POV Lola De Rossi
La mansión de Alessandro no es solo una casa. Es un mundo entero, vivo y respirante, con jardines que bajan en terrazas hacia el mar, piscinas que brillan bajo el sol implacable de Sicilia, y habitaciones que huelen a madera antigua y lavanda fresca. Desde que llegamos, mi padre no se separa de los trillizos. Los carga como si temiera que desaparecieran, los besa en la frente una y otra vez, les habla en italiano suave, contándoles historias de viñedos que aún no entienden. Veo en sus ojos el peso de treinta años perdidos, y cada vez que Lorenzo le agarra un dedo con su manita gordita, o Loretta suelta una carcajada burbujeante, o Leonardo lo mira fijamente con esos ojos oscuros que son idénticos a los suyos, Alessandro llora. Lágrimas silenciosas que se limpia rápido, como si avergonzara de ellas, pero que me parten el corazón.
—Son mi redención —me dijo una noche, con Loretta dormida contra su pecho—. Tú lo eres. Nunca creí que tendría otra oportunidad.
Yo sonrío, pero por dentro me duele. Me siento intrusa en esta vida que construyeron sin mí. Como si hubiera llegado tarde a una fiesta que ya estaba en su punto álgido.
Isabella es la grieta en todo esto.
Al principio fue sutil. Comentarios disfrazados de preocupación: “Los niños son adorables, pero con tanto llanto... quizás necesiten una niñera profesional”. O moviendo los cochecitos porque “el salón principal es para recibir visitas importantes”. Carla y yo intercambiábamos miradas, conteniendo la irritación.
Pero una mañana, en la cocina soleada, cruzó la línea.
Yo estaba dando el pecho a Leonardo en una silla junto a la ventana, el sol calentándome la espalda. Carla lavaba biberones en el fregadero, tarareando bajito para calmar a Lorenzo que pataleaba en su hamaca.
Isabella entró como si el lugar le perteneciera —y quizás en su mente lo era—. Tacones altos, vestido negro impecable, el cabello perfecto. Nos miró de arriba abajo.
—Carla —dijo, con esa voz melosa que me ponía los nervios de punta—. Cuando termines ahí, ve al jardín. Hay hojas caídas que necesitan recogerse. Y luego puedes ayudar a las chicas con la lavandería.
Carla se quedó quieta, la esponja en la mano goteando agua. Yo sentí la sangre subir a la cara, caliente, rabiosa.
—Isabella —dije, la voz baja pero afilada, cubriendo a Leonardo con el chal—. Carla no es una empleada. Es mi amiga. Mi familia. Vive aquí como invitada, igual que yo. Si necesitas ayuda extra, habla con el personal.
Ella giró la cabeza lentamente, la sonrisa congelada en los labios, pero los ojos fríos como el mármol.
—Oh, Lola, no quise ofender —respondió, el tono dulzón—. Solo pensé que, con tres bebés tan... demandantes, necesitaríamos manos extras. La casa tiene un ritmo, ¿sabes? Un estándar.
Carla soltó una risa seca, dejando la esponja con un golpe.
—No soy la sirvienta de nadie —dijo, directa, secándose las manos—. Si quieres ordenar, hazlo con quien cobra por ello.
El aire se tensó. Isabella abrió la boca, pero en ese momento Alessandro entró, con Lorenzo en brazos, riendo por una carcajada del niño.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó, la alegría evaporándose al ver nuestras caras.
—Nada, querido —dijo Isabella rápido, acercándose a él, tocándole el brazo con familiaridad—. Solo organizando el día.
Mi padre me miró, interrogante. Yo negué con la cabeza. No era el momento. Pero el daño estaba hecho. Isabella se creía la dueña. Y yo no iba a permitirlo.
Esa misma noche, después de acostar a los niños, Alessandro me llevó a la terraza. El mar abajo era negro, salpicado de luces de barcos lejanos. El aire olía a sal y jazmín.
—Lola... quiero hablarte de algo que me quita el sueño desde que llegaste.
Lo miré. Estaba serio, las manos temblando ligeramente alrededor de la copa de vino.
—Quiero retirarme —confesó—. O al menos, dejar el día a día. Llevo años pensándolo, pero no tenía motivo real. Ahora lo tengo. Quiero estar aquí. Ver crecer a mis nietos. Cambiar pañales, dar biberones, enseñarles a caminar por estos viñedos. Compensar todo el tiempo que perdí contigo.
Las lágrimas me picaron los ojos. Imaginé a mi padre, este hombre fuerte y exitoso, arrodillado jugando con mis hijos, y algo dentro de mí se derritió.
—Papà... eso sería... increíble.
—Pero para eso —continuó, tomándome las manos, los ojos brillando con orgullo y esperanza—, necesito que alguien tome el mando. Y quiero que seas tú. La empresa familiar. Todo lo que construí.
Me quedé sin aliento.
—¿Yo? Papà, no sé nada de vinos. Ni de aceite. Yo...
—Tienes un título en administración —interrumpió, suave pero convencido—. Trabajaste como asistente de un CEO en Nueva York. Me contaste cómo aprendiste: estrategias, negociaciones, logística internacional. Eso vale más que cualquier máster en enología. Te enseñaré lo demás. Los viñedos, la producción, los mercados. Pero el liderazgo... eso lo llevas en la sangre.
—Asentí, pues él ya había tomado una decisión.
***