Los trillizos de mi Sugar daddy

Embarazada

Enola

Lloré mientras Patricia acariciaba mi cabello mojado. No sabía por qué me sentía tan triste, estúpida y miserable. Tal vez era porque, en el fondo, quería quedarme con él, viviendo aquella experiencia tan agradable. Puedo asegurar que jamás fui tan feliz; nadie nunca me había hecho feliz.

En el transcurso de mi vida solo recibí golpes, humillaciones y menosprecio de parte de las personas, en especial de los hombres, y él fue tan amable, tan gentil, tan cariñoso.

—Soy una estúpida... Creí que... sería capaz de hacer esto, pero me acorbardé. Lo arruiné todo, Patricia.

—Tranquila... Tranquila, cariño...

—¿Ahora qué voy a hacer?

Intenté detener el llanto, mas no pude hacerlo porque los sollozos invadieron mi garganta.

—Intenta tranquilizarte... ¿Estás segura de que ese tipejo no te obligó? Dime la verdad, Enola.

Todavía no podía creer que Boran se había comportado como un caballero. Patricia creía que él había abusado de mí y que yo lo estaba encubriendo.

—No, Patricia, fui yo la que insistió —confesé—, pero después de que lo hice, me sentí como una mujerzuela. Tenías razón...

—¿Fue muy brusco contigo?

Negué con la cabeza.

—No —sonreí con ternura y nostalgia—, fue maravilloso, Patricia. Me sentí amada aun cuando no había amor de por medio.

—¿Entonces cuál es el problema? Dices que es soltero y que te dijo que no le importa a qué te dedicas... ¿Por qué huyes entonces?

—Porque tengo mucho miedo —respondí—. Miedo a enamorarme... Además, me avergüenza mucho recordar por qué me acosté con él. Por unos cuantos euros.

—Enola, tú te acostaste con él también porque lo deseabas y eso también es válido. Era una petición que hizo tu cuerpo porque ese hombre te gusta.

—Lo sé, pero... es complicado, jamás lo entenderías.

—Por favor, explícame, amiga. Quiero entenderte.

—Para una persona como yo, que vivió durante todo este tiempo con una persona como mi padre, es muy difícil espabilar y dejar atrás todos sus mandatos e ideologías. Es un ciclo de violencia que parecía interminable, Patricia. Por eso me sentí así aquella noche, porque eso era algo que a mi padre no le gustaría que hiciera. Porque toda causa tenía un efecto. Es como una maldita defensa; mi mente tiene grabadas todas las cosas que me hicieron y las detecta como algo que me asusta aun cuando no es así. Por eso me fui, porque escuchaba su voz, porque me dio mucho miedo. Y porque me sentí avergonzada al saber que jamás iba a tener un hombre como él, un esposo, porque nadie iba a aceptar a una prostituta.

—Eso no lo decides tú, Enola. Él quería quedarse, ¿entiendes? Habla con él y cuéntale lo que sucede.

—Él y yo hablamos, y solo me dijo que quería mi compañía —confesé con desilusión—. Es muy confuso porque la verdad es que no lo entiendo... Boran es intenso, apasionado... Por eso me siento tan hechizada por él.

—Firmé el contrato, Enola —confesó ella—. Escúchame, tienes que cumplir el contrato. Si no, tendrás que pagar.

No, tenía que haber una solución; nadie podía obligarme a hacer algo que yo no quería. La solución era pagar, entonces lo haría.

—No, me niego a hacerlo, me niego a venderme. Buscaré la manera de pagar.

—Me quedé con una copia; léela y verás que no estoy jugando, Enola. Este contrato es un contrato millonario y si fallas, tendrás que pagar.

—No me importa, Patricia, pagaré lo que sea. Yo no voy a ser la prostituta de nadie. ¿Me entendiste?

—Bien, buscaremos una solución, Enola —suspiró dudosa—. Si yo fuera tú, continuaría teniendo sexo con él. Al final te gusta —se encogió de hombros—. No todos los hombres van a provocarte lo que sentiste con ese hombre. Si no te mintió, si no te trató mal, no veo cuál es el problema, Enola. Pero puedo entenderte.

—Ay Patricia, quiero estar con él, deseo estar con él... ¿Crees que no quiero? Por supuesto que quiero. Pero... no así. Quiero tenerlo para mí, que no me vea como una prostituta barata. Que me vea como una mujer normal.

—¿Estás segura de que no está casado?

—Pues no tiene por qué mentir sobre aquello, nosotros no tenemos una relación seria. Así que supongo que está soltero.

Patricia frunció el ceño con desconfianza.

—Enola, ese hombre es un treintañero —rio—. De esos que te dejan en terapia. Algo malo debe tener: ¿millonario y soltero? No lo creo. Debe estar casado.

—¿Tú crees?

—Hagamos esto —propuso—: si él de verdad te quiere a su lado como dice, no le importará que te hayas prostituido y te va a elegir como su mujer. Si no lo hace sin una justificación, entonces hay gato encerrado.

Boran
Enola se fue; lo descubrí por la mañana cuando no la vi por ninguna parte. Sabía que no estaba preparada para esto, lo sabía. Como también sabía que algo malo estaba pasando en su vida para vender su cuerpo. Ella no parecía ser una mujer de esas.

Me dejó el anillo que le regalé junto a una carta escrita de su puño y letra.

Boran:

Me siento ridícula escribiendo esto... Sé que pensarás que soy intensa...

Pero solo quería decirte que nunca ningún hombre me trató de la manera en la cual me trataste tú. Me sentí especial, me sentí importante a tu lado.

No fuiste un error, fuiste un caballero que se preocupó de cada detalle para hacer que me sintiera especial.

Te quiero Boran, siento que te quiero tanto, desde el primer día.

Me sentía muy desilusionado; mi pecho dolía mucho porque aquella desconocida que anoche estuvo en mi cama se fue. Se marchó, dejándome desganado.

Creí que Enola había entendido, después de que la hice mía varias veces, que estábamos atados por una atracción química del cerebro. Cuando dos personas se sentían atraídas de esa manera, era totalmente inevitable poder alejarse.

Quise preguntarle, ayudarla, pero ella se marchó. No quería que ella lo hiciera; la quería a mi lado.

—¿Qué sucede? —preguntó Samir—. ¿Dónde está la chica?




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