POV Lola
La mansión De Rossi respira. Pero no siempre a mi favor.
Durante el día, suena a risas infantiles que rebotan en los techos altos, al tintineo de biberones contra la encimera, al zumbido constante del mar entrando por los ventanales abiertos. Los niños gatean por las alfombras, dejan huellas de talco en el mármol, y Alessandro los sigue como un abuelo obsesionado, riendo cuando Lorenzo tira un juguete o cuando Loretta balbucea algo que suena a “papà”. Es caos luminoso. Es vida.
Por las noches, en cambio, la mansión guarda otro pulso.
Isabella.
Al principio fueron gestos camuflados. Una manta nueva apareciendo en las cunas porque “las que usas son demasiado gruesas para este clima”. Un comentario casual en la cocina: “La leche tibia después de medianoche puede causar cólicos, ¿sabes?”. Sugerencias envueltas en preocupación. Sutilezas que me rozaban la piel como espinas finas.
Luego vinieron las órdenes disfrazadas de bondad.
—He reestructurado los horarios de las niñeras —me dijo una mañana, con esa voz melosa que me ponía los nervios en punta—. La de la tarde ya no me da confianza. He notado que bosteza demasiado. He contratado a otra.
—Carla necesita un descanso —añadió otro día, mientras yo cambiaba a Leonardo—. Está saturada. Podría encargarse del jardín por las tardes, mientras buscamos ayuda profesional para los niños.
—La música que les pones... ¿no es demasiado intensa? —comentó una vez, entrando sin llamar a la habitación infantil—. Los bebés necesitan armonía, Lola. Clásica suave. Bach. No esas canciones modernas.
No lo decía con violencia. Pero su voz llevaba una lógica irrefutable, barnizada en cortesía. Y algo en mí se revolvía cada vez que la oía pronunciar mi nombre con esa cadencia tibia, alargando la “o”.
Lo-la.
Como si no fuera hija de esta casa. Como si todavía estuviera a prueba. Como si pudiera ser borrada con un gesto elegante.
Una tarde la encontré con Carla en la despensa. No vi la escena entera, pero sí el final: Isabella colocándole una lista impresa en las manos, mientras Carla la miraba con los labios apretados, la mandíbula tensa.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté en cuanto Isabella se fue, sin saludarme, como siempre.
Carla me mostró la hoja. Era un inventario. Pero no de productos: de horas. Cuánto tardaba en lavar los biberones. Cuántos minutos pasaba con cada niño. Cuántas veces se había equivocado al preparar la fórmula. Notas al margen: “Demasiado lenta”. “Distraída con el teléfono”.
Me tembló la mandíbula. La ira subió caliente, quemándome la garganta.
—¿Te habló mal?
—No —dijo Carla, arrugando el papel—. Es peor. Me habla como si ya me hubiera despedido.
—No vas a ninguna parte —respondí, la voz baja pero firme—. Ni ella, ni nadie, toca esta familia.
Fui directa a mi padre. Lo encontré en el estudio, revisando planos de la nueva bodega bajo la luz de la lámpara de escritorio. Se quitó las gafas cuando entré, sonriente. Todavía no se acostumbra a que lo llame así, pero le gusta. Se le nota en los ojos cada vez que le digo “papà”.
—¿Tienes un minuto?
—Para ti, siempre —respondió, dejándome espacio en el sillón junto a él, cerrando la carpeta con cuidado.
—Necesito que hablemos de Isabella —dije sin rodeos.
Él se tensó, apenas perceptible. Pero no apartó la mirada.
—¿Qué pasa ahora?
—Se mete en todo. Controla horarios, personal, incluso lo que Carla bebe. Ha hecho listas, papà. Listas de cómo respiramos. No es ayuda. Es vigilancia.
Él suspiró profundo, inclinándose hacia atrás en la silla. Se notaba agotado. No por mí. Por los años. Por la lealtad ciega que había depositado en ella.
—Isabella fue todo cuando creí que no me quedaba nada —dijo al fin, la voz baja—. Sostuvo esta casa, la empresa… mi ánimo. A veces olvida que ya no tiene que sostenerlo todo sola.
—No es olvido —respondí, inclinándome hacia él—. Es estrategia.
Su ceño se frunció. Lo dudaba. Todavía quería creer lo mejor. El hombre que había perdido a su esposa y a su hija durante décadas no quería admitir que la persona que lo ayudó a sobrevivir pudiera ser veneno disfrazado.
Me levanté. Caminé hacia el ventanal. A lo lejos, el jardín brillaba bajo la última luz del atardecer, los viñedos extendiéndose como un mar verde.
—Estoy investigándola, papà.
Silencio pesado.
—Desde que llegué.
Me giré. Lo miré a los ojos, sin retroceder.
—Hay transacciones opacas. Proveedores fantasmas. Dinero saliendo de cuentas secundarias a nombres que nadie reconoce. Lo encontré en los registros que pidió no compartir conmigo. Los tenía bajo llave. ¿Por qué?
—¿Estás segura? —preguntó, la voz ronca, el rostro palideciendo.
—Lo suficiente para no confiarle nada más.
Él se frotó la cara con las dos manos, como si quisiera borrar lo que oía. No dijo nada. Pero el gesto fue claro. Lo sabía. Lo temía. No podía demostrarlo. Aún.