POV Lía
Los días previos fueron un descenso interminable: pasillos helados que olían a desinfectante y muerte, luces blancas que quemaban los ojos, el bip constante de máquinas que ya no salvaban a nadie. Mamá se desmoronaba ante mí, aunque fingiera fortaleza. Su sonrisa temblaba como una hoja seca, su piel pálida como una sábana gastada, y sus ojos... ya no brillaban. Solo resistían, aferrándose a un hilo que se adelgazaba hora a hora. Yo la visitaba cada tarde, sujetándome la barriga hinchada, sintiendo los trillizos patear como si supieran que el mundo se derrumbaba.
La volvieron a ingresar en la UCI en un día gris, bajo una lluvia torrencial que azotaba las ventanas. Firmé papeles con manos sudorosas, el corazón martilleándome el pecho, sin entender una palabra. Estaba de ocho meses, el peso brutal de los trillizos me aplastaba: cada paso era un esfuerzo, cada movimiento un recordatorio de que mi cuerpo estaba al límite, estirado hasta el borde del colapso. Pero nada importaba mientras ella respirara, mientras su mano fría aún apretara la mía.
Pero esa noche todo cambio, el teléfono sonó en la oscuridad, un timbre que cortó el silencio como un cuchillo.
—¿Lía Navas? —la voz era grave, exhausta—. Debe venir al hospital. Es su madre.
La taza se resbaló de mis manos, estallando contra el piso en un estruendo que no oí. No me puse abrigo ni zapatos decentes. Solo corrí, el frío de la noche mordiéndome la piel, el agua de la lluvia empapándome mientras cruzaba calles vacías.
El ascensor tardaba una eternidad. Subí las escaleras jadeando, sujetándome la barriga hinchada, sintiendo una contracción que me dobló como un rayo. Aguanten, pequeños, pensé, presionando con las manos, el dolor irradiando por mi espalda. Pero seguí subiendo, ignorando el fuego en mis pulmones, el peso que me arrastraba hacia abajo.
Cuando entré en la habitación, supe que eran sus últimos minutos. Su piel era casi translúcida, su respiración un susurro agonizante, entrecortado por toses débiles que resonaban en el cuarto estéril.
—Hija... —murmuró, mirándome con una ternura que me desgarró por dentro—. Prométeme... que no te dejarás morir conmigo.
—Mamá, por favor... —apenas podía hablar, las lágrimas ahogándome, arrodillándome junto a la cama.
—Vas a entregar a esos bebés... y tendrás tu vida. No te quedes sola... prométeme que buscarás tu propia felicidad.
Me apretó la mano con una fuerza imposible para su cuerpo debilitado, sus dedos como garras frías clavándose en mi piel.
Lloraba, negando con la cabeza, el sollozo atascado en mi garganta.
—No me dejes... no me dejes —susurré, quebrada.
Ella acarició mi mejilla, como cuando era niña y temía a la oscuridad.
—Te quiero... tanto... —Su voz se debilitó, un hilo apenas audible—. Busca entre mis cosas... encontrarás algo... que te cambiará la vida...
No entendí. Sus palabras se perdieron en el aire, un enigma que me dejó confusa, pero no había tiempo para preguntar. Sus ojos se cerraron, una lágrima rodando por su mejilla.
El monitor cambió.
Primero, más lento.
Luego, un pitido interminable.
Nada.
—¡Doctora! —grité, aunque ya lo sabía. Se había ido.
Me quedé abrazada a su cuerpo inerte, aspirando su olor a lavanda y hospital, desesperada por grabar cada detalle antes de que me la arrebataran para siempre. El dolor me golpeó como una ola, un vacío que me ahogaba, y entonces sentí otra contracción, más fuerte, más insistente, como si el shock hubiera despertado algo dentro de mí.
Salí tambaleándome al pasillo, cegada por las lágrimas, el mundo borroso, sujetándome la barriga mientras el dolor se intensificaba, ondas de agonía que me obligaban a apoyarme en la pared.
Y allí lo vi.
Jorge Valdez.
De pie, hundido, roto.
Llorando.
Jorge, el hombre de control absoluto, el empresario implacable que nunca mostraba grietas. Su rostro desencajado, ojos rojos, manos enredadas en el cabello como si intentara arrancarse el dolor, sollozando en silencio contra la pared.
Me acerqué despacio, la voz ahogada, ignorando el calambre que me recorría el vientre.
—Señor Valdez... ¿qué... qué ha pasado?
Levantó la mirada, sus ojos como pozos de agonía, inyectados en sangre.
—Camila... —su voz se quebró, desgarrada, y de pronto explotó, golpeando la pared con el puño—. ¡Mi esposa! ¡Lía, ella...!
Tragó saliva, temblando visiblemente, su cuerpo convulsionando con rabia contenida.
—Un maldito conductor... no frenó. ¡Ella... murió al instante! ¡Al instante, carajo!
El pasillo se encogió, el aire se volvió espeso. Me faltó el aliento, y otra contracción me dobló, pero me contuve.
—No... —murmuré, cubriéndome la boca con las manos.
Apretó los ojos, como si quisiera borrar el recuerdo, y luego gritó, su voz resonando en el pasillo vacío.