El sol se derramaba sobre las dunas como un ojo cansado que apenas podía mantenerse
abierto.
El desierto, vasto e interminable, se deslizaba bajo los pies de los Tremolantes mientras avanzaban montados sobre dromedarios de patas largas y movimientos perezosos.
El pelaje de los animales era áspero, lleno de polvo y cicatrices.
Metatrón se balanceaba con una sonrisa en los labios, disfrutando del vaivén del viaje. Asklepios iba erguido, con su mirada fija en el horizonte, como si buscara un punto fijo en el infinito. Ouroboros... simplemente estaba ahí. Encima de su montura, atado, inmóvil, como un muerto al que el desierto aún no se había llevado del todo. A su par iba el perro, revoleando su cola de lado a lado, ya no parecía tan carcomido por la falta de alimentación.
El viento arrastraba pequeños remolinos de arena, y entre esos remolinos, algo apareció en la distancia.
Un caballo. Un animal esquelético, con las costillas marcadas bajo su piel, arrastrando un carrete de madera improvisado y tosco
Sobre él, un hombre sin brazos
El hombre jadeaba, la piel de su rostro estaba cubierta con sudor y polvo añejo, pero su expresión era de pura alegría. Sus ojos, enrojecidos por el sol y marcados por el cansancio, se llenaron de lágrimas al ver a los Tremolantes.
—¡Oh, lo logré! ¡Los encontré!
El caballo avanzaba con dificultad, y la carreta se sacudía sobre la arena, pero el inválido no parecía notar la incomodidad. Solo miraba a los dioses con una expresión de éxtasis.
Metatrón soltó una pequeña risa junto con Asklepios.
—Aquí estás —dijo Asklepios con un tono neutro, observando con leve interés al viajero.
Ouroboros no dijo nada, pero su cabeza se alzó levemente bajo la bolsa roja, como si estuviera atento.
El inválido seguía llorando, sollozando entre palabras entrecortadas.
—¡Me ha costado tanto! No saben lo difícil que es sin brazos... no saben cuánto lo he intentado. Pero lo logré... lo logré...
Metatrón suspiró, sacudiendo la cabeza.
—Si este pobre caballo ha cargado contigo hasta aquí, lo mínimo que puedo hacer es darle un respiro.
Se inclinó sobre su dromedario, extendió una mano y con un chasquido de sus dedos, el caballo tembló. Su piel comenzó a oscurecerse, su forma se alargó y su hocico se ensanchó. En cuestión de segundos, ya no era un caballo, sino un camello fuerte y resistente, adaptado para las arenas crueles del desierto.
El animal relinchó—o más bien gruñó—y meneó la cabeza, claramente confundido por su nuevo cuerpo.
El inválido lo miró con asombro, secándose las lágrimas con los hombros.
—¡Gracias... gracias, de verdad!
—No es nada —dijo Metatrón, haciendo un gesto vago con la mano—. No quería que el animal muriera de hambre solo por seguirnos.
El hombre asintió con fervor y tomó aire antes de hablar de nuevo.
—Estoy aquí porque necesito su ayuda. Mi vida... mi vida ha sido difícil. Sin brazos... sin manos... sin nada con qué sostenerme. Perdí mucho cuando se disiparon. Perdí todo. No hay nadie quién me ayude. Y... ¡es imposible vivir así! Por eso... quiero volver a tener brazos...
Hubo un momento de silencio.
Ouroboros movió su cabeza bajo la tela roja.
Metatrón observa Ouroboros.
—Ouroboros está sonriendo —Dice Asklepios
—Así es, Lo ha hecho, qué milagro —dijo Metatrón, con fingida emoción.
El inválido no entendía del todo sus palabras, pero no le importaba. Solo quería su deseo.
Asklepios lo miró fijamente, con ojos tan profundos como el vacío.
—¿Ese es tu mayor deseo?
No era una pregunta para el invalido.
Por un instante, en sus ojos oscuros apareció un destello.
—Ese es tu mayor deseo.
Luego, habló con calma.
—Para concederte ese deseo, necesitaré algo de ti.
El inválido asintió sin dudar.
—¡Lo que sea!
—Necesito un poco de tu cabello y un pedazo de tu piel.
El inválido frunció el ceño.
—No tengo brazos para cortarlo...
Asklepios no esperó. Se inclinó sobre él, tomó un mechón de su cabello y lo arrancó de raíz con un solo movimiento. Luego, con la otra mano, deslizó un dedo sobre su pecho desnudo haciendo una forma geométrica, y la piel del inválido se abrió en un rectángulo casi perfecto, dejando expuesta la carne viva. Gritó, convulsionándose en su carreta.
El dolor fue inmediato.
Asklepios chasqueó la lengua y no mostró reacción alguna. Tomó un puñado de arena y la dejó caer sobre la herida.
La arena se pegó a la carne y, poco a poco, comenzó a cambiar. La piel se regeneró, cerrando la herida como si nunca hubiera existido.
El inválido, aún tembloroso, jadeó de alivio.
Mientras tanto, Asklepios tomaba más arena, mezclándola con el cabello y la piel que contenía su sangre. Sus manos huesudas amasaron la sustancia, dándole forma.
Moldeó la arena hasta que ésta se solidificó, los trazos de carne se extendieron y la figura tomó proporciones humanas.
Allí, frente a los ojos atónitos del inválido, se erguía una copia exacta de sí mismo.
Un hombre idéntico a él. Mismo rostro, mismo cuerpo... solo que, con brazos, pero, sin piernas.
—Ahora él será tus brazos, porque tú serás él. Y tú serás sus piernas, porque él será tu... Ahora, serán uno solo. —dijo Asklepios.
El inválido abrió la boca, pero no supo qué decir.
Su otro yo lo miró con la misma sorpresa.
Entonces, ambos empezaron a moverse, como si fueran hilos de un mismo tapiz. Coordinados. Sin esfuerzo. Como si hubieran sido una sola entidad desde el principio.
—¿Qué... qué es esto? —susurró el inválido, con una mezcla de horror y fascinación.
—Tu deseo concedido —dijo Asklepios.
Los dos "yo" se miraron. Y entonces, las palabras de disgusto y salieron a flote, insultos tras insultos, ambos, coordinados, como si fueran uno solo. El horror y enojo se disipó, lo que antes era una broma de mal gusto para ellos, ahora... todo se aclareció.