Enola
Me llegó un correo para una entrevista de trabajo... No había estado tan feliz antes, aun si se trataba de recibir pedidos en McDonald's. Trabajar horas extras de pie no era precisamente lo que más le convenía a una mujer en sus primeros meses de embarazo; sin embargo, no tenía ninguna elección. Debía empezar a trabajar ya, porque era cuestión de tiempo para que empezara a necesitar dinero con urgencia. Se venían unos meses intensos.
—Dios mío, gracias... Ojalá que me den este trabajo —le supliqué al cielo—. Es lo último que queda. Si no es así, me veré en la obligación de hacer lo que no debo. No quiero hacer eso, y menos con mi bebé en mi vientre, no quiero...
Cerré la computadora y me recosté acurrucada en la colcha. El tiempo pasó y me quedé dormida. Horas después, escuché el timbre sonar; supuse que era Patricia, que se habría dejado las llaves, así que me levanté para abrirle rápido.
—¿Olvidaste tus llaves, Patri... cia? —dije tras abrir la puerta y ver de quién se trataba en realidad.
—¿Puedo pasar? —inquirió él, mientras sus ojos me repasaban con ansiedad—. Enola, necesito hablar contigo.
—Dios mío, Boran... —eso fue lo único que pude articular, estupefacta.
¿Cómo me había encontrado? ¿Ahora qué demonios iba a hacer? Pensé que, mientras no lo volviera a ver, estos sentimientos confusos desaparecerían, pero fue todo lo contrario; este encuentro bastó para demostrar que el sentimiento se estaba intensificando muy dentro de mi piel y muy hondo en mi pecho.
—Sé que me pediste que me mantuviera alejado... Pero no puedo dejarte ir después de lo que pasó entre nosotros.
Mi corazón saltó ilusionado por sus palabras; sin embargo, me dije a mí misma que esto no podía alargarse más. Al final, fue una sola noche de pasión con un desconocido... ¿Por qué era tan difícil olvidarlo? ¿Acaso no era suficiente con proponerle a mi cerebro que se olvidara de aquello?
—No puedo ser esa mujer, Boran... Yo no puedo ser una prostituta —confesé afectada. Mirarlo significaba recordar lo atrevida que fui al jugar con fuego—. No soy capaz.
—¿Por qué lo hiciste entonces? —cuestionó él—. Solo quiero saberlo para entenderte.
Lo dejé pasar, haciéndome a un lado. Él entró y luego me siguió hasta la pequeña sala de estar.
—Toma asiento —le indiqué—. Necesito hablar contigo.
—Yo igual.
Nos sentamos en el sofá; yo a su lado, pero lo suficientemente lejos para no cumplir la voluntad de lanzarme sobre él y besarlo. Había una necesidad latente en mi pecho; sin embargo, me prometí a mí misma no caer en la tentación.
—Enola —se movió para acercarse más a mí—. Dime qué hice mal, solo dilo y podemos remediarlo todo.
—No hiciste nada malo, Boran —contesté—. Al contrario, fuiste muy gentil y caballeroso. Pero... yo no quiero ser esa mujer que se prostituye.
—Entonces, ¿me dices que no quieres ser aquella mujer que entrega su cuerpo por dinero?
Asentí repetidamente esperando que lo hubiera entendido, se pusiera de pie y de una vez por todas se fuera. Sin embargo, eso no ocurrió.
—Entonces, cásate conmigo —me pidió de una manera inesperada, con esa forma apasionada que tanto me gustaba—. Porque no hay otra cosa que desee más que estar contigo.
¿Casarnos? ¿Acaso estaba loco? Ni siquiera nos conocíamos lo suficiente para que me pidiera eso. Sin embargo, no debió parecerme tan raro, porque esta era su naturaleza: la intensidad.
—Tú me dijiste aquella noche que ningún hombre te tomaría como esposa sabiendo lo que hiciste, pero yo te quiero demostrar que yo sí estoy dispuesto...
Me quedé en silencio, preguntándome si era buena idea casarme con él, aunque también pensaba que era una total locura. La confusión invadió mi cabeza. No podía darme la oportunidad de fracasar nuevamente; sin amor no podía existir un matrimonio. Un matrimonio motivado tan solo por querer tener noches de pasión no iba a tener ningún resultado positivo.
—Boran, hay algo que debo decirte —tragué saliva. No quería hacer esto pero no tenía otra opción, necesitba mucho apoyo, necesitaba ayuda.
Me miró, atentamente curioso e intrigado, esperando a que hablara y observando detenidamente mis labios... Y entonces pasó lo esperado: ese mismo cortocircuito de mis neuronas terminó con la poca cordura que me quedaba y mi lengua se paralizó dentro de mi boca.
—Necesito besarte una vez más —confesó él.
Y no pude más; me lancé a sus brazos y lo besé torpemente con una velocidad colosal. Debido a las ganas acumuladas, nuestros labios supieron cómo sincronizarse. Boran me atrajo hacia sí, como si estuviera protegiendo el tiempo de este momento, como si en el fondo tuviera miedo de que este encuentro terminara por un pequeño atisbo de cordura de mi parte. Pero yo estaba demasiado loca como para permitir que esto se detuviera. Yo lo deseaba más; una porción mucho más grande de deseo podía desaparecer cualquier rastro de cordura en mi cabeza.
Me dejé llevar por mi deseo de tenerlo entre mis piernas; solo podía pensar en lo que sentía por él, en ese cosquilleo en algún lugar íntimo.
—Enola... Mi hermosa Enola...
—Boran, no hagas esto más difícil, ¿sí? —le pedí a unos centímetros de sus labios, con la voz afectada por la agitación—. Solo me dices eso para tenerme en tu cama.
—No, Enola, eso no es así... Entiende que esto que estoy sintiendo es inesperado para mí —confesó—. Jamás había sido tan intenso con una mujer.
Pero algo hizo mucho ruido en mi cabeza. Recordé aquella vez que me dijo que todas las mujeres escapaban porque él era demasiado intenso, y ahora me decía que nunca había sentido esto. ¿Acaso me estaba mintiendo?
—Me estás mintiendo —afirmé—. ¿No dijiste que todas las mujeres se escapan de ti por lo intenso y espontáneo que eres?
Él se tensó. Esperé su respuesta, la cual nunca llegó de inmediato. Quería que se retractara, que me explicara que eso no era cierto, pero parecía demasiado tarde. ¿Qué otra mentira me habría dicho él?
#508 en Novela romántica
#221 en Chick lit
romance erótico drama, romance erotico dolor lagrimas, bebesecreto
Editado: 11.01.2026