POV Lía (Lola De Rossi)
Dejé Nueva York sin mirar atrás. Sin una nota, sin una llamada, sin nada que pudiera rastrearse. El departamento lo subarrendé a un desconocido por redes. Las pocas cosas de mi madre las empaqué en dos maletas. El resto lo doné. No quería peso. No quería recuerdos que me ataran a ese lugar donde todo se rompió.
Primero cambié mi nombre legalmente. Usé parte del seguro de vida para pagar un abogado especializado en casos discretos que acelerara el trámite. Lucía Navarro dejó de existir. Ahora soy Lola De Rossi. El apellido de mi padre. El que siempre debí llevar. El que mi madre me ocultó por miedo, pero que ahora me protege como un escudo.
A los trillizos los registré como míos. Solo míos. Padre desconocido en los certificados. Lorenzo, Loretta y Leonardo De Rossi. Tres nombres italianos que elegí mirando fotos antiguas de Sicilia, imaginando que mi madre los habría aprobado. Lorenzo por fuerza. Loretta por luz. Leonardo por genio, por curiosidad, por la chispa que ya veo en sus ojos.
Tomé precauciones. El abogado me aconsejó pedir las grabaciones de las cámaras de seguridad del hospital esa misma semana, antes de que se borraran. Lo hice. Obtuve el video completo del pasillo: Adrián gritando, explotando en rabia, diciendo que no quería a los niños, que me los quedara yo, que pagaría lo que fuera con tal de cortar todo lazo. Enfermeras y guardias como testigos mudos. En ese momento yo estaba demasiado rota para pensar en grabar con mi teléfono; el shock me había paralizado. Pero las cámaras del hospital lo capturaron todo. El abogado guardó copias certificadas, junto con los testimonios firmados. Deposité los pagos duplicados —el contrato completo más el extra que Adrián transfirió en su furia— en una cuenta offshore. Si algún día cambia de idea y viene por ellos, tendrá que pelear contra evidencia irrefutable. Y yo ya no estaré a su alcance.
El dinero ahora es una red que me permite respirar. Entre el seguro de vida de mi madre —un millón que ella pagó en secreto durante años— y lo que Adrián transfirió, tengo suficiente para años si lo administro bien. No soy rica como los Valcourt, pero tampoco vivo al día. Cuido cada euro: invierti una parte en fondos seguros, y guarde otro para emergencias. No lo malgasto. Pero no pongo a mis hijos en condiciones precarias.
Carla vino conmigo. Mi única amiga real, la que me sostuvo cuando me derrumbé en el cementerio. Vendió su auto, renunció a su trabajo de mesera y compró un boleto de ida. “No te voy a dejar sola con tres bebés en un país extraño”, dijo. Y yo no discutí. La necesitaba. Necesitaba a alguien que no me mirara con lástima, sino con fuerza.
El vuelo fue eterno. Nueve horas con tres bebés de un mes, llantos, pañales, miradas de pasajeros irritados. Pero llegamos. Roma primero, para aterrizar. Luego un tren al sur, hacia Sicilia. Palermo. El aire olía diferente: sal, limones, tierra caliente. El sol quemaba de otra manera. Todo era más lento, más vivo.
Alquilamos un apartamento en Taormina, no el más lujoso, pero cómodo y seguro: dos habitaciones amplias, cocina moderna, aire acondicionado, lavadora, un balcón grande con vista al mar Jónico que se tiñe de azul intenso al atardecer. Pago por adelantado seis meses. Los niños tienen su cuarto con cunas nuevas, móviles suaves y un monitor que me avisa si respiran raro. Carla duerme en el sofá-cama del salón, pero pronto buscaremos algo más grande. No escatimo en pañales de calidad, en leche especial para prematuros, en visitas al pediatra privado. Ellos merecen lo mejor que pueda darles sin derrochar.
Carla cocina pasta mientras yo busco en internet, en registros públicos, en redes sociales.
Alessandro De Rossi.
El nombre aparece rápido. Demasiado rápido.
Empresario vinícola. Dueño de viñedos extensos en las colinas cerca de Catania. Fotos en revistas: hombre de cincuenta y tantos, cabello plateado, ojos oscuros como los míos. Sonríe poco. Vive solo desde que su esposa murió hace años. No tiene hijos conocidos.
Mi corazón late fuerte cada vez que veo su rostro. Es él. Lo sé. La forma de la mandíbula, la mirada intensa. Es mi padre.
Pero no sé cómo acercarme. No sé si me creerá. No sé si querrá saber de mí después de treinta años de silencio.
Carla me encuentra una noche en el balcón, mirando el mar negro, con Loretta dormida en mis brazos.
—¿Cuándo vas a ir? —pregunta, sirviéndome un vaso de vino tinto local.
—Mañana —respondo, la voz firme por primera vez en meses—. Llevaré a los niños. Si va a conocerme, que me conozca completa. Con mi familia.
Ella asiente. No dice más. Sabe que no hay vuelta atrás.
No sé nada de Adrián. No busco noticias de Nueva York. No quiero saber si se arrepintió, si su hermano tomó la herencia, si alguna vez pensó en los niños que rechazó esa noche. Bloqueé todo lo que podía conectar conmigo. Mi antigua vida es un fantasma que no me alcanza aquí.
Lorenzo llora desde adentro. Lo acuno contra mi pecho mientras Carla va por Leonardo y Loretta que se despiertan también, como siempre, uno arrastra al otro.
Tres vidas pequeñas. Tres razones para seguir.
Mañana iremos a las colinas. Mañana buscaré a Alessandro De Rossi.
Y si no me recibe... si no me cree... si no quiere esta hija que llega con tres nietos inesperados...