Lo que Boran sospechaba, pasó. Enola se había negado y no había poder humano que la persuadiera para dar una respuesta afirmativa a esta locura. Se sintió como un tonto ante los ojos de ella; tal vez Enola creía que era un hombre dictador que no tomaba en cuenta su opinión, pero no era su intención: él solo buscaba la manera de protegerla de su familia.
Boran jamás se había sentido así, con ese dolor punzante en el pecho a causa de una mujer. Nunca en la vida se sintió de esa manera. Hacía mucho tiempo que había dejado de preguntarse el porqué sus sentimientos eran tan intensos por una completa desconocida; simplemente se limitó a sentir, a quererla sin reservas.
Sintió unas ganas inmensas de llorar de impotencia, de una desesperación nacida al no tener la facultad de confesarle la verdad por miedo a perderla para siempre. No quería lastimar a Enola, pero lo hizo, y decirle la verdad en ese momento se iba a convertir en otro golpe demoledor. Se odió por aquello. Por mentiroso, se sentía como un completo desgraciado, pues nunca pensó que este sentimiento sería tan desbordante; jamás creyó que podría querer a alguien tanto, en tan poco tiempo, como quería a su hermosa pelirroja pecosa.
—No te vayas. Espera —le suplicó el desesperado.
Ella se volvió a girar con un nudo en la garganta. ¿Por qué se sentía de esa manera? Sabía que en cualquier momento rompería a llorar. Boran conocía aquella expresión: el puchero que se quería formar en su rostro estaba próximo a romperse en llanto.
—Enola. Yo... Necesito que me escuches.
—Me has decepcionado, Boran —confesó ella con la voz temblorosa, asustada al reconocer tal vez al monstruo que vivía dentro de aquel hombre que parecía ser encantador.
¿De qué era él capaz? ¿Acaso Boran era semejante a su padre? ¿O peor aún? ¿La golpearía si se quedaba o si se negaba? Pensó en sus hijos y en su madre. Recordó aquella vez que su padre le dio una paliza a su madre embarazada solo por no llevarle un vaso con agua a la habitación; ella perdió a sus gemelos en la etapa terminal del embarazo y todo se convirtió en un calvario. Después de aquel acontecimiento, empezó la violencia de su madre hacia ella, por no poder descargar la rabia contra su verdadero verdugo.
—Solo quiero hacer las cosas bien. ¿Hay algo de malo en ello? Solo quiero darte tu lugar en mi vida; al final, cada quien tiene uno y tú deberías ser mi prioridad.
En otro momento, Enola hubiera sentido ternura o un regocijo en el pecho, pero lo único que podía sentir era miedo. Miedo de repetir patrones. De creer en la palabra de un hombre controlador y terminar como su madre, viviendo una vida miserable al lado de un hombre malo.
—¿Y qué tal si yo no quiero? Lo que estás haciendo parece algo inofensivo, pero si analizamos bien las cosas, en realidad no lo es porque quieres pasar por encima de mí y de mis decisiones.
—Mis intenciones no son malas —negó él—. Solo quiero estar contigo, mi amor.
Se acercó lentamente a ella para tocar su vientre protuberante bajo su vestido, pero ella retrocedió. Ya no quería escuchar nada de lo que tenía que decirle; así de inmensa parecía la decepción.
—Quiero que cuando nuestros hijos nazcan, sea dentro de nuestro matrimonio... Es mi cultura, siento que te fallo al no darte el lugar que mereces.
—Aun así... aun así las cosas no pueden ser así —sentenció ella—. Necesitaba conocerte mejor, pero ahora que te veo exactamente como eres, estoy replanteando el hecho de estar contigo.
—¿Vas a dejarme cuando quiero darte tu lugar en mi vida?
—¿Y qué tal si yo decido que no quiero ocupar ese lugar en tu vida? ¿Qué pasa si mis metas son otras? ¿Me has preguntado qué deseo para mi vida a pesar de ser madre y una esposa? No te conozco, no conozco a tu familia y, probablemente, no conocerás la mía. No sé cómo eres; yo no planeé estar embarazada, pero lo estoy, y eso no significa que voy a perder mi voz para darle una familia digna a mis hijos.
Con cada palabra que expresaba Enola, el corazón de Boran se volvía añicos, pero cada pedazo volvía a latir con fuerza esperando a que su mujer le dijera que sí. Porque si no lo hacía, entonces Boran debía obligarla, y eso lo lastimaba. ¿Cómo demonios la obligaría? Era incapaz de eso.
Tal vez con sus besos, con sus palabras, con sus abrazos... tal vez si le demostraba que la quería más allá de la razón, tal vez cambiaría de opinión con respecto a su decisión. Sin embargo, Enola era una chica joven pero, a pesar de eso, era madura. Tuvo que aprender por las malas que no todas eran grandes personas aunque sus intenciones parecieran benevolentes.
Era tanta la angustia en el pecho de Enola al entender que lo idealizó demasiado aun cuando ni siquiera se conocían; al final, Patricia tenía razón.
—¡Déjame en paz! —chilló retrocediendo.
Se dio la vuelta y corrió por la arena de la playa intentando escapar. Boran la llamó, sin embargo ella no le respondió; solo quería escapar de ese hombre que no había hecho nada más que pasar por encima de ella.
—¡Enola! ¡No corras! —le gritó mientras intentaba alcanzarla. Enola sollozó con la respiración agitada—. ¡Enola, por favor! No corras, no corras. Estás embarazada, te puedes caer.
—¡Déjame en paz, joder! —le ordenó con la voz llorosa.
Corrieron por un minuto y Boran logró atraparla por la espalda en un abrazo tan protector que para Enola parecía ser asfixiante. Boran era un hombre muy fuerte y alto; en cambio, Enola era demasiado frágil y pequeña. Pataleó, pero Boran la sostuvo con todas sus fuerzas mientras ella le suplicaba una y otra vez que la soltara, vuelta un mar de lágrimas.
—Enola, yo te quiero —confesó él con dulzura y un dejo de preocupación. Su aliento cálido le hizo cosquillas en su oído y Enola se estremeció—. Por favor, no hagas esto.
—No estoy haciendo nada malo, Boran —murmuró—. Soy muy joven. Estoy empezando a vivir... ¿Me escuchaste? No quiero precipitarme, no seré la única que pagará el precio si esto sale mal, también están mis hijos. Ahora más que nunca debo ser precavida.