El hombre a mi lado ya no era el Boran risueño de siempre; desde que miró aquel mensaje, en su cara se construyó una seriedad que me dejó desconcertada. No quise preguntar, solo me mantuve en silencio, observando. Creí que era por mi causa, que había cambiado de opinión, que su estado de ánimo se volvió apático por mi negatividad y empecé a temblar. Era mi ansiedad de siempre, que me demostraba la magnitud del tiempo que estuve expuesta.
A veces mi sistema nervioso se apagaba cuando me sentía protegida, pero otras veces se activaba de repente y era espantoso. Pensamientos catastróficos invadían mi cabeza, sensación de ahogo en mis pulmones; tanto que a veces se me olvidaba respirar y el ardor de la quemazón me lo recordaba.
Boran me miró después de haber entrado en estado de ensoñación. Tragué saliva y desvié la mirada; él acarició mi barbilla para estudiar mi rostro más de cerca. Lo miré; entonces, su expresión se relajó.
—¿Estás bien?
Esas palabras se escucharon gentiles, no se escuchaban hostiles. ¿Debía sentir alivio? ¿O debería estar a la defensiva? No me quería mostrar como una mujer inestable, pero me pareció inevitable cuando prácticamente toda mi vida la pasé conviviendo con personas que alimentaban el caos. Y era raro, porque aun así jamás pude asimilar, jamás pude acostumbrarme a ese ambiente del caos.
—¿Qué te sucede? —pregunté, intentando que el tono de mi voz se escuchara claro y preciso; sin embargo, no podía evitar demostrar sentirme agitada y temblorosa, era involuntariamente.
Boran ignoró mi pregunta y solo se centró en mi expresión. No dejaba de parecer un tanto preocupado, así que se acercó más, invadiendo mi espacio personal sin importar que todas las personas nos estuvieran mirando. En una ciudad como esta, las muestras de afecto o cercanía en público eran casi un tabú, incluso para los matrimonios más consolidados, pero a Boran parecía tenerle sin cuidado el juicio ajeno. Para él, en ese momento, solo existía yo. Y ese gesto demostró cuán motivado se encontraba por mí, que desafiaba las reglas y leyes de su cultura.
—Estás pálida, pequeña —me avisó con un susurro que me erizó los vellos de la nuca—. ¿Quieres ir al hospital?
Negué de inmediato, sintiendo el peso de las miradas curiosas a nuestro alrededor.
—No, no... no te preocupes —respondí, dando un paso atrás para recuperar un poco de aire y discreción—. ¿Podemos irnos? Necesito que esta noche me lleves... a casa de Patricia.
Boran se quedó inmóvil y, por un segundo, la seriedad gélida de antes volvió a asomar por sus ojos, mezclada ahora con una herida evidente.
—¿No quieres quedarte conmigo en el hotel, cariño? —Su voz se volvió una caricia triste—. Enola... ¿me tienes miedo? Estás rara, te noto demasiado nerviosa.
Me quedé en silencio, incapaz de responder. ¿Cómo explicarle que mi nerviosismo no era solo por él, sino por el peso de un pasado que me hacía esperar el golpe incluso cuando él me ofrecía una mano? ¿Cómo decirle que estar en ese hotel, bajo su protección total, se sentía como una jaula de oro que todavía no sabía si merecía o si podía soportar?
—Esta noche quiero estar sola con mis pensamientos —declaré con el corazón latiéndome fuerte; sin embargo, un sentimiento de orgullo mezclado con ese terror apretó mi pecho. Para mí, dejar claro mis límites ante un hombre parecía ser una hazaña lejana de la cual nunca sería capaz, pero ahora lo estaba logrando: estaba logrando crear mi autonomía.
Esperé una expresión de molestia en Boran, quien me sonrió, levantó mi mano y la llevó a su boca para plantar uno que otro beso en mis nudillos.
—Lo que tú digas, princesa.
Mi corazón se aceleró y la tibieza de su boca se sentía tan gentil, tan delicada, que causó estragos en mi piel. Y entonces el miedo se disipó un poco, pero no mi curiosidad por entender lo que fuera que estuviera pasando en su cabeza.
—Te he notado muy extraño —comenté mientras me ayudaba a colocar el cinturón. Se tensó; sin embargo, yo no dejé de buscar en ningún momento su mirada. Y entonces la encontré—. Dime... qué sucede.
Resopló, pensativo, tenso, buscando las palabras para explicarse mejor. No deseaba importunarlo con mis cuestionamientos, pero estaba preocupada precisamente porque había dejado de sonreír y lo notaba tenso e irritado. Quería saber si realmente era por mi decisión.
—Nada... Es... solo problema de mi trabajo —contestó, pero algo me hizo desconfiar—. Estoy supervisando una construcción y hubo un problema con los planos. Es todo.
Me mordí los labios. ¿Por qué Boran no me había dicho a qué se dedicaba? ¿Cuál era el misterio detrás de sus pasiones? Me mataba la curiosidad por saberlo, por conocer otra faceta de él. Tal vez no le interesaba lo suficiente contarme.
—No me has dicho a qué te dedicas —le dije—. ¿Eres ingeniero?
Esbozó una sonrisa. Tan enigmático. Su rostro se iluminó como si estuviese próximo a responder una de las cosas más maravillosas. Comprendí que eso le provocaba felicidad mucho antes de que lo pronunciara, y me contagió; prontamente, la tensión desapareció por completo. Aquella espina que lo mantenía distraído por un momento había desaparecido.
—No perdía la esperanza de que me contaras algo acerca de tu vida —argumentó. Me puse rígida—. Sin embargo, aun cuando ansío saberlo... no me lo dices...
Titubeó por unos microsegundos a la expectativa de mi respuesta. Claro que quería contarle cosas de mi vida, de mis traumas de la infancia, de mis pasiones, de mis sueños; sin embargo, me aterraba la idea de abrir mi corazón, de convertir a ese hombre desconocido en mi confidente. Si bien teníamos una conexión inexplicablemente intensa, eso no era razón para confiar tan fácilmente. Debía protegerme.
Desvié la mirada, quería escapar de sus expectativas, pero él notó que no quería hablar y solo se limitó a decir:
—Soy un arquitecto, Enola.
¡Por Dios! No me lo podía creer. A pesar de su grandeza y que no teníamos nada en común con respecto a nuestra cuna, al menos compartíamos pasiones similares. Anhelaba ser una arquitecta; ese era mi sueño. El sueño que cada día más se alejaba de órbita. Aquella meta que mi padre quiso rebajar y por la que, aun así, a pesar de que me desanimó, luché por conseguir lo que tanto me hacía falta: una beca.
Mi padre no tenía dinero para costear la carrera y por ello intentó persuadirme; insistió para que yo desistiera, sin embargo, no lo logró. Pero los planes cambiaron y con ello se esfumó, convirtiéndose en un cruel sueño frustrado.
—A veces puede ser retador, me abruma que las cosas no salgan como las tengo planeadas. ¿Puedes entender?
Asentí, me perdí totalmente en su figura. Sus manos soltaron el cinturón de seguridad y se dirigieron a mis mejillas.
—Es maravilloso, Boran —pronuncié. Acomodó mi pelo delicadamente—. Muchas gracias.
Me dedicó una última sonrisa tras incorporarse. Abrió la puerta del piloto y se acomodó en el asiento.
—¿Te gusta la arquitectura? —cuestionó poniendo el auto en marcha—. No quiero aburrirte.
—No, no me aburres, Boran. Te lo aseguro... ¿Sabes? Necesito conocerte más. Que me digas más acerca de tu vida.
—¿Y luego nos vamos a poder casar? —bromeó, cosa que me hizo sonreír—. Supongo que eso es lo que hacen las personas antes de dar el siguiente paso.
—Pues creo que nosotros empezamos al revés. Sin embargo, no podemos continuar precipitándonos.
—¿A qué le temes? ¿Le temes a que te otorgue el título de princesa?
Su tono parecía ser bromista, juguetón; el sonido de su voz era tan suave y vibrante que me permitía introducirme en un estado de ensoñación, anonadada, embelesada, tanto que dejé de ser la dueña de mis expresiones. En ese momento, una sonrisa inconsciente curvó mis labios y mi corazón se agitó bravo en mi pecho.
¿Por qué me sentía así? ¿Por qué, si tan solo había acontecido poco tiempo después de que lo conocí? Tal vez por la forma de su cara, por lo sedoso que era su pelo negro, por el bronce ligero de su piel, por la suavidad y calidez de su toque o por el barítono de aquella voz masculina profunda, similar al terciopelo con una aspereza magnética.
Entonces empecé a hiperventilar y guié mi mirada en otra dirección. Necesitaba una pequeña porción de cordura y, mirando su rostro, estaba segura de que jamás lo iba a conseguir.
—No le entenderías... es... complicado.
—Sé que hay algo que te detiene, Enola. Puedo percibirlo, puedo sentirlo. Si te casas conmigo te haré inmensamente feliz. Te voy a proteger y te amaré para siempre. ¿Por qué lo dudas?
—Porque me asusta —le confesé, y quise devolver aquellas palabras, pero era demasiado tarde—, porque tengo miedo de que me dañes, Boran.
—No voy a intentar asegurar ante tus ojos que soy un buen hombre... porque lo que tú necesitas es que te lo demuestre. Te voy a demostrar, Enola, que yo nací para ser tu esposo... Enola... Estoy ardiendo, jamás me he sentido así, jamás.
Boran no esperó a que yo procesara su confesión. Antes de que pudiera articular una defensa o huir de la intensidad de su mirada, sus manos se deslizaron de mis mejillas a mi nuca con una posesividad que me dejó sin aliento. Se inclinó, acortando la distancia que nos separaba, y me besó.
No fue un beso tímido; fue una colisión. Fue el choque de un arquitecto que sabe exactamente dónde están los puntos de presión de una estructura para hacerla ceder. Al principio mi cuerpo se puso rígido, esperando la invasión, el dolor o el control, pero lo que encontré fue un fuego devorador que no quemaba, sino que iluminaba mis rincones más oscuros. Mis manos, que un segundo antes se aferraban al cinturón como si fuera un salvavidas, terminaron enredadas en su pelo, respondiendo con una desesperación que me asustó.
Cuando se separó, sus labios rozaron los míos una última vez.
—Esa es la verdad, Enola —jadeó, con la voz más ronca que nunca—. Lo que sientes ahora no es miedo. Es hambre. Mañana vendré por ti, y espero que para entonces hayas decidido dejar de pelear contra el hombre que nació para construir tu refugio.
Toqué el timbre y Patricia no duró mucho tiempo en contestar.
—¿Enola?
Se sorprendió, no esperaba verme y menos a esa hora. Notó mi expresión de angustia y, mientras me estudiaba, no pudo evitar preguntar qué pasaba. Por suerte Paty estaba libre aquel día; necesitaba desahogarme, escuchar una opinión honesta sobre el comportamiento de Boran. Me pareció precipitada su forma de actuar, era como si quisiera retenerme, pero no podía entender el porqué.
—¿Estás bien? —Negué con ese nudo en mi garganta. Ella me guio hacia dentro. Me pidió que me sentara en el sofá y esperó mi respuesta—. ¿Pasa algo con Boran?
Me mostré dubitativa ante su curiosidad, tanto que pude ver desesperación en su mirada. Y no lo pensé más, lo solté:
—Estoy muy confundida, Paty. Boran me propuso matrimonio y realmente no sé qué pensar sobre aquello. Es que por más que le doy vueltas, no he podido entender.
—¡No puedo creerlo! —exclamó con sorpresa y un dejo de indignación en su tono—. ¿Qué se ha creído?
Me pareció totalmente inoportuna su propuesta, pues ambos habíamos acordado pensarlo y conocernos mejor, y por esa misma razón me sentía traicionada e irrespetada. Me hizo sentir como si la propuesta armada repentina fuera una presión, y eso me disgustó demasiado. Sin embargo, aunque desconfiaba de él, quería creer también que él era ese hombre que me demostraba ser. Me gustaba su intensidad, pero no al punto de la presión que quería ejercer en mí y pasar por encima de mis decisiones.
—No lo sé —contesté—, siento que sus intenciones no son buenas; por más que lo pienso, no puedo encontrar una respuesta que justifique su manera de actuar.
—¿Y si lo investigamos? Si verdaderamente es una persona importante, en internet debe aparecer su bibliografía.
No había pensado en eso; había estado tan involucrada en otras tantas responsabilidades que nunca me pasó por la cabeza buscar información sobre Boran Sabanci. Por otro lado, me ponía nerviosa buscar su nombre y encontrarme con alguien totalmente distinto, porque no deseaba dejar de sentirme tan cautivada, no deseaba despedirme de este sentimiento intenso. Me atemorizaba la desilusión.
—Si no confías en él... entonces el internet puede ser una herramienta perfecta para buscar su vida. Ese hombre es demasiado bueno y perfecto, algo esconde. Hombre no es gente.
—No lo sé, Paty, no lo sé —murmuré negando—. Me dijo que era arquitecto... ¿Sabes lo que significa? Él es... maravilloso.
—¿And si solo es un hombre que quiere hacerte feliz? —inquirió pensativa—. Tal vez estemos desconfiando innecesariamente y solo sea un hombre intenso que se está enamorando de ti. ¿Quién sabe?
—Estoy muy joven, Paty, no puedo ser la esposa de alguien.
—Enola, serás mamá. Boran te gusta, parece ser buen tipo. No le hagas caso a esta mujerzuela a la que nunca han amado. Tiene dinero, mucho dinero. ¿Qué más quieres?
—Pues no solo se trata de dinero, Paty... Es que tengo miedo. ¿Me escuchaste? Todo ha sido tan repentino, tan deprisa, que no me he detenido a pensar en lo que...
—Enola, sé que no eres como yo... sé que eres una chica inocente, pero yo que tú estaría pidiendo villas y castillas. Uno nunca sabe lo que pueda pasar.
Las palabras de Patricia cayeron sobre mí como una lluvia helada, recordándome la brecha enorme que había entre su pragmatismo de supervivencia y mi idealismo herido. Ella veía a Boran como un contrato de seguro, como una oportunidad de oro que no se podía dejar pasar, mientras que yo seguía intentando descifrar si el hombre detrás de los rascacielos era un refugio o una emboscada.
—No soy así, Paty —susurré, bajando la mirada hacia mis manos, que aún conservaban el rastro del calor de sus nudillos—. Pedir "villas y castillas" se siente como ponerle un precio a mi libertad. Si acepto sus condiciones solo por el dinero, ¿qué diferencia habría entre Boran y los hombres que mi padre usaba para saldar sus deudas?
Patricia soltó un bufido, una mezcla de desesperación y cariño, y se levantó para servirse un vaso de agua.
—La diferencia, Enola, es que Boran parece querer darte el mundo, no quitarte el tuyo. Pero tienes razón en algo: eres demasiado inocente. Te asusta el poder porque solo has visto el poder usado para destruir. Pero mira el lado de los pros por un segundo, según mi "filosofía de calle":
La red de seguridad: "Con él, esos trillizos no heredarán tus traumas ni tus carencias. Tendrán un apellido que abre puertas, no uno que las cierra".
Tu sueño de arquitecta: "Él es un maestro en lo que tú amas. Casarte con él no es renunciar a tu carrera, es conseguir al mejor socio del planeta".
—Pero los contras siguen ahí, Paty —la interrumpí, sintiendo un nudo en el estómago—. El contra es que si me precipito, si me caso solo porque él "arde" por mí, ¿qué pasará cuando el fuego se apague? Me quedaré en un país extraño, con una cultura que no entiendo, siendo la propiedad de un hombre poderoso.
—Por eso mismo —replicó ella, señalándome con el dedo—, deberías asegurar tu futuro. "Hombre no es gente", Enola. Hoy te ama, mañana... quién sabe. Por eso te digo que pidas. Asegura tu autonomía con algo más que promesas.
Me quedé en silencio, procesando su cinismo. Ella no entendía que, para mí, la autonomía no se compraba con propiedades, sino con la capacidad de decir "no" sin temblar.
—Mañana iré al local —dije firmemente, tratando de cerrar el tema—. Necesito sentir el peso de las bandejas y el mal humor de la gerente. Necesito recordar que soy Enola Martín, la chica que se gana la vida sola, antes de decidir si me convierto en la "princesa" de Boran Sabanci.
Patricia me miró con una sonrisa triste.
—Ve, entonces. Ve a que esa mujer te grite un poco. Quizás así te des cuenta de que las "villas y castillas" no suenan tan mal después de todo.
A la mañana siguiente fui a trabajar al establecimiento. Error. Desde que mi jefa me vio, temblé. A juzgar por su manera de mirarme, algo me decía que no debía esperar nada bueno.
—Llegas tarde, Martín —me avisó como si yo no lo supiera—. Recibirás una amonestación de mi parte por eso.
—Lo... lo siento —pronuncié. No entendía por qué el corazón me latía tan deprisa; tal vez era por el miedo de que me despidieran del trabajo sin ningún otro empleo vacante.
—El camión de suministros llegó temprano y los chicos están ocupados en la cocina. Necesito que bajes al sótano y empieces a organizar las cajas de aceite y los sacos de papas. Y muévete, que no te pago para que te quedes ahí parada. No necesito tus disculpas, necesito tu fuerza.
No, esto tenía que ser una broma de mal gusto. ¿En mi estado sería prudente mover cajas pesadas? Esa era mi pregunta. Estaba embarazada; sin embargo, ella no lo sabía y yo no podía decirle porque estaba expuesta a que me despidieran. Necesitaba preservar este empleo que tanto me costó encontrar, al menos hasta que encontrara otro.
—¡Muévete! —La voz gruñona e impaciente de la gerente me sacó de mis pensamientos.
El sótano del local olía a humedad y a cartón viejo. Bajé las escaleras sintiendo cada escalón como una losa sobre mis hombros. "Villas y castillas", me había dicho Patricia. Pero aquí abajo, entre charcos de condensación y luces de neón parpadeantes, lo único que tenía eran sacos de papas congeladas y una orden que cumplir.
—¡Muévete, Martín! —gritó la gerente desde la parte superior de la escalera—. El camión no va a esperar a que termines de soñar despierta. Quiero esas cajas en los estantes altos. ¡Ahora!
Tragué saliva. Mis manos temblaban, no por el frío, sino por esa ansiedad catastrófica que me decía que algo estaba mal. Me acerqué a la primera caja de aceite; era pesada, demasiado pesada para alguien en mi estado. Pero la mirada de desprecio de la gerente, que ahora bajaba los escalones con los brazos cruzados, me quemaba más que el esfuerzo.
—¿Qué pasa? ¿No te enseñó a usar los músculos? —se mofó, acercándose tanto que pude oler su café rancio—. O quizás es que ya te crees demasiado fina para ensuciarte las manos. Aquí eres una empleada, y si no puedes con el trabajo, lárgate.
Apreté los dientes. Por un segundo quise gritarle que llevaba tres vidas dentro de mí, pero el miedo a ser humillada de nuevo me cerró la boca. Me agaché y tiré de la caja con fuerza.
Fue entonces cuando sucedió.
Un pinchazo agudo, como un relámpago de fuego líquido, me atravesó el vientre. Solté la caja, que cayó con un golpe sordo, y me doblé sobre mí misma. El aire se escapó de mis pulmones y el sótano empezó a dar vueltas.
—¡No te hagas la víctima conmigo! —chilló la gerente, dándome un empujón en el hombro—. ¡Levántate y...!
—¡Basta! —Una voz barítona, cargada de una furia gélida que hizo vibrar las paredes del sótano, estalló desde la entrada.
Alcé la vista con la visión borrosa por el dolor y las lágrimas. Boran estaba allí. No era el hombre que bromeaba sobre castillos; era el arquitecto de una tormenta. Su traje oscuro parecía absorber la poca luz del lugar y sus ojos eran dos carbones encendidos fijos en la mano de la gerente, que aún rozaba mi hombro.
Boran bajó las escaleras en dos zancadas, apartando a la mujer como si fuera un estorbo insignificante. Me tomó en sus brazos antes de que mis rodillas tocaran el suelo sucio.
—Pequeña... mírame —susurró, y su voz temblaba de una forma que nunca había escuchado—. Respira conmigo. Estoy aquí.
—Boran... me duele... —logré articular, aferrándome a su solapa mientras un rastro de humedad cálida me recordaba mi mayor temor.
Él me pegó a su pecho y sentí los latidos de su corazón galopando con una fuerza salvaje. Se giró hacia la gerente, quien había retrocedido hasta la pared, pálida y balbuceante.
—Usted... —La voz de Boran era un susurro mortal—. Usted acaba de tocar lo único sagrado que tengo en este mundo.
—Yo... yo no sabía... ella solo es una empleada... —alcanzó a decir la mujer.
Boran soltó una risa seca, desprovista de toda humanidad.
—Se equivoca. Ella ya no es empleada de nadie. A partir de hace diez minutos, este edificio, esta franquicia y cada ladrillo que pisa pertenecen a la Corporación Sabanci. Y usted... usted no volverá a trabajar ni de conserje en esta ciudad.
Boran no esperó respuesta. Me cargó al estilo nupcial, saliendo del sótano mientras sus guardaespaldas bloqueaban el paso de cualquiera que intentara acercarse. Al salir a la luz del día, el mundo pareció detenerse.
—Al hospital. ¡Ahora! —rugió Boran hacia el coche que ya esperaba con la puerta abierta.
Mientras me subía, sentí que su mano no soltaba la mía ni un segundo. El miedo seguía ahí, pero por primera vez, el peso de mis "villas y castillas" no se sentía como una deuda, sino como el único muro que me separaba del abismo.