El mar, parecía retumbar con cada oleada. Se habían refugiado en una cámara olvidada, tras muros de coral y vidrio que vibraban levemente con la marea. La luz azul filtrada apenas iluminaba sus rostros exhaustos.
Kael se dejó caer sobre una roca pulida. Aún sentía el peso del Núcleo en el pecho, cada pulso recordándole el caos que ardía en su interior.
Yara estaba de pie, afilando su cuchillo sobre la bota. Miraba a Kael con la mandíbula tensa. Mael, en cambio, estaba apartado, limpiando la sangre seca de su espada, aunque sus ojos se posaban en Kael una y otra vez.
Kael rompió el silencio:
—Entonces… —dijo Kael, con voz temblorosa— esos túneles… ¿dónde están exactamente? ¿Cómo se llega a ellos?
Mael bajó la mirada un instante, como midiendo sus palabras.
—Hay varias entradas. Algunas conectan con los niveles bajos de Vaelora, otras se ocultan tras altares en ruinas o cámaras selladas. Pero no todas llevan a la Cámara de Corrientes. —Levantó la vista, clavando sus ojos en Kael—. Yo conozco una ruta.
Yara se cruzó de brazos, evaluando a Mael.
—¿Y por qué estás tan seguro de poder guiarnos?
Mael sostuvo su mirada con frialdad.
—Porque he pasado más tiempo en las sombras de Vaelora de lo que quisiera admitir. Y porque si no entramos pronto… alguien más llegará a la Cámara antes que nosotros.
Kael tragó saliva.
—Entonces… muéstranos el camino.
El silencio cayó sobre el grupo, cargado de incertidumbre. Finalmente, Yara habló:
—Bien. Pero si es una trampa, Mael… juro que yo misma te clavaré una daga en el corazón. —¿Podemos usar esos túneles para entrar sin ser vistos?
Mael asintió.
—Sí. Pero no es fácil. Están llenos de trampas. Corrientes mágicas que cambian de dirección, zonas donde el agua puede aplastarte si no sabes el camino. Y… —Se detuvo, tragando saliva—. Hay guardianes.
—¿Qué clase de guardianes? —preguntó Mael.
Kael apartó la mirada.
—Criaturas que pueden ver dentro de tu mente. Si detectan miedo… te atacan.
Yara soltó un suspiro.
—Perfecto. Más monstruos.
Mael se acercó a Kael, posando su mano sobre su hombro. Su voz fue suave:
—Kael… si entras allí, puede que encuentres cosas que no quieras saber. Sobre tu padre. Sobre Lysandor.
Kael lo miró, sus ojos brillando con furia contenida.
—No me importa. Prefiero saber la verdad que vivir con fantasmas.
Yara se cruzó de brazos.
—Entonces, ¿cuál es el plan?
Kael respiró hondo.
—Usaremos el sello espiral del pergamino. Podría abrir las puertas interiores de la Cámara. Pero primero debemos atravesar los túneles. —Miró a Yara—. No podemos entrar todos juntos. Nos detectarán. Tenemos que separarnos al principio… y reunirnos en el Vestíbulo Central.
Yara lo miró con recelo.
—¿Separarnos? ¿Y si es una trampa?
Kael bajó la voz.
—Si no lo hacemos, las corrientes mágicas nos confundirán. Terminaríamos perdidos… o ahogados.
Yara se pasó la mano por el cabello, frustrada.
—Muy bien. Lo haremos a tu manera. Pero si algo sale mal… saldrás tú primero, Kael. ¿Entiendes?
Kael iba a responder, pero en ese momento, Mael habló, con un tono extraño, casi dolido:
—Kael… si llegas a encontrar algo sobre tu padre… tienes que prometerme que no vas a precipitarte. Que no vas a creerlo todo a la primera.
Kael lo miró, desconcertado.
—¿Por qué dices eso? ¿Sabes algo?
Mael apartó la mirada, tensando la mandíbula.
—Solo… prométeme que tendrás cuidado.
Yara lo fulminó con la mirada.
—¡Por los dioses, Mael! ¡¿Qué demonios estás ocultando?!
Mael cerró los ojos con fuerza, como si una represa se quebrara por dentro. Su voz salió áspera, rota:
—Ya no puedo seguir ocultando esto…
Se giró hacia Kael, clavando en él una mirada cargada de años de secretos.
—Kael… yo te conocía desde antes de que encontraras el Núcleo.
Kael parpadeó, sin entender.
—¿Qué… qué estás diciendo?
Mael respiró hondo. Su voz tembló:
—Yo conocí a tu madre. Ella me crió como a un hijo. Se alejó de ti para protegerte… para mantenerte lejos de todo esto. —Desvió la mirada, como si no pudiera sostener la intensidad en los ojos de Kael—. El día que la vi por última vez… yo tenía doce años. Pero ya era un guerrero. Un espía.
Kael dio un paso atrás, incrédulo.
—¿Mi… mi madre? Pero… ¿cómo…?
Mael tragó saliva, con un brillo de lágrimas en sus ojos.
—Ella me hizo prometer que te vigilaría. Que te mantendría salvo. Alejado de todo esto. Por eso… por eso estaba en esa cueva el día que encontraste la esfera. Yo nunca podría traicionarte, Kael. Nunca.
El silencio cayó como una ola, pesado y absoluto.
Kael lo miró, con la voz apenas un susurro, sus ojos enormes y húmedos.
—¿Quién era ella, Mael? ¿Quién era mi madre?
Mael bajó la cabeza, su voz temblando.
—Alguien… que sacrificó todo lo que amaba por protegerte. Y que… dejó un legado que todavía está escrito en la sangre de Cai. —Se le quebró la voz, y una lágrima cayó sobre el suelo de coral—. No sé si estoy siquiera autorizado a decir su nombre aquí. Pero… ella era la razón por la que muchos siguieron luchando incluso después de la caída de Cai.
Kael apretó los labios, sintiendo un nudo en la garganta.
—¿Esto fue… antes de conocer a Yara?
Mael asintió.
—Mucho antes. Yara y yo… nos encontramos después, en las guerras menores. Pero mi lealtad contigo… empezó mucho antes de todo eso.
Kael se llevó una mano al pecho, sobre el Núcleo que latía furioso bajo su piel. Sus ojos estaban vidriosos.
—¿Por qué… por qué no me lo dijiste antes?
Mael bajó la mirada, y una lágrima cayó sobre el suelo de coral.
—Porque tenía miedo de perderte… de que pensaras que solo estaba contigo por… órdenes. Y porque… cada día que pasa… te quiero más de lo que debería.
Yara los miraba a ambos, en silencio, pero sus ojos estaban húmedos.