Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 8

POV Lola De Rossi

Llegamos a la finca al mediodía. El camino serpenteaba entre viñedos interminables, colinas verdes que olían a tierra fértil y uva madura. El sol de Sicilia quemaba, pero el aire era seco, limpio. Los trillizos dormían en el asiento trasero del auto alquilado, agotados por el trayecto desde Taormina. Carla conducía en silencio, lanzándome miradas de reojo cada pocos minutos.

—No hay vuelta atrás —dijo al fin, deteniendo el motor frente a la verja de hierro forjado.

Asentí. Mi garganta estaba seca. Llevaba semanas imaginando este momento, pero nada me había preparado para la realidad: la mansión al fondo, blanca y majestuosa, con balcones floridos y un jardín que parecía sacado de una postal antigua.

Un guardia nos abrió tras verificar mi nombre. “El señor De Rossi los espera”, dijo, con una sorpresa que no disimuló. Alessandro sabía que venía. Le había escrito una carta, una carta de verdad— con la foto de mi madre y una copia del acta de matrimonio. No respondió. Pero no me rechazó la visita.

Bajamos. Carla cargó a Lorenzo y Leonardo en el cochecito doble. Yo tomé a Loretta en brazos. Los tres empezaron a inquietarse con el calor. Subimos los escalones de mármol hacia la puerta principal, que se abrió antes de que tocáramos.

Allí estaba él.

Alessandro De Rossi.

Más alto de lo que esperaba. Cabello plateado peinado hacia atrás, camisa blanca arremangada, pantalones oscuros. Los ojos... los mismos que veo en el espejo cada mañana. Oscuros, intensos, ahora llenos de una mezcla de incredulidad y algo más profundo.

Me miró fijamente. Yo no podía hablar.

—¿Lucía? —dijo al fin, la voz ronca, como si le costara pronunciar el nombre.

—Lola —corregí, apenas un susurro—. Lola De Rossi. Ahora.

Él palideció. Dio un paso adelante, pero se detuvo. Sus ojos bajaron a los bebés, luego volvieron a mí.

—¿Qué clase de broma es esta? —preguntó, endureciéndose—. ¿Quién te envía? ¿Cuánto quieres?

El golpe me dolió más de lo que esperaba. Retrocedí un paso. Carla me apretó el brazo.

—No quiero dinero —respondí, la voz temblando, pero firme—. Quiero... quiero que veas esto.

Saqué el sobre del bolso con manos que no paraban de temblar. La foto amarillenta. El acta de matrimonio. Mi certificado de nacimiento italiano. La carta de mi madre.

Él los tomó como si quemaran. Los miró uno a uno. Su rostro cambió lentamente: la sospecha dio paso a la confusión, luego al reconocimiento. Cuando llegó a la foto de él y mi madre jóvenes, riendo en un viñedo parecido a este, algo se rompió en su expresión.

—No... —murmuró—. No puede ser...

Las manos le temblaron. La foto cayó al suelo. Se arrodilló para recogerla, y cuando se incorporó, tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Dios mío... —susurró—. Eres tú. Eres... mi hija.

El llanto llegó sin aviso. Primero silencioso, luego roto. Se tapó la cara con las manos, los hombros convulsionando.

—Perdóname —dijo entre sollozos, cayendo de rodillas frente a mí—. Perdóname, hija mía... Yo la perdí. Yo hice que se fuera.

Lo miré, las lágrimas quemándome las mejillas. Loretta empezó a llorar en mis brazos, como si sintiera la tormenta.

—¿Qué pasó? —pregunté, la voz quebrada.

Él levantó la mirada, el rostro surcado por lágrimas.

—Alguien... una “amiga” le dijo que yo tenía otra mujer. Le mostró fotos falsas. Ella estaba embarazada, asustada... creyó que la traicionaba. Se fue sin decir nada. La busqué durante años. Contraté detectives. Al final me convencieron de que había muerto... un accidente, dijeron. Dejé de buscar. Me rendí. Y fue mi culpa. Por no haberla protegido. Por no haberla encontrado.

Me arrodillé frente a él, aún con Loretta en brazos. Nuestras frentes se tocaron. Lloramos juntos, dos extraños unidos por treinta años de ausencia.

—Papà... —susurré sin pensar, la palabra saliendo sola.

Él soltó un sollozo más fuerte y me abrazó, con cuidado de no aplastar a la niña.

—Mi niña... mi Lucía... Lola... nunca dejé de amarte. Aunque no sabía que existías.

En ese momento, una voz interrumpió desde el interior de la casa.

—¿Alessandro? ¿Qué es todo este escándalo?

Una mujer apareció en el umbral. De su edad, elegante, vestido negro ajustado, cabello teñido de castaño perfecto. Sonrió, pero la sonrisa no llegó a los ojos.

—Isabella —dijo Alessandro, incorporándose, limpiándose el rostro con el dorso de la mano—. Ella es... mi hija. Lola. Y mis nietos.

Los ojos de Isabella se estrecharon un instante, evaluándome. Luego sonrió de nuevo, más amplio, pero forzado.

—Vaya... qué sorpresa tan... inesperada —dijo, la voz melosa—. Alessandro siempre creyó que su esposa había muerto joven. Qué alegría que... resulte que no fue así.

Miró a los trillizos. Leonardo empezó a llorar, seguido de Lorenzo. El llanto llenó el aire.




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