Los trillizos de mi Sugar daddy

El plan de Amira

Amira sospechaba que Boran Sabanci tenía una aventura.

A decir verdad, siempre lo presintió; sin embargo, estaba segura de que en ese momento le atinó. ¿Cómo sabría quién era aquella mujer que había robado el corazón de su esposo?

Boran ni siquiera la llamaba y no respondía sus llamadas. Siempre tenía el móvil apagado cuando, en el pasado, durante sus años sabáticos, siempre se mantenían en comunicación. Siempre. Aun cuando sabía que ese matrimonio era una farsa, él siempre la trataba bien y era detallista, incluso en la distancia. Pero esas atenciones se quedaron en el olvido, y por ello ella se tomó el atrevimiento de romper aquel acuerdo tácito.

Sabanci no era el hombre que ella quería. Sin embargo, serle infiel era un insulto a su honor; por esa misma razón, ella se adelantaba a los acontecimientos y le era infiel con múltiples hombres. Era divertido celar a Boran, restregarle en la cara que tenía una amante mientras ella se burlaba de él, revolcándose con otros descaradamente. Era su venganza por aceptar ese matrimonio. Ella quería viajar, estudiar, pero su suegro tuvo que meter las narices en su vida. Pobre Amira Abdullah.

La casaron con un hombre al que ella jamás amó y le destrozaron la vida y sus planes. Perdió todo: al hombre que amaba y las oportunidades de ser una buena arquitecta profesional. Ni siquiera se le permitía trabajar... ¿Para qué? Si todo estaba a su alcance, menos la libertad.

—No puedo creer que estés aquí, Amira —dijo el hombre con quien compartía algo más grande que las caricias—. Jamás pensé que podrías escapar del yugo de tu marido.

—No escapé —confesó de una manera juguetona—. Boran está aquí, por eso mi suegro me dio luz verde para llegar hasta él —acarició las mejillas de ese apuesto hombre—. Supongo que tu esposa ignora el hecho de que estés conmigo.

—Mi esposa murió, Amira —confesó—. No te lo había dicho porque perdieron la comunicación.

Zaid Osmanoglu era el amor verdadero y prohibido de Amira. Un amor adolescente con el cual ella había planeado una vida de ensueño; sin embargo, todo eso solo formaba parte de una ilusión truncada por los intereses de las familias poderosas.

—Lo siento, no lo sabía —se disculpó—. Es que hace tanto tiempo que no nos vemos. ¿Cinco años?

—No te preocupes. Al menos ya estamos donde deberíamos estar.

—Pero no por mucho tiempo... Sospecho que Boran me va a enviar nuevamente a Mardin. El lugar de esa maldita tribu que debería estar obsoleta. ¡Los detesto!

—Escapa conmigo —le propuso él, estrechándola contra su pecho—. No soy rico como tu esposo, pero no te faltará nada.

Amira guardó silencio, observando el techo de la habitación de hotel. La propuesta de Zaid era la salida de emergencia que siempre había soñado, pero ahora el panorama era más complejo.

—¿Crees que mi padre me dejará ir? Él me buscará y me matará por manchar su honor. Incluso si descubren que me he acostado contigo, no dudarían en aplicarme sus leyes arcaicas.

—¿Entonces qué planes tienes? ¿Te quedarás ahí... siendo totalmente infeliz?

—Hay cosas que ambiciono demasiado... Sin embargo, no me quiero precipitar. Boran está distraído, algo o alguien lo tiene fuera de combate, y esa es mi oportunidad para mover mis fichas.

—¿Estás dispuesta a dejar esa vida de opulencia para vivir como una persona normal? Pronto serás la esposa del jefe, la mujer con más poder en el clan.

—¿La esposa o la esclava? ¿Vida de opulencia o vida de esclavitud? —Amira se puso en pie, cubriéndose con una bata de seda—. Prefiero tener mi libertad para empezar. Pero no me iré con las manos vacías, Zaid. Si ellos me robaron mi carrera y mi futuro, yo les robaré lo que más les duele.

Amira miró por la ventana hacia las luces de la ciudad. Sabía que Boran andaba cerca, quizás en los brazos de otra, sin sospechar que ella ya no era la pieza dócil del tablero. La guerra de los Sabanci estaba a punto de volverse personal, y Amira no pensaba ser la víctima esta vez.

Esperaba a que Boran cometiera un grave error y violara el convenio para que su familia se encargara del resto. Quería verlo muerto; esa era la única manera de librarse de él.

Pensó qué podría hacer Boran si verdaderamente se enamoraba por primera vez. ¿Acaso iba a desposar a otra mujer manchando el honor de la familia Abdullah? Por supuesto que no, esto no estaba permitido. Jamás. Era como manchar el honor; su honor era el honor de su padre y de sus hermanos. Por supuesto que parecía ser inconcebible ante los ojos de su familia, pero ella lo veía más como una oportunidad para liberarse. Pobre Boran.

(...)

Narra Boran Sabanci

—Malas noticias —dijo la voz carismática del abogado Hassam por el auricular—, el dueño dice que no va a vender. Solo con condiciones.

—¿Y cuáles son sus condiciones? —pregunté con curiosidad. ¿Cómo se atrevía a hablar de condiciones con aquel historial delictivo?

—Quiere vender todas las franquicias, si no, no hay trato, Boran. Y quiere el doble.

—No es un problema —dije, intentando ver todas las ventajas. Por Enola haría lo que fuera necesario. Era capaz de ponerle el mundo entero y, si este era el comienzo, entonces no me iba a cohibir.

—Bien, hablaré con él...

—Espero que no nos salga con sorpresas.

Colgué el teléfono; luego aproveché para revisar los documentos que había traído mi secretaria en la mañana. Eran proyectos que debía planear y, para ello, debía hacer una junta con los demás arquitectos.

Pero no tan rápido, porque alguien interrumpió mis deberes; alguien a quien nunca pensé que iba a ver: mi padre, el príncipe Zahir. Él cerró la puerta y se aproximó lentamente apoyándose de su bastón.

—Boran, qué alegría verte... —dijo en un tono irónico; sin embargo, ni siquiera aquello me hizo parpadear. Su presencia me dejó helado—. Creo que no puedes decir lo mismo.

Dijo aquello cuando notó que me quedé paralizado, sin palabras. Esto no podía ser cierto.




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