Enola
Eso que sentí cuando tuve intimidad con ese hombre me gustó demasiado, aunque se trató única y exclusivamente de un intercambio. Sentí emociones muy fuertes, tan distintas a lo que me había explicado Patricia; realmente estaba desconcertada.
Creí que sentiría dolor, un dolor desgarrador; sin embargo, sentí solo incomodidad al principio, pero se me olvidó cuando él empezó a acariciarme, dándole paso a diferentes sensaciones intensas.
Y cuando me embistió con esa delicadeza mientras me decía al oído todas esas palabras ridículamente románticas... Cuando me decía "hermosa" mientras poseía cada rincón de mi cuerpo. Su grosor fue demasiado para mí, un placer inmenso que me llenó de un intenso sentimiento de satisfacción.
Mi corazón se aceleró de tal manera que creí que iba a salir de mi pecho. No era lo mismo; en un solo día viví emociones y sensaciones que nunca había experimentado. Tenía mucho miedo porque la protección se rompió, en medio del desierto. Excelente.
No podía negar que, en parte, fue mi culpa. Cómo se me ocurrió pedirle a ese hombre que me hiciera suya en medio del desierto, sin siquiera tener cuidado. Cómo se me ocurrió... pedirle a un hombre que no conocía bien que me hiciera suya. Negué con la cabeza, llorando. Esto era mi culpa; yo decidí venir hacia acá, nadie me puso una pistola en la cabeza. Yo decidí entregarme a él, pero la voz de mi padre se escuchaba en mi cabeza, la voz de mi madre diciéndome que era una maldita zorra barata.
"Eres una zorra, Enola...". Y era verdad, porque las zorras vendían su cuerpo al mejor postor; las zorras no tenían ningún valor.
Sollocé una y otra vez... Pero lo que más me dolió fue decirle a él que fue un error, que no debió pasar. Pero no podía permitir que esto continuara sucediendo; esta no era mi naturaleza. Yo no nací para ser una mujer que vende su cuerpo; era débil, no era tan fuerte como Patricia para soportarlo. Mi motivación era no morir de hambre; el suyo eran dos hijos y estaba justificado porque personas pequeñas dependían de ella. Si hablábamos de mí, yo estaba totalmente sola en el mundo, no tenía a nadie. Para mí era más fácil, pero decidí irme por este camino.
No quería justificarme. Mi mente colapsó cuando fue invadida por esos pensamientos intrusivos y caí en un ataque de pánico debido a la ansiedad y a toda esa presión que sentía.
—Enola —dijo Boran, ignorando mi petición, tal vez pensando que yo era una loca por mi indecisión y falta de control—. Ven, debes...
—No, no me quiero sentar, no quiero —chillé acalorada. Hacía mucho calor y mi ansiedad no ayudaba en nada—. Me siento como una...
—No sé cuáles fueron tus razones para hacer esto —replicó—, pero fueron las que te llevaron a mí, Enola.
Lo miré mientras reprimía las ganas de llorar.
—Hablas como si estuvieras enamorado de una mujer inmoral —sonreí con amargura—. Boran, nosotros no nos conocemos, así que te sugiero que no me trates como si me quisieras.
—No se necesitan años para querer a alguien y valorar su compañía... Desde que te conocí, desde ahora, Enola, yo te veo como una persona, sin importar a lo que te dediques.
—Pero tú no serás mi esposo, tú no te atreverías a casarte con alguien como yo —negué—. Y no lo digo porque quisiera casarme contigo, sino porque no serás el hombre que me rechazará por haberme prostituido.
—El hombre que te rechace por eso sería un grandísimo estúpido —sonrió mientras tomaba mi mano y me atraía hacia él para besar con delicadeza y ternura mi frente. Me estremecí ante sus caricias—. Porque tú eres increíble, Enola.
—Dios mío —murmuré cuando, con decisión, me tiró del brazo dejándose caer en la arena conmigo encima de él—. Por favor, esto no es normal, Boran. Ya no me digas esas palabras; me vas a hacer daño si las creo y luego la sociedad me demuestra que así no es como funciona.
—Calla, Enola...
Se aferró a mi cintura mientras su cara se escondía en mi cuello.
—No te dejaré ir, no dejaré que desaparezcas después de esta noche. Es demasiado tarde, Enola.
—¿Siempre eres así de apasionado? —murmuré, ruborizada—. Si es así, ¿por qué permaneces soltero?
Se tensó. Se quedó en silencio por algunos segundos, y luego volvió a mirarme.
—Porque cada vez que me muestro como soy, las mujeres quieren escapar abrumadas. ¿No me crees? Mírate, quieres escapar de mí. Te estoy gastando de tanta intensidad.
—No es eso, Boran... Me encanta —tragué el nudo—. Si te hubiera conocido en otro contexto, hubiera sido tan distinto.
—¿Por qué no puede ser distinto ahora? Olvídate del mundo, de la sociedad, y seamos felices.
Empezó a tirar del lazo del vestido que cubría mi cuerpo mientras besaba mi cuello. En un santiamén cambiamos de posición: él encima de mí y yo sobre la tibia arena, desnuda.
—Boran —murmuré, cerrando los ojos, sintiéndome aturdida por toda la pasión que se estaba desencadenando. Sentir la textura de sus labios depositando besos húmedos en mi cuello estaba convirtiéndose en mi perdición.
—No digas nada...
Se prendó de mis pechos, lamiéndolos y succionándolos. Intenté no pensar cuando hizo una pausa para desvestirse. Íbamos a hacer el amor en esta cálida arena. Me iba a tomar aquí y ahora, haciéndome olvidar de todo. En serio quería, deseaba olvidarme de todo y anhelar este momento.
Pero estaba hecha un manojo de nervios, con el corazón acelerado como si se tratara de la primera vez, ansiosa por probar esa sensación que estaba por convertirse en mi maldito vicio.
Me volvió a embestir con una estocada profunda, destrozando la poca calma que me quedaba. Primero lento, elevó una de mis piernas hacia su hombro y empezó a balancearse, penetrándome conforme besaba con cariño y ternura mis pies.
—Jamás me había sentido así, Enola... —dijo mientras se inclinaba más para besar mis labios—. Jamás. Por favor, no quiero que te vayas; ahora que puedo estar tan cerca de ti, me niego a dejarte ir.
#508 en Novela romántica
#221 en Chick lit
romance erótico drama, romance erotico dolor lagrimas, bebesecreto
Editado: 11.01.2026