Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 15 – El faro que delata

POV LOLA

La terraza huele a limón recién cortado y mar salado. Los trillizos duermen la siesta bajo la sombra de un toldo blanco que ondea con la brisa, sus respiraciones acompasadas como olas pequeñas. Lorenzo tiene el pulgar en la boca. Leonardo abraza su peluche de león. Loretta duerme boca arriba, con los brazos extendidos como si quisiera abrazar el mundo entero.

Los observo desde la baranda, con una taza de café que ya se enfrió entre mis manos. Tres meses en Sicilia y todavía no me acostumbro a esta calma. A este silencio que no amenaza. A despertar sin el nudo en el estómago preguntándome si hoy será el día en que todo se derrumbe.

Pero la calma nunca dura.

—Lola.

La voz de mi padre corta el aire como un cuchillo limpio. Me giro. Alessandro camina hacia mí con esa elegancia pausada que parece ensayada pero que es solo suya. Traje de lino beige, sin corbata, mangas enrolladas hasta los codos. Parece un patricio romano más que un empresario siciliano.

—Papà —digo, dejando la taza sobre la mesa—. ¿Pasó algo?

Se detiene a mi lado, mirando hacia el mar. Siempre hace eso cuando quiere decir algo importante. Como si las palabras necesitaran el horizonte para acomodarse.

—Tenemos visita el miércoles.

Algo en su tono me pone en alerta.

—¿Qué tipo de visita?

—De negocios. Inversionistas estadounidenses. Quieren proponer una alianza comercial para expandirse en Europa.

Me relajo apenas. Negocios. Nada personal.

—¿Y por qué me lo dices? Tú manejas eso.

—Porque la reunión será aquí. En la finca.

Frunzo el ceño.

—¿Aquí? Creí que odiabas mezclar la casa con los negocios.

—Generalmente sí. Pero Isabella sugirió que sería una muestra de buena fe recibirlos en territorio familiar. Y tiene razón. Estos estadounidenses necesitan entender que los De Rossi no somos una corporación fría. Somos una familia.

Isabella. Por supuesto.

—¿Desde cuándo Isabella coordina tus reuniones de negocios?

Alessandro suspira, pero no niega.

—Ella tiene... talento para estas cosas. Protocolo. Presentación. Sabe cómo impresionar a la gente correcta.

—Sabe cómo controlarlo todo, querrás decir.

Mi padre me lanza una mirada de advertencia, pero no dice nada. Porque sabe que tengo razón.

—¿Quiénes son? —pregunto, cruzando los brazos.

—El CEO de una empresa de distribución norteamericana. Su nombre es Adrián Valcor. Y su socia, Victoria Mendoza.

El mundo se detiene.

Adrián.

Adrián Valcor.

No.

No puede ser.

El café frío en mi estómago se convierte en ácido. Las manos me tiemblan. El horizonte se inclina. La taza resbala de mis dedos y se estrella contra el suelo en mil pedazos.

—¿Lola?

La voz de mi padre suena lejana, como filtrada a través de agua espesa.

—¿Qué pasa? Te pusiste pálida.

—Estoy... estoy bien —miento, pero mi voz tiembla tanto que ni yo me creo.

Pero Alessandro no es estúpido. Me conoce. Lee cada micro expresión en mi cara como si fuera un libro abierto.

—Lo conoces —afirma. No pregunta.

Cierro los ojos. Respiro hondo. Cuando los abro, Alessandro me observa con esa intensidad que desarma cualquier defensa.

—Es él —susurro—. Adrián Valcor. El padre biológico de los trillizos.

El silencio que sigue es denso, cargado.

Alessandro no se mueve. No parpadea. Procesa la información con esa calma calculadora que lo caracteriza.

—Adrián Valcor —repite lentamente, como probando el nombre en su boca—. El hombre para quien trabajabas. El que contrató a Lucía Navas para alquilar su vientre.

Asiento, incapaz de hablar.

Mi padre se pasa la mano por la mandíbula, pensando.

—¿Él sabe quién eres? ¿Sabe que eres mi hija?

—No. Cuando me fui, yo era Lucía Navas. Su secretaria. Una chica sin apellido que necesitaba dinero desesperadamente para la operación de mi madre. Jamás mencioné que tenía un padre en Sicilia. Para él, Lucía Navas desapareció con los trillizos esa noche horrible.

La noche en que murió mi madre.

La noche en que Claudia murió en ese accidente.

La noche en que todo se derrumbó.

—¿Y crees que vino por los niños?

La pregunta me destroza por dentro.

—No lo sé. Esa noche... cuando le dieron la noticia de que Claudia había muerto, él dijo que no quería a los bebés. Que le recordaban demasiado a ella. Que no podía ni mirarlos. Pero... ¿y si cambió de opinión? ¿Y si ahora quiere recuperarlos?




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