Los tres son mis Mates??

Capitulo 7

Zophie Gonzales

El tercer día comenzó con una tranquilidad engañosa. Ya le estaba agarrando el gusto a la rutina de la pastelería Moretti y, para ser honesta, una pequeña parte de mí sentía curiosidad por ver si los tres imponentes caballeros de ayer cumplirían su promesa de regresar.

A media mañana, tal como lo habían advertido, la campana de la entrada tintineó. Matteo, Alexis y Alexander cruzaron el umbral. Hoy vestían de forma un poco más informal, pero seguían acaparando todas las miradas del lugar. Les dediqué una inclinación de cabeza y una sonrisa ligera, dispuesta a atenderlos, pero justo detrás de ellos entró un grupo de tres chicas.

Al ser nueva en el pueblo, no conocía a nadie, pero no hacía falta ser un genio para notar sus intenciones. En cuanto vieron a los hermanos y a Matteo, sus ojos brillaron con ambición. No tardaron ni dos segundos en rodearlos cerca de la barra, riéndose de forma exagerada, rozando intencionalmente sus brazos y lanzándoles insinuaciones para nada sutiles.

-¡Ay, pero qué coincidencia encontrar a los hombres más guapos de la zona por aquí! -exclamó una de ellas, acomodándose el cabello mientras miraba a Alexander-. ¿Nos van a invitar el desayuno hoy, muchachos?

Me crucé de brazos y me apoyé contra el mostrador, observando la escena en silencio. Aunque los chicos lucían visiblemente incómodos y trataban de apartarse cortésmente, no las detuvieron de golpe ni les pararon los pies con firmeza. Para mí, que apenas estaba intentando descifrar qué clase de personas eran ellos, eso fue suficiente. Sentí un pinchazo de fastidio en el estómago y una enorme decepción. «Claro, qué tonta fui», pensé, sintiendo cómo la barrera de mi desconfianza se levantaba al doble de altura. «Son los típicos mujeriegos que le sonríen a cualquiera. Ayer solo me estudiaban como a una presa más».

Cuando las chicas finalmente se apartaron un poco para ir a una mesa, los tres se acercaron al mostrador. Alexander me dedicó una sonrisa coqueta, pero mi rostro ya era de piedra.

-Buenos días, Zophie. Lo de siempre, por favor -dijo con voz suave.

-Buenos días, caballeros -respondí. Mi voz sonó tan fría y cortante que el aire pareció congelarse-. Serían doce dólares. Paguen aquí.

Tomé el dinero, les entregué sus pedidos de forma mecánica y me di la vuelta de inmediato para limpiar unas bandejas, dándoles la espalda por completo. No iba a ser el juguete de fin de semana de unos tipos con exceso de confianza.

Alexis Ramazotti

En mi interior, mi lobo blanco estaba aullando de dolor y arañando las paredes de mi mente. El lazo mental que compartía con Alexander y Matteo era un absoluto hervidero de pánico. El dulce aroma a chocolate y vainilla de nuestra mate se había vuelto amargo, cargado de una profunda decepción que me partía el alma. Ella era nueva en el pueblo, no sabía nada de nosotros y acababa de ver a tres desconocidas encima de nosotros. Asumió lo peor.

«¡Te dije que las quitaras de encima, Alexander!», le rugí a mi hermano a través del vínculo, apretando los puños debajo de la mesa. «¡Su olor nos está rechazando! ¡Nos cree unos malditos mujeriegos!».

«¡Estaba tratando de no usar mi fuerza de lobo para no mandarlas al hospital en medio de su trabajo!», se defendió Alexander, luciendo igual de frustrado y con la mirada gacha. Matteo no decía nada, pero sus ojos inyectados en sangre reflejaban que el vampiro estaba a nada de perder el control.

El desayuno nos supo a tierra. Zophie ni siquiera se dignaba a mirarnos; nos ignoraba olímpicamente y su postura era rígida como el hielo. Quería levantarme, apartar el mostrador y suplicarle que nos escuchara, pero el sutil tintineo de la campana de la entrada congeló mis pensamientos.

Un chico de cabello castaño claro, ojos vivaces y una sonrisa desbordante cruzó la puerta. Llevaba una chaqueta ligera y caminaba con una soltura casi etérea. Alexander y yo nos tensamos al reconocerlo de inmediato por la vista.

Era Elian. El brujo de alto rango que servía a mi propia manada.

Para venir a la pastelería y no levantar sospechas en el pueblo, Alexander, Matteo y yo habíamos tomado la estricta decisión de suprimir y ocultar por completo nuestra presencia y nuestra esencia sobrenatural mediante control mental. Ninguna criatura podía olernos ni detectarnos aquí dentro; para cualquiera en este lugar éramos simples humanos invisibles al radar. Elian caminó directamente hacia el mostrador, dándonos la espalda de forma olímpica. Estaba completamente a ciegas. No tenía ni la menor idea de que su Alfa, el hermano de este y el vampiro más poderoso de la región estaban sentados a unos metros de él.

La única excepción a nuestro camuflaje era Zophie. Por el lazo sagrado, ella era la única capaz de percibir nuestro aroma a pino y menta. Pero Elian no tenía ese privilegio. El brujo se apoyó en la barra con total descaro, invadiendo el espacio de nuestra reina, y la miró con una devoción genuina que me hizo enterrar las uñas en la madera de la mesa hasta casi agrietarla. Si supiera a quién le estaba coqueteando, saldría corriendo por su vida.

-Buenos días, hermosa damisela -dijo Elian, usando esa voz empalagosa y melodiosa típica de los hechiceros-. Dicen en el pueblo que los pasteles de aquí son obras de arte, pero veo que se quedaron cortos. La verdadera obra de arte es quien los atiende. ¿Me recomiendas algo dulce para alegrar mi mañana?

Zophie Gonzales

Parpadeé un par de veces, completamente tomada por sorpresa. Al no conocer a nadie en este pueblo, cualquier rostro nuevo me generaba cierta cautela, pero este chico que acababa de llegar tenía una vibra tan cálida, dulce y reconfortante que fue imposible no contagiarme de su buena energía. Sus halagos no se sentían pesados ni arrogantes como los que solía recibir de tipos engreídos; eran genuinamente tiernos.



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En el texto hay: vampiros, humana, amor

Editado: 06.07.2026

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