Enola Martín
Boran me llevó de regreso al hotel donde se estaba hospedando, con la excusa de que me quería cerca. No me pareció algo fuera de lo común; sin embargo, cuando subimos al elevador, noté algo que me dejó desconcertada. El silencio que reinaba en el elevador me motivó a mirarlo buscando alguna respuesta, pero él no conectó con mi mirada porque se mostraba distraído. Quince minutos atrás recibió una llamada; no pude entender bien lo que decía, pero a juzgar por su cambio de humor, no era alguien de su agrado.
Lo que menos quería era entrometerme en su vida; sin embargo, me daba curiosidad saber qué estaba pasando. Cuando el elevador se abrió, caminamos lentamente por el pasillo y entonces él se animó a decir algo.
—Quiero que descanses, que te sientas cómoda —propuso—. Voy a tener que salir por motivos de trabajo.
—¿A esta hora? —Se suponía que eran las doce de la noche. Nadie trabajaba a esa hora—. ¿Qué sucede? ¿Pasa algo malo? —pregunté, inquisitiva—. Puedes decírmelo.
Vaciló. Por un momento pensé que no me iba a contestar, o que me iba a decir qué le afligía, pero solo me dijo:
—Todo está bien —concluyó tocando mi mejilla, dejándome un sentimiento de duda navegando en mi pecho.
Asentí, y solo continuamos caminando por el largo pasillo. Todo lo que había aquí era lujo; me sentí totalmente pequeña y fuera de lugar con tanta majestuosidad. Nunca creí, ni en mis sueños más coloridos, que alguna vez mis pies iban a pisar esto. Tenía la rara impresión de que aquella alfombra era más valiosa que las botas desgastadas que calzaban mis pies.
Miré la puerta de la suite y en ella vislumbré a aquellos dos hombres de pie en frente. Nunca creí que esto iba a pasar: él colocó dos guardias de seguridad junto a las puertas de la suite presidencial. Me quedé paralizada, en shock cuando los vi, y mis instintos primitivos —o tal vez mi intuición— me hicieron replantearme si verdaderamente esto era lo correcto: estar aquí con un hombre que realmente no conocía bien.
—¿Qué está pasando? —pregunté, deteniendo el paso—. ¿Todo esto es necesario?
Pero él se mostró despreocupado, como si eso fuese de lo más normal. Yo no estaba acostumbrada; era demasiado asfixiante la idea de tener a dos de esos hombres persiguiéndome y, peor aún, imaginaba que yo tendría que dar razones y explicaciones si quería salir un momento.
—Es por precaución, Enola —contestó, queriendo parecer despreocupado—. No te preocupes, ni siquiera notarás que ellos están ahí.
Pero esto no me parecía correcto. Empecé a sentir aquella sensación semejante a la que padecí muchas veces en casa de mis padres, cuando empezaban a controlar hasta el aire que respiraba.
—¿Tú me quieres encerrada? Dime la verdad... ¿Es porque crees que te dejaré?
—No, claro que no, habibti —contestó acariciando mi mejilla—. Es solo un protocolo. Siempre lo he tenido.
—Quiero llamar a Patricia —le pedí, apartándome incómoda de su toque—. Boran, no quiero que se preocupe por mí si no me ve.
—No te preocupes, en cuanto ingresemos voy a darte un celular —volvió a tomar mi mano, lo cual me aceleró el corazón—. Te compraré lo que desees. Solo dime qué deseas.
—¿Podrías llevarme a esta dirección? —Le mostré la hoja y él la miró con atención, leyéndola rápidamente.
—¿Y qué harás allá? —inquirió—. ¿Quieres una hamburguesa? —sonrió con ternura—. ¿Tienes esos antojos de embarazo?
Negué.
—No, es solo por trabajo... Me escribieron un correo, debo estar allí por la mañana temprano.
—¿Vas a trabajar embarazada? Por supuesto que no te dejaré hacerlo, Enola.
—Tampoco te pedí permiso —resoplé. Puse mis manos en su pecho para alejarlo de mí, para mostrar firmeza; sin embargo, continuaba mostrando una expresión suave en mi rostro para que entendiera que no estaba molesta—. Agradezco tu preocupación, pero el trabajo es mi cable a tierra. No busco el dinero por el lujo, Boran, sino por la autonomía que me da. Necesito saber que, si alguna vez decido marcharme de un lugar, tengo los medios para hacerlo por mi cuenta. Mi libertad empieza por mi capacidad de trabajar.
—Solo quiero cuidar que todo vaya bien con el bebé... Además, yo jamás te dejaré ir. ¿Me escuchaste? —declaró con ternura—. Ese no es un trabajo para una mujer embarazada.
Por desgracia, no todos contábamos con una fortuna como él, la cual le abría las puertas a grandes cosas, grandes trabajos con pequeño esfuerzo y sueldos jugosos. Yo era pobre, no contaba con las mismas oportunidades. Ni siquiera tenía claro si iba a poder terminar la universidad. Pero él podría ser todo cuanto quería.
—Pues eso es lo único que está disponible... Quería trabajar de secretaria, pero no tengo ninguna experiencia laboral.
Me encogí de hombros y él pareció entenderlo. Me guio hasta la suite, entramos y Boran me ayudó con mi abrigo. Siempre tan caballeroso y atento a los detalles.
Cuando Boran abrió las puertas dobles de caoba, el aire me abandonó los pulmones. No era una habitación de hotel; era un palacio suspendido en el cielo de Abu Dabi. El espacio era tan vasto que sentí un vértigo inmediato, una necesidad instintiva de retroceder hacia la seguridad del pasillo.
Mis pies, todavía calzados en aquellas botas que habían recorrido kilómetros de asfalto y polvo, se hundieron en una alfombra de lana y seda tejida a mano. Era de un color crema tan inmaculado que ver la marca de mis pasos sobre ella me hizo sentir como si estuviera cometiendo un sacrilegio. El aroma del lugar me golpeó de inmediato: una mezcla embriagadora de oud real, azafrán y el frescor artificial de un sistema de climatización que mantenía el desierto a raya.
El salón principal estaba rodeado de ventanales curvos que iban del suelo al techo. A través de ellos, la ciudad se desplegaba como un tapiz de luces eléctricas y rascacielos imposibles, con el Golfo Pérsico brillando en un azul profundo bajo la luna. El techo, de una altura que desafiaba la lógica, estaba adornado con láminas de oro de veinticuatro quilates que reflejaban la luz de una lámpara de araña de cristal de Swarovski. Cada vez que el aire se movía, miles de prismas de luz bailaban sobre las paredes de mármol de Carrara.
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Editado: 11.01.2026