Los trillizos de mi Sugar daddy

Todo un espía protector

Enola Martín sentía unas ganas irreprimibles de vomitar con tan solo mirar aquel aceite hirviendo frente a ella. Hizo un esfuerzo sobrehumano por contenerse, recordando las severas advertencias de la mujer a cargo. Sabía perfectamente que, si descubrían su embarazo, perdería su empleo de inmediato; la sola idea la dejaba completamente aterrada.

En ese momento, Erik se le acercó con la intención de hablar. La saludó sin detener ni un segundo su trabajo, moviéndose con una rapidez asombrosa. Sus manos se desplazaban con la precisión de una máquina humana; era evidente que poseía una vasta experiencia en la cocina.

—¿Estás bien? —preguntó él, sin desviar la vista de sus tareas.

Enola no lograba comprender por qué Erik mostraba tanto interés en ella, ni por qué demonios estaba tan al pendiente de cada uno de sus movimientos.

—¿Por qué lo preguntas? —inquirió ella, manteniendo la mirada fija en el burbujeo del aceite.

—Porque estás verde y pálida —contestó él. De pronto, Erik se detuvo y la miró directamente a los ojos—. ¿Estás embarazada?

El pánico se apoderó de Enola al instante. Miró con recelo hacia ambos lados, asegurándose de que nadie en la cocina los hubiera escuchado. Tuvo que reunir una voluntad inmensa desde lo más profundo de su ser para no flaquear y ordenarle que guardara silencio.

—No, no estoy... embarazada —negó ella en un murmullo pequeño y casi imperceptible.

Mientras hablaba, notó que Amanda los observaba con una curiosidad evidente. Había algo extraño en su mirada que Enola no alcanzó a descifrar, pues Erik volvió a hablar, incrementando sus temores.

—No me mientas —dijo él con una sonrisa maliciosa—. Estás embarazada de ese hombre. Sonia no ha dejado de hablar de él.

Al escuchar el nombre de la mujer que podría ponerla "de patitas en la calle" si se enteraba de su situación, el pulso de Enola se aceleró drásticamente. Entre el calor sofocante, las náuseas del embarazo y la ansiedad, el ambiente se le hacía insoportable.

—¿Qué fue lo que les dijo? —cuestionó ella, sintiéndose aturdida.

—Nada —respondió Erik, soltando una carcajada—. Es solo una broma, cariño. Mira cómo te pones, Enola. Es una broma para alivianar toda la tensión de este lugar.

—Pues no es gracioso, Erik —le recriminó ella, dándole un golpecito en el hombro para disimular su nerviosismo—. ¿Qué fue lo que dijo Sonia de mí?

—Nada. Solo estaba hablando Amanda de un misterioso hombre que te vino a recoger anoche. ¿Puedes decirme quién era? Te juro que no se lo voy a decir a nadie.

—Bueno... ¿por qué tanto interés? —contestó ella tratando de sonar indiferente—. Es solo... un amigo. Es todo.

—¿Y los amigos se besan? —murmuró él en modo de broma—. Claramente no son amigos del todo.

Enola frunció el ceño, sintiéndose invadida.

—¿Eres gay? —preguntó de forma directa.

—¿Gay, yo?

—¿Te hice sentir incómodo? —Enola se quedó seria mirándolo. No le parecía nada gracioso que su vida fuera material de cotilleo, jamás—. Pues no sé por qué lo preguntas. Es que te interesa mucho el chisme... Los verdaderos hombres no son chismosos. Debes hacer un balance entre tu energía, no quieras dar una impresión que no es.

Sonia entró a la cocina a supervisar a los empleados con una segunda intención de molestar a Enola. Desde que la vio con ese hombre apuesto, un sentimiento vil creció en su mente. No podía soportar la idea de que esa insignificante mujer tuviera la atención de hombres ricos y ella no. Ella era una mujer rondando por los treinta y cinco años; se sentía desplazada por Enola, quien apenas estaba empezando a vivir. No se podía creer que una chica así, trabajando de cocinera, tuviera la atención de él.

—¡Ya dejen de hablar! —ordenó. Erik se alejó de Enola sin decir absolutamente nada—. ¡A trabajar!

Enola se puso muy nerviosa tras ver aquella severidad de esa mujer y luego observó al muchacho, que no parecía ser una amenaza. Sonia observó primero a todos haciendo su trabajo para no levantar ninguna sospecha, pues si le decía algo a Enola primero, los demás iban a malinterpretar las cosas y se pondría en evidencia.

Cuando por fin llegó al puesto de Enola, se quedó observando para encontrar un defecto, buscando la gran oportunidad para lanzar veneno, y lo encontró. Debido al malestar que estaba sintiendo, Enola no podía centrarse en lo que estaba cocinando; la carne se sobrecoció y el aceite se quemó. Esa fue la excusa exacta para llamar la atención.

—Creí que sabías cocinar —dijo de una manera calmada—, pero ya veo que no se te da bien. Si no sabes hacer tu trabajo, déjalo vacante.

—Lo siento —se disculpó Enola de una manera pacífica. El sudor empezó a molestar en su espalda y sintió una debilidad en sus piernas terrorífica—. Es que no me siento bien.

—¡Martín! ¡Si no puedes con el ritmo de esta cocina, lárgate ahora mismo! —bramó Sonia, acercándose tanto que Enola pudo oler el café amargo en su aliento—. Estás lenta, distraída... ¿O es que crees que por tener "amiguitos" con autos caros tienes privilegios aquí? Aquí no eres nadie.

Enola se aferró a la espátula, sintiéndose totalmente avergonzada. Esto era demasiado difícil: trabajar así, con la presión de aquella mujer malvada, malhumorada y escandalosa.

—Usted no puede decirme que me vaya, yo necesito este trabajo.

—No te hagas la santa, que todos aquí sabemos que verdaderamente no lo necesitas.

—¿A qué se refiere?

Todos las miraban fijamente, intentando deducir lo que fuera que estuviera pasando. Apenas Enola tenía un solo día trabajando y ya había llamado la atención de todos. Sin duda había nacido para destacar.

—De día la santa y de noche la zorra —murmuró Sonia. El corazón de Enola palpitó fuerte—. ¿No es así?

—¿Por qué me dice esas cosas?

—No te las quieras dar de ingenua... Este trabajo no es muy formal que digamos, pero la administración no permite la prostitución en nuestros establecimientos.




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