Los Tres Imperios Y El Legado De Cai

MAPAS DE RECUERDOS

El agua más allá de las paredes de cristal se agitaba con lentitud, proyectando ondas azuladas sobre sus rostros. Mientras avanzaban por los túneles, Kael sentía todavía el eco de las visiones del Cuenco vibrar en su pecho, como si la esfera dentro de él quisiera salir.

Mael caminaba a su lado, tan cerca que sus ropas se rozaban a cada paso, pero sus manos nunca llegaban a tocarse. El recuerdo de la noche compartida parecía colgar sobre ellos como una bruma densa. Mael no lo miraba, y Kael se debatía entre el deseo de hablar y el temor de escuchar respuestas que lo destrozaran.

Yara iba unos pasos adelante, el ceño fruncido, mientras se aseguraba de que el pergamino quedara bien oculto bajo los pliegues de su ropa. El silencio se extendía entre los tres como una capa fría.

Finalmente, fue Yara quien habló, con voz baja, casi para sí misma:

—Si Thalen puede leer la esencia mágica del pergamino… podríamos tener un nombre. O al menos, una pista clara.

Kael, que caminaba entre ellos, alzó la vista, aún sobrecogido por lo que habían visto en el Cuenco.

—¿Y estás segura de que podemos confiar en él? —preguntó.

Yara soltó una breve carcajada, sin humor.

—No. No se puede confiar en Thalen. Ni un segundo. Pero es el único en Vaelora capaz de rastrear quién puso ese sello espiral. Y ahora sabemos que quien lo hizo podría estar vinculado al Núcleo… o a Lysandor.

Mael, que había permanecido callado, habló al fin, con voz baja:

—Thalen juega su propio juego. No tiene lealtad a nadie. Si ve la oportunidad de sacar provecho, la tomará.

Kael se pasó la mano por el cabello, sintiendo el cansancio colgado de sus huesos.

—¿Y si Thalen está trabajando para ellos? Para quienquiera que esté detrás de esto.

Yara lo miró, seria.

—Si no vamos, no tendremos más que visiones fragmentadas y voces a medias. No podemos seguir a ciegas. —Hizo una pausa, bajando el tono aún más—. Thalen es nuestra única opción… aunque me reviente admitirlo.

Kael asintió lentamente, aunque el nudo en su estómago se apretaba aún más.

Mael lo observó en silencio, su mirada entre preocupada y protectora.

—Lo conseguiremos. Pase lo que pase.

Mientras retomaban el camino hacia los niveles exteriores de Vaelora, las luces de la ciudad danzaban sobre los cristales. Y, en el fondo del mar, algo parecía observarlos con paciencia infinita.

El camino hacia la zona exterior de Vaelora los llevó por túneles menos cuidados. Las paredes de cristal mostraban filtraciones donde algas rojizas se mecían como cabelleras fantasmales. El agua detrás parecía más oscura, como si algo gigantesco nadara en las profundidades, acechando.

El aire se volvió más húmedo, cargado de un olor salino y metálico. Pasaron mercados donde criaturas marinas retorcidas se ofrecían en jaulas de coral, y puestos que vendían frascos de humo líquido, susurrando secretos a quien los bebiera.

Kael caminaba pegado a Mael. No soportó más el silencio.

—Mael… —dijo en voz baja—. Aquella visión en el Cuenco… ¿Reconociste a esa figura? Tenía algo… familiar.

Mael se detuvo un segundo. Su mandíbula se tensó.

—No lo sé, Kael. Y aunque lo supiera… —Sus ojos se suavizaron apenas—. No quiero decirte nada que no esté seguro. No quiero lastimarte más.

Kael lo miró con rabia y con miedo, todo a la vez.

—Estoy cansado de sentirme como una pieza en un tablero que no entiendo.

Mael desvió la vista.

—Y yo estoy cansado de tener que elegir entre protegerte… o decirte lo que podría destruirte.

Kael sintió que su corazón daba un vuelco, pero antes de poder decir nada más, Yara los apremió:

—¡Estamos aquí!

Llegaron ante una puerta circular de metal recubierta de incrustaciones de coral azul. Sobre ella, flotaba un holograma líquido que proyectaba mapas en constante movimiento: corrientes marinas, rutas secretas, espirales de luz que se entrelazaban.

Yara golpeó tres veces con un ritmo particular. Después de unos segundos, la puerta se abrió con un susurro húmedo.

El interior estaba abarrotado de tuberías por donde fluía agua bioluminiscente. Esferas de cristal flotaban en el aire, cada una conteniendo mapas líquidos que mutaban de forma. Había olores metálicos, salados, y un leve zumbido eléctrico.

Y en el centro del caos, Thalen.

Era un hombre delgado, de rostro pálido y ojos de un azul tan intenso que parecían dos focos de luz. Sus dedos largos y manchados de tinta se movían con precisión sobre una esfera flotante.

—Ah, Yara… ¡y traes compañía! —dijo, con una voz suave y melódica—. El chico del Núcleo… y el espía con cara de poeta. Qué trío tan… delicioso.

Kael se detuvo en seco.

—¿Cómo sabes quién soy?

Thalen rió, un sonido aspero.

—Porque el mar canta tus secretos, Kael. Y porque llevo días observando tus huellas mágicas sobre las corrientes. —Sus ojos se entrecerraron, fijos en Kael—. Tienes la misma frecuencia que alguien que creí muerto hace mucho tiempo.

Kael sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Pero Thalen chasqueó la lengua.

—Nada gratis. Nada sencillo. Quieren que lea esto —dijo, arrebatándole el pergamino a Yara—. Pero todo tiene un precio.

Mael se adelantó, con la mano en la empuñadura de su espada.

—¿Cuánto?

Thalen lo miró, divertido.

—Un recuerdo. Necesito un recuerdo intenso… algo que duela. O que arda.

Mael tensó la mandíbula. Yara lo miró con dureza.

—No. Usará lo que sepa para venderlo.

Thalen suspiró.

—Entonces no leeré nada. Y seguirán caminando ciegos por Vaelora.

Kael respiró hondo.

—Tómalo de mí —dijo de pronto.

Mael se giró hacia él, alarmado.

—¡Kael, no!

Kael lo miró con firmeza.

—Si es la única forma de saber quién dejó ese símbolo… quiero hacerlo.

Thalen sonrió, casi enternecido.

—Qué valiente. Qué insensato. —Se acercó y rozó la sien de Kael con dos dedos fríos como piedra—. Dame un momento que no puedas olvidar.



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En el texto hay: fantasia, romance, magia

Editado: 27.11.2025

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