Los Tremolantes

Capítulo 1: ¡PUEDO VER!

El desierto se extendía infinito, como un océano de polvo y escombro. Bajo un sol viejo y pálido, tres figuras avanzaban sin prisa, ajenas al calor, ajenas al tiempo. Caminaban como si no tuvieran destino, pero el destino parecía seguirlas a ellas.

Metatrón iba al frente, con su poncho verde ondeando como una bandera en ruinas, con un paraguas pegado en su espalda. Su barba blanca temblaba cada vez que abría la boca, que era casi todo el tiempo. Hablaba de cosas que nadie preguntaba, de historias que nadie recordaba, de verdades que cambiaban con cada palabra.

—Este lugar fue una ciudad una vez... Ahora solo queda el viento.

Asklepios, flaco como un cadáver hambriento, no respondía. Caminaba con la espalda recta, con la mirada clavada en el horizonte, como si pudiera ver algo más allá del polvo y la muerte. Sus joyas doradas tintineaban con cada paso, como campanas de un templo sin dioses.

Ouroboros, encorvado y envuelto en sus propias ataduras, era el que menos se movía. Su bolsa roja, húmeda por dentro, se inflaba y desinflaba con cada lento respiro. Desde su cuerpo sin brazos, gotas de algo espeso y oscuro goteaban al suelo, evaporándose antes de tocar la arena.

El único sonido, aparte de la voz de Metatrón, era el de unas patas pequeñas golpeando la tierra seca.
Un perro.

Era un animal viejo, sucio y delgado, pero con una energía extraña en la mirada. No les temía. No los evitaba. Caminaba con ellos, sin razón aparente.

—Miren— dijo Metatrón, señalando al animal— ¿a dónde nos guías?

El perro ladró una vez, con un sonido ronco, como si llevara mucho tiempo sin usar su voz. Y entonces corrió.

Los Tremolantes lo siguieron.

A pocos metros, entre los restos de lo que una vez fue una carretera, encontraron a un hombre.
Era un ciego.

Tenía la ropa desgarrada, la piel quemada por el sol, el cabello cubierto de arena.

Estaba triste, deambulando sin su perro quién lo guiaba, perdido en el ardiente desierto. Pero su expresión cambió en cuanto escuchó la voz de Metatrón.

—Tú... —susurró, con la respiración temblorosa. —Los encontré. Los encontré.

El perro corrió hacia él y comenzó a lamer sus manos. El ciego lo abrazó con fuerza, pero su atención no estaba en el animal.

—Sé quiénes son. —Dijo. —He oído sus nombres. He seguido sus pasos gracias a mi perro. Vine hasta aquí porque sabía que, si los encontraba, ustedes podrían hacer un milagro.

Metatrón sonrió.—¿Y qué es un milagro, amigo mío?

—Algo imposible para los hombres, pero no para los dioses —Respondió el ciego, con una fe ciega en su propia ceguera. —Por favor... ¡Quiero volver a ver! ¡Quiero ver! por favor...

Metatrón rio.

—Oh, pero claro, claro. Ver es tan importante, ¿no? Mirar el mundo. Distinguir la luz de la sombra. Saber qué es real y qué no.

Se inclinó sobre el ciego, y con un movimiento rápido, hundió dos dedos en sus cuencas.

El ciego gritó con el desgarro brusco.

Metatrón retiró sus dedos, y entre ellos sostenía dos ojos. Ocultó con sus manos el par arrancado, pero al abrir ambas manos, los ojos no eran de carne ni sangre. Eran gomitas azucaradas, cubiertas por una fina capa de polvo brillante. Se las llevó a la boca y las masticó con deleite.

El ciego temblaba, con el rostro bañado en lágrimas que apenas se distinguían entre la sangre que brotaba.
Metatrón metió una mano bajo su poncho y, sin dramatismo, se arrancó sus propios ojos.

—Aquí tienes. Usa los míos.

Los sostuvo frente al ciego y sopló sobre ellos. Se encendieron como dos brasas y se hundieron en las cavidades vacías del hombre.

El ciego gritó de nuevo.

El dolor era aún más insoportable. Pero pronto, poco a poco, la luz regresó. Y vio.

Vio el desierto, vio las ruinas, vio el sol agonizante en el cielo. Y vio a los Tremolantes.

Metatrón sonreía, con dos cuencas vacías en su rostro arrugado. Y de un pestañear, ojos nuevos salieron a relucir como perlas en un extinto océano.

Asklepios lo observaba con su expresión inescrutable. Ouroboros...Ouroboros, de pronto, alzó la cabeza con fuerza y empezó a temblar.

Asklepios se acercó a él con curiosidad.—¿Qué sucede? —susurró.

Ouroboros no habló, pero Asklepios pareció entenderlo. Se inclinó y escuchó lo que solo él podía oír.

Se giró y caminó hacia Metatrón. Acto seguido, le susurró algo al oído.

El rostro de Metatrón se torció en una mueca de horror, desmoronando su típica sonrisa.

El ciego notó el cambio en su actitud.

—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?

Los Tremolantes no respondieron.

Metatrón suspiró y se pasó una mano por la barba. Miró al ciego con la tristeza en sus ojos.
Y entonces, sin aviso, los ojos del ciego reventaron de forma violenta.

Gritó, cayendo de rodillas, con sangre corriendo por su rostro, reemplazando la sangre seca que caía escarapelada.

Los Tremolantes se dieron la vuelta y continuaron su camino, dejando atrás los gritos del hombre.

El perro los siguió.

Metatrón murmuró en voz baja, como si le hablara al viento.

—¿Por qué... tenía que tener esos deseos enfermizos... de volver a violar?

El desierto los tragó de nuevo.

Y a lo lejos, el ciego gritaba y se retorcía en la arena.

Los Tremolantes no miraron atrás.



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En el texto hay: filosofia, deidades, horrorcosmico

Editado: 05.01.2026

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