Los trillizos de mi Sugar daddy

La desesperación del jeque

Patricia se sentó a mi lado. Me confesó que había decidido tomarse el día libre; necesitaba descansar de los hombres con los que intimaba. Mientras me relataba lo sucedido, las lágrimas empezaron a correr por su rostro. Fue un relato desgarrador, una experiencia totalmente traumática.

—Fue horrible, Enola —me dijo con la voz quebrada—. Dejé que ese hombre me golpeara tan solo por unos cuantos dólares más.

Se lamentaba con un remordimiento que le partía el alma. Mientras la escuchaba, no pude evitar proyectarme en su lugar; Patricia poseía una fortaleza que yo no estaba segura de tener. Deseaba ayudarla, quería verla feliz, pero mi realidad era tan precaria como la suya: no tenía dinero que ofrecer, solo mi apoyo moral e incondicional.

—¿Sabes por qué lo permití? Porque se me terminó el dinero para costear las terapias de Patrick.

—¿Por qué no me dijiste nada? Hubiéramos buscado una solución. Tengo algo de dinero, a veces me dan propinas...

—No, Enola. No puedo aceptarlo, y menos ahora que vas a tener tres hijos. ¿Tienes idea de lo difícil que es criar a tres? No te lo imaginas.

—Desearía poder hacer algo por ti —insistí. De pronto, recordé el anillo que me había regalado Boran—. Patricia, este anillo... el diamante es valioso. Puede ayudarte.

Ella sonrió con una ternura triste y negó con la cabeza, rodeando mi mano con la suya. El gesto no me tranquilizó; no me importaba desprenderme de esa joya si eso significaba que ella pudiera abandonar esa vida, aunque fuera por un tiempo.

—No, cariño, ¿cómo crees? Eso es tuyo. No te preocupes por mí, además, tengo noticias —confesó—. Hay un hombre interesado en mí; quiere ser mi sugar daddy.

Quise protestar, pero ella se mantuvo firme en su negativa.

—Guarda eso para ti y para tus hijos, Enola. Para una emergencia. Ese trabajo que tienes no es para ti, y la verdad es que no podemos confiar en ningún hombre.

Sus palabras me hicieron pensar en Boran. ¿De verdad quería casarse conmigo? ¿Era una intención real o solo la excitación de un momento impulsivo? No podía confiar en él, ni en nadie. Solo podía confiar en mí misma, porque todos los hombres terminaban fallando tarde o temprano. Era la lección que mi madre me había repetido como un mantra durante años, una narrativa forjada entre maltratos psicológicos y físicos. Y no eran teorías: lo que había vivido en carne propia con el comportamiento de mi padre era la prueba irrefutable.

Los hombres no eran buenos; era una lección que la vida me demostraba cada día. Se aprovechaban de nosotras incluso cuando carecían de poder, saliendo siempre impunes de sus fechorías bajo el manto protector de una sociedad que los justificaba. No importaba la cuna, el color de la piel o la edad; fuera rica o pobre, niña o mujer, en este mundo siempre teníamos las de perder.

—Estoy asustada, Paty —le confesé al fin—. Esa mujer me da miedo. Siento que me va a despedir en cualquier momento y no sé si encontraré otro lugar.

—Esa mujer es una desgraciada —sentenció ella tras escuchar los detalles del trato que recibía—. No tiene derecho a tratarte así.

—Necesito otro empleo —añadí con la desesperación latiendo silenciosamente en mi pecho—. Tengo que encontrar algo antes de que el embarazo sea evidente.

—Lo encontrarás, cielo. Y si no, tendrás que aceptar el dinero de tu hombre. No te sientas culpable; déjate querer. Y si todo falla, me tienes a mí. Ven a vivir conmigo, no te faltará nada.

—No, Paty, tú ya tienes suficientes problemas. No puedo cargarte con los míos. Necesito ser una adulta funcional, planear cómo salir adelante por mi cuenta. Tengo sueños, pero me faltan oportunidades. Quiero ser arquitecta y siento que estoy perdiendo el tiempo por mis malas decisiones.

—Hiciste lo que tenías que hacer en el momento en que debías hacerlo —me consoló ella.

A pesar de sus palabras, un mal presentimiento me recorría la espalda. No sabía si era ansiedad, delirio o mi intuición avisándome de una catástrofe inminente. Mi vida nunca había sido tranquila, pero esta parsimonia extraña me resultaba asfixiante.

—No te preocupes, Enola. Debes estar tranquila, por los bebés —me indicó con una sonrisa alegre—. Todavía no supero la sorpresa de que sean tres.

—Estoy feliz, los amo —murmuré con timidez—. Escuchar sus corazones, ver esas diminutas figuras en la pantalla... jamás había sentido tanta ternura. Son tan pequeñitos, parecen frijolitos.

—Debes cuidarte mucho. Tres vidas creciendo dentro de ti no son algo ligero. Descansa, Enola. Por favor, hazme caso.

La vibración de mi teléfono me sacó de mis pensamientos. Lo saqué de mi pequeño bolso y miré la pantalla: era él, Boran. Mi corazón se aceleró con una fuerza que me asustó.

—Hola, preciosa —dijo. Su voz masculina y profunda hizo eco en mi oído, provocando que me ruborizara al instante.

—Hola —murmuré. Mi tono de voz se volvió suave de forma inconsciente; era extraño, pero cuando él me hablaba, mis emociones brotaban de manera espontánea, nada en mí se sentía mecánico.

—No te vi al salir, ¿a dónde fuiste? —quiso saber.

—Estoy con Paty —le avisé—. No te preocupes, no tardo.

—¿Quieres que pase por ti?

—Sí, por favor. Tengo mucha hambre.

—¿Todavía no has cenado?

—No, aún no.

—Pasaré por ti y te llevaré a comer lo que tú quieras. Llego en media hora.

Colgué. Patricia me observaba con una sonrisa pícara; era evidente que mi nerviosismo y el color de mis mejillas me habían delatado por completo.

—Enola, ¿te estás enamorando de Boran? —cuestionó de manera juguetona.

—¿Cómo no lo haría? Es maravilloso. Es como si fuera el príncipe azul sacado de un cuento de hadas.

—Al parecer no hay nada malo con él, ¿cierto?

—Hasta ahora no puedo decir nada negativo. Nos estamos conociendo, pero se ha comportado como un auténtico caballero.

—Si es tan perfecto, ¿por qué estaba solo? Un hombre así es difícil de encontrar, Enola. Y si lo encuentras, suele ser demasiado tarde porque ya está casado. Ten cuidado, amiga. Cuídate mucho.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.