Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 3

POV Lía

La clínica privada donde se realizaría el procedimiento no se parecía a nada que hubiera pisado antes: pasillos silenciosos, luces blancas que iluminaban sin parpadear, pisos pulidos que reflejaban cada paso como un espejo implacable. Era el tipo de lugar donde nadie moría por falta de recursos. Donde la vida valía porque alguien podía comprarla.

Camila llegó primero, su maquillaje impecable contrastando con los ojos hinchados, como si las noches de insomnio la hubieran marcado a pesar de todo.

—Lía —dijo con una sonrisa suave, casi maternal—. Hoy es importante. ¿Estás bien?

Asentí, aunque no lo estaba. Un peso en el estómago me apretaba como una garra, impidiéndome respirar hondo. Pero no podía dudar ahora; no después de haber robado ese formulario y haberlo convertido en mi salvavidas.

Jorge apareció detrás, con traje oscuro y expresión hermética, un aura que obligaba a todos a apartarse.

—Vamos a hacerlo rápido —dijo sin saludos innecesarios—. Cuanto menos margen de error, mejor.

No era frialdad pura; era miedo envuelto en control, como si admitirlo lo hiciera real.

La doctora nos guió a una sala pequeña, esterilizada hasta el punto de la impersonalidad. Explicó protocolos, riesgos, estadísticas con voz monótona, pero yo apenas registraba las palabras. Mi mente volvía una y otra vez a mamá: su respiración entrecortada, su cuerpo convulsionando en esa madrugada cuando la crisis casi la arrastra. Esa imagen se repetía como un eco doloroso, justificando cada paso que daba.

Camila me tomó la mano cuando me recosté en la camilla, el papel crujiendo bajo mi peso.

—Respira profundo. Estamos contigo —susurró, su palma cálida contra la mía helada.

Jorge se quedó de pie, rígido, escrutando cada movimiento de la doctora como si supervisara una operación de alto riesgo.

El procedimiento fue rápido, frío, preciso: una punzada aguda, un fluido invasor, y luego nada más que el zumbido de las máquinas. Cuando terminó, me ayudaron a sentarme, el mundo girando levemente.

—Ahora toca esperar —dijo la doctora, con una sonrisa profesional.

Camila sonrió con una mezcla de esperanza y terror contenido. Jorge solo asintió, pero su mandíbula tensa parecía a punto de crujir.

**

Las semanas siguientes se convirtieron en una rutina asfixiante: trabajo en la oficina con miradas esquivas, citas médicas que me robaban las tardes, descanso forzado que no calmaba el agotamiento. Camila me escribía todos los días, sus mensajes un alivio inesperado.

¿Cómo amaneciste? ¿Necesitas algo?

¿Comiste bien? Te llevo las vitaminas si hace falta.

Jorge, en cambio, era puntual y seco:

Consulta a las siete. No faltes.

Revisa tu presión. Llego en diez.

Nunca un emoticón. Nunca una palabra extra.

La primera prueba de sangre dio positiva. Camila lloró al teléfono, su voz quebrada por la emoción.

—Lía, Dios mío, ¡gracias! Lo logramos… al fin…

Jorge solo dijo:

—Bien. Organizaremos los controles semanales.

Pero cuando la doctora llamó para el ultrasonido, su tono era inusual, cargado de algo no dicho.

—Necesito que vengan los tres. Hoy mismo.

El consultorio estaba impregnado de un silencio opresivo. La doctora aplicó el gel frío en mi abdomen —un escalofrío que me recorrió la espina— y movió el transductor. La pantalla cobró vida.

Un latido sordo.

Otro.

Y un tercero.

Tres puntos parpadeantes, tres ritmos sincronizados.

—Son… —Camila se llevó una mano a la boca, los ojos inundándose—. ¿Son…?

—Trillizos —confirmó la doctora, su voz neutra—. Tres embriones implantados con éxito. Es raro, pero posible en estos procedimientos.

El aire se espesó, como si el cuarto se hubiera encogido.

Camila estalló en llanto, sin contención.

—Jorge… ¡son tres! Tres vidas… ¡Tres bebés!

Él no habló de inmediato. Apretó los puños, el impacto visible en su rostro pálido. Cuando al fin abrió la boca, su voz era ronca, casi irreconocible.

—Gracias, Lía.

Era la primera vez que me lo decía de verdad, sin filtros. Y sonó genuino, vulnerable.

Yo no sabía qué sentir: un orgullo fugaz, pánico creciente, un vértigo que me tensaba las manos. Ser subrogada ya era un peso aplastante. Serlo de tres… eso convertía mi cuerpo en un campo minado, donde tres vidas crecían sin pedir permiso.

**

Ese día, al salir de la clínica, desvié el camino hacia el hospital para ver a mamá. Estaba sentada en la cama, débil pero estable, fuera de peligro por ahora.

—Te ves cansada —dijo, extendiendo una mano frágil—. Ven, siéntate.

Apreté los dientes. No podía seguir ocultándolo. Mi cuerpo empezaba a cambiar: una hinchazón sutil, un cansancio que no se iba. Tres vidas hacen más ruido que una.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.