Narra Enola
Desperté sin ganas de levantarme temprano; quería quedarme en cama por todo el resto de mi embarazo. Mis piernas se debilitaron cuando intenté ponerme de pie por obligación y las náuseas matinales se hicieron presentes, revolviendo el interior de mi estómago.
Me metí a la ducha y el agua caliente terminó de despertar mi ánimo apático.
—¿Cómo demonios lo haré? —me pregunté a mí misma.
Esto solo era el inicio de mi embarazo; ni siquiera podía saber si luego iban a llegar las complicaciones. Estaba aterrada de que todo se volviera en mi contra cuando todo dependía de mí. Cerré los ojos y suspiré recordando a Boran. ¿Dónde había estado? Se estaba tardando demasiado en llegar...
Entonces sentí que había alguien más en la ducha. Me volteé y lo miré: era él, desnudo, con intenciones de unirse a mí. Me puse nerviosa; todavía no podía acostumbrarme a aquella mirada tan penetrante repasando cada centímetro de mi cuerpo desnudo.
—Hola, linda —pronunció—. ¿Por qué tan temprano despierta?
Intenté no mirar su cuerpo, intenté no bajar la vista; sin embargo, fue inevitable hacerlo y aquella sensación hizo acto de presencia. Era el deseo de repetir lo que ocurrió la noche anterior.
—Debo... irme. ¿Recuerdas?
—Yo no quiero que te vayas, linda —pronunció mientras caminaba lentamente en mi dirección.
Y, como si se tratara de alguna invasión sin mi consentimiento, empecé a retroceder, nerviosa, hasta que de un momento a otro mi espalda se estrelló contra la pared del baño. Entonces él me atrapó.
—¿Por qué corres?
—Es que... no quiero llegar tarde.
Sonrió. Esa excusa era ridícula y era evidente que yo estaba aterrada.
—No voy a hacerte daño, Enola... Lo sabes, ¿verdad? —acarició mi cabello mojado—. Solo hay una cosa que quiero...
—¿Qué es?
Mi cuerpo tembló cuando, de repente, me atrajo hacia él y se acercó para devorar mis labios.
—A ti, toda.
Me tomó en brazos mientras me besaba; abrió la ducha para envolvernos en el calor que emanaba del agua. No había otra cosa que quisiera hacer este día más que quedarme dentro de esta habitación con él, matando el tiempo, pero si lo hacía estaba segura de que el tiempo iba a matarme a mí.
—Necesito irme, Boran —avisé contra sus labios, aturdida y anonadada por aquellas caricias.
No sabía qué demonios pasaba, pero lo sentía todo a flor de piel. Sus toques eran más placenteros y me urgía tenerlo nuevamente entre mis piernas. Era como si tuviera aquella necesidad latiendo en esa zona.
—No puedo llegar tarde...
—Todavía nos queda tiempo —replicó él, dándole prioridad a nuestros deseos—. Vamos, solo es una entrevista de trabajo. Es temprano.
Su lengua entró en mi boca y sentí cómo mi cerebro colapsó. Tras eso, mi cuerpo empezó a estremecerse de una manera desconocida, con aquel cosquilleo placentero recorriéndome por completo, especialmente en aquella piel tan sensible.
—Oh, Boran... —pronuncié en un murmullo, extasiada—. Qué haré contigo... Debes respetar mis tiempos.
—Lo hago, cariño —afirmó con seguridad—. Eres tú quien no deja de hablar, y lo que vamos a hacer ahora no lo amerita.
Mis piernas se enredaron en su cintura mientras su miembro, duro, se posicionaba en mi entrada. Él entró en mí con suavidad, expandiendo mis músculos internos y provocándome una pequeña muerte placentera. Fruncí el ceño e inhalé y exhalé levemente, reprimiéndome para no gritar ante lo delicioso que se sentía.
Él me miró atentamente, con una pasión desenfrenada, y empezó a moverse dentro de mí una y otra vez, incrementando toda sensación de placer.
—Llévame a la cama —le supliqué conforme me embestía—. Por favor...
Me aferré a sus brazos. Temblé una y otra vez y él se aferró a mi cuerpo, asegurándome para que no resbalara. Nuestras respiraciones juntas se convirtieron en un caos y el sonido de su cuerpo estrellándose con el mío, ligado a nuestros gemidos, era lo único que se podía escuchar en aquella habitación.
—No... quiero quedarme aquí.
Él se mordió el labio y aumentó el movimiento, enloqueciéndome, haciéndome chillar una que otra maldición sobre lo mucho que me gustaba que se moviera así. Nunca imaginé que me iba a sentir de esta forma; todavía no retiraba lo dicho: esto era lo más maravilloso que pude haber experimentado y, cada vez que lo repetíamos, la sensación era más satisfactoria. Esa bomba de placer recorriendo mi cuerpo destrozaba cada rastro de mi cordura. Creía que iba a romperme en dos con su tamaño pero, demonios, no me importaba... Deseaba que me rompiera si eso significaba explotar tan deliciosamente de placer.
—Tú no vas a ningún lugar —gruñó contra la piel sensible de mi cuello—. Hoy el mundo puede esperar, pero yo no.
Su tono posesivo me enganchaba más, motivando en una magnitud grandiosa el cosquilleo conforme su miembro aceleraba su movimiento. Y no era solo el placer, sino aquel dolor excitante. Sentía cada fibra de mi ser ceder ante su invasión; era un dolor exquisito que se transformaba en descargas eléctricas cada vez que él encontraba ese punto exacto que me hacía perder el nombre.
El vapor llenaba el espacio, asfixiándome en una neblina de deseo, y lo único real era la firmeza de sus manos sosteniéndome para que no me hundiera. Mientras me embestía contra la pared, se perdió en mi cuello dejando algunas marcas que ignoré, reclamándome como suya. No era delicado, sino brusco; su agarre era tan urgente que se dejaba controlar por la desesperación.
El sonido del agua golpeaba el suelo, y eso fue lo único que no pude ignorar. Sentí que el tiempo se detenía, ignorando el sonido de las agujas del reloj colgado en la pared. Todo dejó de existir, todo dejó de tener sentido; solo quería decirle lo delicioso que se sentía, como si mi boca no lo hubiera repetido ya tantas veces. Una estocada tras otra, con la humedad facilitando el roce.
Entonces colapsé contra su cuello cuando, con fuerza, mis entrañas se contrayeron de tanto gozo. Chillé con aquella última estocada que me demostró que él también había terminado con un jadeo ronco.