POV Lola De Rossi
La terraza estaba en penumbra, solo iluminada por las luces suaves del jardín y el brillo lejano del mar. Alessandro me miraba expectante, con esa mezcla de orgullo y preocupación que había aprendido a reconocer en él. Los niños dormían dentro, Carla vigilándolos. Isabella había desaparecido temprano, como si presintiera la tormenta.
Suspiré hondo, el peso de los últimos años cayendo sobre mí como una losa.
—Papà... los trillizos no son biológicamente míos.
Él se tensó, pero no interrumpió. Solo apretó mi mano.
—Fui madre subrogada —continué, la voz temblando al recordar—. En Nueva York. Trabajaba como asistente de un CEO poderoso, Adrián Valcourt. Él y su esposa, Claudia, no podían tener hijos. Ofrecieron un pago generoso... y yo lo necesitaba. Mi madre estaba enferma. Cáncer avanzado. El dinero era para su tratamiento.
Las lágrimas me quemaron los ojos. Alessandro palideció, pero siguió en silencio, los dedos entrelazados con los míos.
—Embarazada de trillizos. Nueve meses duros. Pero Claudia... era buena conmigo. Me escribía todos los días, me cuidaba. Y Adrián... era frío, pero yo creía que todo saldría bien.
Hice una pausa. El recuerdo de esa noche lluviosa me apretó la garganta.
—Mi madre murió esa noche. Corrí al hospital bajo la tormenta. La vi apagarse. Salí destrozada al pasillo... y allí estaba él. Adrián. Acababa de perder a Claudia en un accidente. Un conductor que se saltó el semáforo.
Alessandro soltó un jadeo bajo, cubriéndose la boca.
—El dolor lo cegó —susurré, las lágrimas cayendo ahora sin control—. Me gritó que todo era culpa del embarazo. Que sin los niños, Claudia estaría viva. Que no los quería. Que me pagaría lo que fuera con tal de que desapareciera con ellos. Que se los quedara yo, que los quemara si quería... pero que no los quería cerca.
Mi padre se levantó de golpe, el rostro rojo de furia, los puños cerrados.
—Quel bastardo... —murmuró en italiano, la voz ronca—. ¿Cómo pudo...? Son sus hijos.
—No —dije, firme, limpiándome las lágrimas—. Ya no. Esa noche, en el hospital, el shock me desencadenó el parto prematuro. Los tuve horas después. Y cuando los pusieron en mis brazos... supe que eran míos. Solo míos.
Alessandro se arrodilló frente a mí, tomándome el rostro con manos temblorosas.
—Lola... hija mía... —susurró, los ojos inundados—. Lo que hiciste... llevarlos en tu vientre, traerlos al mundo, cuidarlos sola en medio de tanto dolor... Eres la mujer más valiente que conozco.
Lloró. Lloramos juntos. Me abrazó fuerte, como si quisiera absorber todo mi sufrimiento.
—Esos niños son tuyos —dijo contra mi cabello, la voz quebrada pero feroz—. Tuyos. De Rossi. Nadie lo pondrá en duda mientras yo viva. Nadie te los quitará. Ni ese hombre, ni nadie. Te lo juro por mi sangre.
Sentí un alivio que no esperaba. Como si el peso de años sola se aligerara. Mi padre. Mi protector.
—Gracias, papà —susurré, aferrándome a él.
Nos quedamos así hasta que las lágrimas se secaron. Hasta que el mar abajo pareció calmarse.
Al día siguiente me incorporé a la empresa. Vestido sencillo, cabello recogido, los nervios a flor de piel. Alessandro me presentó en la reunión matutina: ejecutivos, enólogos, gerentes de exportación. Todos me miraron con curiosidad, algunos con respeto, otros con duda. “La hija perdida”, murmuraban. Pero mi padre habló con orgullo: “Lola tomará las riendas conmigo. Es el futuro de De Rossi Wines & Oils”.
El primer día fue intenso: visitas a las bodegas, catas de vinos premiados, revisión de contratos con distribuidores en Londres y Tokio. El aceite de oliva —virgen extra de olivos centenarios— se vendía a precios que mareaban. La empresa no era solo grande. Era un legado vivo.
Pero Isabella estaba allí. Como “mano derecha” de mi padre, tenía oficina al lado de la suya. Y desde el principio puso trabas.
Necesitaba el informe financiero del último trimestre para entender los números de exportación a Asia. Lo pedí por la mañana.
—No lo tengo a mano —dijo ella, con esa sonrisa tensa—. Está en archivo. Mañana te lo paso.
Al mediodía lo volví a pedir. “Estoy ocupada con llamadas”.
Por la tarde, ya harta, entré en su oficina.
—Isabella, necesito ese informe ahora. Es prioritario.
Ella levantó la vista de su computadora, los ojos fríos.
—Lola, querida... estas cosas llevan tiempo. No puedes llegar y exigir todo el primer día.
—No exijo —respondí, la voz endureciéndose—. Pido lo que necesito para trabajar. Mi padre me puso al mando. Eso incluye acceso a todo.
Se levantó lentamente, cruzando los brazos.
—Tu padre confía en mí desde hace décadas —dijo, el tono venenoso ahora sin disfraz—. Yo he estado aquí cuando nadie más lo estaba. He manejado esta empresa en las crisis. No soy una secretaria que corre con papeles porque la niña nueva lo pide.
La ira me subió caliente.