POV Adrián
Han pasado tres meses desde que Claudia murió. Tres meses que se sienten como una eternidad en el infierno. La mansión es un mausoleo vacío. Camino por pasillos que antes resonaban con su voz, con su risa ligera, con el taconeo de sus zapatos cuando corría a recibirme. Ahora solo hay silencio. Un silencio que me ahoga, que me aplasta el pecho cada vez que respiro. Duermo en el sofá de la oficina porque no soporto la cama vacía. Su lado sigue intacto: la almohada con su perfume desvaneciéndose, el libro que estaba leyendo abierto en la mesita. No lo toco. No puedo.
Antes era frío. Estricto. Controlado. La gente me respetaba, no me temía. Ejecutaba decisiones sin dudar, y los demás seguían. Ahora todos me evitan. Los empleados bajan la mirada cuando paso. Los ejecutivos tiemblan si levanto la voz. Y la levanto por nada. Por todo. Grito órdenes que no importan. Me irrito con un email mal redactado, con un café que no está a la temperatura exacta, con el tráfico que me retrasa cinco minutos. Soy un volcán que explota sin aviso. Rompo vasos contra la pared. Golpeo la mesa hasta que me duelen los nudillos. Y no me importa. Nada me importa.
Ese día, mi madre apareció sin avisar. Entró a mi oficina como si aún fuera suya. Elegante, como siempre, con el abrigo caro y el perfume que usaba desde que era niño. Pero con los ojos llenos de esa preocupación que odio, esa que me hace sentir como un crío indefenso.
—Adrián —dijo, sin preámbulos, cerrando la puerta detrás de ella—. Tienes que buscar a tus hijos.
La miré desde mi escritorio, la rabia subiendo como bilis, caliente y amarga.
—No empieces, mamá.
—Solo cuando ellos lleven tu apellido recibirás la herencia completa —continuó, ignorándome, sentándose frente a mí como si fuera una reunión de negocios—. Tu hermano está insistiendo en que no tienes hijos aún. Envía correos a los abogados, está tratando de presionar.
—No los tengo —respondí, seco, apretando el bolígrafo hasta que crujió—. Él tampoco. Además, ya te lo dije: no sé dónde está esa mujer y no quiero a esos niños cerca.
—Son tus hijos, maldita sea —replicó, alzando la voz por primera vez—. No son desconocidos. ¿Crees que Claudia habría querido esto? Verte destruido por su muerte, renunciando a lo que ella tanto deseó, a lo que casi le costó la vida conseguir.
—No la menciones —gruñí, levantándome de golpe, el puño cerrándose hasta doler—. En parte tienes la culpa. Si no le hubieras dicho lo de la herencia, si no la hubieras presionado con eso, ella ahora estaría viva. Se obsesionó con tener un hijo por ti, por papá, por esa maldita cláusula. Y mira cómo terminó.
—Fue un accidente, Adrián —dijo, la voz temblando, los ojos humedeciéndose—. Un maldito accidente. Nadie pudo preverlo.
—Haz lo que quieras, mamá —corté, la ira quemándome el pecho, haciendo que me temblaran las manos—. No pienso pelear por esa maldita herencia. Dásela a Hernesto si quieres. Tengo mi propio dinero. Lo que construí yo.
—No lo haré —respondió, firme, enderezándose—. Ya hablé con el abogado. La herencia pasará a nombre de los trillizos, aunque no estén registrados todavía. Por ahora, yo lo administraré todo. Espero que cambies pronto de actitud. No duraré toda la vida.
—Si ya tenías todo arreglado, ¿a qué viniste? —pregunté, la voz baja, peligrosa.
—A verte —dijo, los ojos humedeciéndose más—. ¿Acaso ni eso puedo hacer? Ver a mi hijo, el que está muriendo en vida, consumiéndose en rabia y alcohol.
—Vete, mamá —dije, frío, volviéndome hacia la ventana para no ver su cara—. Tengo trabajo.
—Adrián... espero que nunca te arrepientas de lo que estás haciendo ahora. Tus hijos te necesitan. Y el tiempo perdido no puede recuperarse.
Se fue. La puerta se cerró con un clic suave que resonó como un disparo en el silencio. Solo entonces exploté. Tiré todo lo que había en mi escritorio: papeles volando, el portátil estrellándose contra la pared con un crujido, la botella de agua rodando por el suelo. El estruendo no calmó nada. Solo me dejó jadeando, con el corazón latiendo como si fuera a estallar. Odio que venga con sermones. Odio que tenga razón en algo. No quiero a esos niños. No pienso cambiar de opinión.
Además, ahora sé una verdad que todos desconocen. Una que descubrí después de que Claudia muriera, revisando sus cosas en un ataque de masoquismo, buscando cualquier rastro de ella. Pero no es el momento. No ahora. Ese secreto me quema por dentro, pero lo guardo. Solo yo lo sé.
No puedo concentrarme. El escritorio destrozado me mira como un reproche. Tomo las llaves y salgo sin avisar a nadie. Me voy al bar que se ha convertido en mi segunda casa. Lo compré hace un mes, en uno de esos impulsos destructivos que ya no controlo. Mandé acondicionar un espacio privado solo para mí, en la parte trasera: paredes oscuras, luz tenue, una puerta que se cierra con llave. Me gusta tomar solo. Mi único amigo, Luis, lo administra. Él no opina. No sermonea. Solo sirve y desaparece.
Entro a mi cabina privada: el sillón de cuero gastado me recibe como un viejo conocido, la mesa baja ya con un vaso limpio esperando. Luis llega minutos después, con la botella de whisky que ya sabe que quiero. El bueno. El que quema lento.
—Llegaste temprano hoy —dice, sirviendo un vaso generoso.