Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 12 El hombre que no duerme

POV Adrián

No es que no duerma.

Es que el sueño me teme.

He probado de todo: somníferos de alta gama que prometen olvido químico, meditaciones guiadas con voces susurrantes, whisky japonés de veinticinco años que quema lento, playlists de lluvia cayendo sobre templos tibetanos. Todo inútil. El insomnio no es un síntoma. Es un castigo. El precio que pago por haber dejado que Claudia saliera sola esa noche. Por no haberla acompañado. Por no haber insistido en quedarnos en casa. Por no haber dicho “te amo” una vez más antes de que cerrara la puerta con esa sonrisa que aún me persigue.

Son las 03:51. Nueva York brilla abajo como una mentira bien iluminada, un mar de luces que finge calidez, pero no llega hasta aquí. Mi despacho en la torre Valcourt es una cápsula de cristal suspendida sobre el vacío: paredes de vidrio, muebles minimalistas, el zumbido bajo del aire acondicionado que no logra disipar el frío que llevo dentro. Tengo frente a mí tres informes financieros, un balance semestral y una propuesta de fusión desde Berlín. Todos firmados. Todos correctos. Todos irrelevantes.

Yo funciono.

El sistema funciona.

Pero yo no estoy dentro del sistema. Estoy fuera. Como un satélite roto, orbitando lo que alguna vez fue vida.

La copa de whisky sigue llena. El hielo se derritió hace rato, dejando un anillo húmedo sobre la madera. No me atrevo a beber. El alcohol me desarma. Me hace sentir. Y lo único que me mantiene en pie es no sentir nada. O sentirlo todo de golpe y ahogarme en ello.

Me levanto. Camino por el despacho. A esta hora nadie molesta. Nadie llama. Nadie finge. A esta hora soy lo que queda: un hombre solo, exitoso, rico, roto.

El ascensor suena. Sé quién es antes de que la puerta se abra.

Victoria Hale.

Siempre elegante. Siempre exacta. Un vestido negro que le marca las caderas como si lo hubieran cosido sobre su piel. Cabello liso cayendo perfecto sobre los hombros, perfume costoso que invade el espacio sin permiso, expresión neutra que esconde todo y nada. Nunca entra con ruido. No lo necesita. Su presencia es la declaración.

—Sabía que estarías aquí —dice, sin rodeos.

Cierra la puerta tras de sí y cruza la habitación como si le perteneciera. En parte, le pertenece. Ella y yo compartimos demasiadas cosas: años de negociaciones brutales, contratos millonarios, victorias que celebramos con champán frío y silencios cómplices. No camas. Aún no. Pero está claro que no falta mucho para que cruce esa frontera. Solo que yo no tengo claro si quiero que eso pase… o si quiero detenerla justo antes, para no manchar lo poco que queda de Claudia.

—¿Qué hora es? —pregunto, sin mirar el reloj.

—Hora de dejar de castigarte —responde, directa, sin piedad.

Se sirve un trago. No pregunta. Nunca pregunta. Se sienta frente a mí y me estudia. Siempre lo hace. Como si yo fuera un proyecto que aún no decide si vale la inversión final.

—Zurich canceló la cumbre de esta semana —dice al fin, girando el vaso entre sus dedos—. El fondo noruego quiere un nuevo acuerdo, pero no sin ti al frente. La marca necesita tu cara, Adrián. Tu firma no basta.

—Que lo vendan sin mí.

—No pueden —responde, los ojos grises fijos en los míos—. Y lo sabes.

Me encojo de hombros. Vuelvo a sentarme. Miro la ciudad. Parece otra desde aquí. Más lejos. Más ajena.

—No he firmado ningún acuerdo emocional con nadie —digo, la voz ronca—. Que muevan las fichas sin el rey.

Ella sonríe apenas. Pero no por humor. Por algo más peligroso. Por cálculo.

—Entonces es cierto —dice, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Estás dejando que la herida se infecte a propósito.

Me giro hacia ella. Victoria Hale no tiene miedo. No se detiene. No se autocensura. Por eso sigue aquí, sentada frente a mí, después de que todos los demás se fueron corriendo. Por eso no tiembla al nombrar lo innombrable.

—Claudia murió —dice, sin suavizar el golpe, la voz clara como un bisturí—. Pero tú te estás dejando morir con ella. Y eso, Adrián, es cobardía. No dolor.

La rabia me sube como lava, caliente, incontrolable. Me levanto de golpe, el puño cerrándose. No exploto. No aún. Pero estoy al borde.

—Tienes dos opciones, Victoria. O hablas de negocios. O te vas.

Ella se inclina más hacia mí. El escote sutil. El aliento a menta y whisky. La mirada fija, desafiante.

—Lo nuestro siempre fue ambos —susurra.

Ese “lo nuestro” me golpea más que cualquier cifra. Más que cualquier pérdida bursátil.

—No hay “nosotros” —respondo, la voz baja, peligrosa.

—¿No?

—No. Claudia murió hace tres meses. No voy a reemplazarla con alguien que se siente en su silla.

Ella se ríe. Baja, afilada, como un cristal rompiéndose.

—No quiero reemplazarla, Adrián —dice, levantándose despacio, acercándose—. Quiero ocupar un lugar que ya era mío antes de que ella muriera. Tú solo no lo veías.




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