría triste si estoy contigo?
— No lo sé, solo… empiezo a creer que tal vez no te sentías especial.
Sentí un nudo formarse en mi garganta que me impedía replicar.
— Y olvidas que eres alguien al que merecen celebrar su existencia.
Solté un suspiro lento con los ojos cerrados, luego me giré hacia ella, buscando las palabras correctas.
— Eres muy sentimental, princesa.
— Tal vez, pero quiero que seas honesto conmigo. ¿Tengo razón?
No pude sostenerle la mirada por más tiempo, tampoco podría seguirle mintiendo cuando ella me conocía incluso mejor que yo.
— Sí -respondí con voz baja volviendo a fijar mis ojos en la bolsa que sostenía.
Lyla deslizó su mano entre la mía y me acarició el dorso.
— Entonces intentaré que eso cambie a partir de hoy.
Fruncí el ceño.
— ¿De qué hablas?
— No pienso dejar que sigas celebrando los cumpleaños de los demás como si fuera la fecha más importante y el tuyo no.
— ¿Y cómo planeas hacerlo?
Ella se encogió de hombros.
— Tengo mis métodos.
Sin darme tiempo de protestar me jaló en dirección al auto, deteniéndose junto a la puerta que daba al asiento de copiloto.
— ¿No deberíamos subir esto a la cajuela? -pregunté alzando la bolsa.
— No -su labio tembló brevemente-, lo podemos colocar junto a tu mochila en el asiento trasero.
Entrecerré los ojos.
Tampoco había dejado que subiera mi mochila a la cajuela al salir de la facultad.
— Sigues actuando raro -señalé subiéndome al auto una vez más.
No respondió, simplemente se quedó inmóvil por algunos segundos, lo que me hizo sospechar aún más.
— Claro que no, solo quiero llegar a descansar contigo.
La rubia me dedicó una breve sonrisa.
Por mucho que quisiera ocultarlo sabía que estaba ocultando algo más, no solo por lo mal que mentía, también porque durante nuestra estancia en la librería la atrapé mandando mensajes cuando creía que no la estaba observando.
Así que… ¿Qué más podría haber planeado para mí?
Ella subió unos segundos después a mi lado y arrancó el auto en dirección al departamento mientras yo empezaba a sentirme ansioso.
Unas horas después por fin habíamos llegado al estacionamiento del departamento y vi que sus ojos se desviaban a la cajuela por un segundo mientras se mordía el labio inferior.
Mi pulso se aceleró de inmediato, aunque trate de fingir que no me había dado cuenta de nada.
— Tal vez… tal vez ya deberíamos bajar.
Se desabrochó el cinturón de seguridad con dificultad, sus dedos empezaban a actuar con torpeza.