Los trillizos de mi Sugar daddy

Uno, dos y tres

Narra Enola

—Aceptas mis disculpas, habitti?

Pensé antes de responder porque todavía estaba muy enojada. Boran deseaba mantenerme enjaulada en una bola de cristal y eso no me agradaba. No me sentía segura sin un empleo, sin una fuente de ingresos que me permitiera mantener mi independencia. Necesitaba un balance.

—Solo con la condición de que no vuelvas a pedirme que deje mi empleo —le contesté en tono de advertencia.

En lugar de molestarse, sonrió. Eso era lo que más me gustaba de él; aunque a veces solía ser intenso y un poco controlador, terminaba respetando mis decisiones.

—Sabes que me preocupo por ustedes, no me veas como al villano, ¿sí? —me dio un beso rápido.

Con tan solo aquella caricia, las mejillas se me encendieron y las piernas se me volvieron gelatina.

—Bésame más —le pedí, a pocos centímetros de sus labios tibios—. Te extraño, mi amor.

—Enola —acarició mi barbilla—. Mi preciosa princesa. No puedo esperar para hacerte mi esposa.

Me faltaba el aire y las cosquillas en mi estómago se sentían cómodas. Él se estaba ganando a pulso mi corazón.

—Oh, Boran —dije enternecida—. Te estoy queriendo tanto.

Nos besamos con fuerza y las cosas empezaron a intensificarse. Rozó su nariz con la mía una vez que nos separamos un poco.

—Debo ir con la ginecóloga... Quiero saber si todo va bien con el bebé.

Me giré de espaldas hacia él para repasar mi figura en el espejo, notando un bulto repentino en mi vientre. Fruncí el ceño, confundida.

—Ya está creciendo —dijo él—. Cada día estás más hermosa, Enola... tus ojos tienen un brillo que me enamora.

Eso me iluminó el rostro; estaba feliz. Me alegraba que mi hijo tuviera a su padre presente y que fuera precisamente él. Desde que lo supo, me estaba cuidando muchísimo.

—Te quiero tanto —pronuncié al volver a sus brazos—. Nunca dejes de ser intenso conmigo, Boran... me encanta que seas así.

—No planeaba dejar de serlo. Cásate conmigo, Enola. ¿Quieres? Te prometo que no te vas a arrepentir. Solo tienes que firmar ese papel, no habrá ninguna diferencia. ¿Quieres ir hoy a la cita? Te llevaré yo mismo... así vamos a poder ver las consecuencias de lo que hicimos —bromeó y yo reí.

—Boran, ya...

—No puedo olvidarme de aquella noche, Enola. Cada vez que lo recuerdo me dan ganas de repetirlo.

—Pues esta vez no va a pasar —le dije mientras me separaba—. No tenemos tiempo.

—Vamos, cariño, no va a tomar más de quince minutos, lo prometo.

No fueron quince minutos; nos tomó una hora. Éramos insaciables. No comprendía por qué me sentía tan excitada; era extraño arder así con caricias que empezaron siendo superficiales. Tal vez eran las hormonas del embarazo.

—Dijiste que no nos demoraríamos más de quince minutos, amor, pero ya pasó una hora.

—Perdóname —dijo él, acurrucado en la cama. Bostezó, lo que me indicó que estaba a punto de quedarse dormido. Siempre que hacíamos el amor terminaba así, pero no lo iba a permitir. Una promesa era una promesa.

—No te duermas, Boran... debemos irnos —lo golpeé suavemente con la almohada—. Te dije que nos fuéramos antes de hacer el amor; ahora no me salgas con que tienes sueño.

—Solo dame cinco minutos, amor, te lo pido —me suplicó con voz débil—. Por favor, mi vida.

—Ni un minuto más. Si no te levantas, me iré sola —amenacé, aunque sabía que él jamás lo permitiría. Me puse de pie y empecé a vestirme a toda prisa, sintiendo todavía el calor en la piel—. El bebé no va a esperar a que su padre termine su siesta.

Mencionar al bebé fue el interruptor mágico. Boran abrió un ojo, soltó un gruñido entre queja y risa, y se incorporó de un salto.

—Está bien, tú ganas. Nadie puede decir que no soy un hombre de palabra... aunque mi palabra dure una hora más de lo previsto —bromeó mientras buscaba su camisa.

Boran me llevó a una clínica en el centro. El olor aséptico se coló por mis fosas nasales en cuanto cruzamos las puertas. Él me tomó de la mano con fuerza.

—Estoy muy nervioso —confesó en la sala de espera.

—Yo igual —le respondí—. Solo quiero que todo salga bien.

Después de un rato nos llamaron. La ginecóloga me hizo algunas preguntas de rutina y luego me preparé para la sonografía transvaginal con la pequeña bata que me ofrecieron. Me recosté en la camilla y Boran tomó mi mano. Intenté centrarme en sus ojos cuando la doctora comenzó el procedimiento.

—¿Todo está bien? —inquirió él, rompiendo el silencio mientras observaba a la doctora teclear en la computadora.

—No se preocupe —ella sonrió amablemente—. El útero está muy expandido —opinó, entrecerrando los ojos para ver mejor la pantalla.

—Sí —afirmé—. Esta mañana desperté más inflamada de lo normal.

Estaba preocupada; si en el trabajo se enteraban de mi estado, me despedirían. Esto no se iba a poder ocultar por mucho tiempo.

—Pero, ¿eso es normal, doctora?

—Claro que sí. Es totalmente normal y no presenta ningún riesgo para los trillizos.

—¡¿Trillizos?! —gritamos al unísono. Sentí que me iba a dar un paro cardíaco ante la noticia.

De repente, el sonido del corazón de un bebé empezó a inundar la habitación, luego el segundo, y luego el tercero. Tres corazones latiendo en una tierna sinfonía. No tenía palabras para describir lo que sentí en el pecho. Eran mis bebés. Nuestros bebés.

—Sí, son tres —la doctora giró la pantalla—. Aquí hay tres sacos gestacionales reclamando su espacio. Es por eso que despertaste tan inflamada.

—Dios mío...

—¿Son tres? —inquirió Boran, aflojando el agarre de mi mano y sonriendo con una alegría desbordante—. No lo puedo creer, Enola. ¡Tremendo semental soy!

Lo miré saliendo de mi trance, entre feliz, horrorizada y divertida. Aunque sentía un amor intenso, estaba aterrada; criar a tres hijos sería un reto monumental.

—¡Boran! —lo reprendí con una sonrisa incómoda—. Este no es el momento.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.