Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 16 – Fantasmas en el jardín

POV ADRIÁN

Sicilia huele diferente. No es solo el aire salado que viene del Mediterráneo o el aroma a limoneros que invade cada rincón. Es algo más profundo. Ancestral. Como si la isla misma respirara historias que llevan siglos enterradas en sus colinas.

El auto alquilado sube por caminos sinuosos, bordeando viñedos que parecen no tener fin. Victoria va en el asiento del copiloto, revisando por quinta vez la presentación en su tablet, ajustando palabras, perfeccionando cifras. Siempre perfeccionando.

—Recuerda —dice sin levantar la vista—. Alessandro De Rossi es tradicional. No le gustan los discursos corporativos. Habla de familia, de legado, de construir algo que trascienda. Él responde a eso.

—Ya me lo dijiste. Tres veces.

—Y te lo diré una cuarta si es necesario —replica, mirándome finalmente—. Este trato es importante, Adrián. No solo para la empresa. Para ti también.

No respondo. Porque no sé qué decir. Porque no estoy seguro de por qué acepté venir. Tal vez Victoria tiene razón. Tal vez necesitaba salir de esa mansión que se convirtió en mi cárcel. Tal vez necesitaba respirar aire que no oliera a Claudia.

O tal vez solo quería escapar de los fantasmas que me persiguen en cada habitación.

El GPS anuncia que hemos llegado. El auto gira por un camino privado flanqueado por cipreses centenarios que se alzan como centinelas. Y entonces la veo: la finca De Rossi.

No es una casa. Es un palacio.

Muros blancos que brillan bajo el sol siciliano. Columnas de mármol. Jardines perfectamente cuidados que descienden en terrazas hacia el mar. Fuentes que cantan con el agua cristalina. Y en el centro, una mansión de tres pisos con balcones de hierro forjado y ventanales que parecen capturar toda la luz del mundo.

—Impresionante —murmura Victoria, guardando su tablet—. Definitivamente saben cómo vivir.

El auto se detiene frente a la entrada principal. Un hombre de traje impecable nos recibe con una reverencia que parece sacada de otra época.

—Señor Valcor, señorita Mendoza. Bienvenidos. El señor De Rossi los está esperando en la terraza este.

Nos guía a través de pasillos de mármol donde nuestros pasos resuenan como ecos controlados. Pinturas antiguas cuelgan de las paredes. Esculturas romanas descansan en nichos iluminados. Todo grita dinero viejo. Poder heredado. Legado.

La terraza este es un despliegue de elegancia discreta: mesa larga de madera oscura, sillas tapizadas en lino blanco, vista panorámica a los viñedos que se pierden en el horizonte. Y al centro, de pie junto a la baranda, un hombre que solo puede ser Alessandro De Rossi.

Alto, cabello plateado perfectamente peinado hacia atrás, traje de lino beige. Pero lo que más impacta son sus ojos: oscuros, penetrantes, que evalúan todo sin necesidad de palabras.

—Señor Valcor —dice, extendiendo la mano con una sonrisa que no llega del todo a sus ojos—. Es un placer recibirlo en mi casa.

—El placer es mío, señor De Rossi. Gracias por recibirnos.

Su apretón es firme pero breve. Profesional. Calculado.

—Y usted debe ser la señorita Mendoza —continúa, volviéndose hacia Victoria—. He oído hablar mucho de su... tenacidad.

Victoria sonríe, sin inmutarse por el tono ambiguo.

—Espero que en el buen sentido.

—En el único sentido que importa: resultados.

Una mujer aparece desde el interior de la casa. Rubia, elegante, con un vestido azul pálido que fluye como agua. Isabella, supongo. La segunda esposa. Victoria me había advertido sobre ella: "la que realmente maneja la casa, aunque Alessandro no lo admita".

—Señor Valcor, señorita Mendoza —saluda con una sonrisa perfecta—. Qué alegría tenerlos aquí. Espero que el viaje no haya sido demasiado agotador.

—Para nada —responde Victoria—. El paisaje hace que valga la pena cada minuto.

—Sicilia tiene ese efecto —dice Isabella, haciendo un gesto hacia la mesa—. Por favor, siéntense. El almuerzo está listo.

El almuerzo es un desfile de platos sicilianos: arancini dorados que crujen al morderlos, pasta con sardinas y hinojo salvaje, pescado fresco asado con limón y hierbas, vino tinto que sabe a sol concentrado. Todo servido con precisión militar por personal silencioso que aparece y desaparece como sombras.

La conversación fluye superficial durante la primera mitad del almuerzo. Alessandro pregunta por Nueva York, por el vuelo, por nuestras impresiones de Sicilia. Victoria responde con encanto calculado. Yo digo lo necesario, observando más que participando.

Es Isabella quien rompe la cortesía vacía.

—Entonces, señor Valcor, entiendo que están interesados en expandirse al mercado europeo.

Victoria se endereza, lista para su discurso.

—Así es. Creemos que una alianza con De Rossi Wines & Oils sería beneficiosa para ambas partes. Ustedes obtienen acceso directo al mercado norteamericano sin intermediarios. Nosotros obtenemos productos premium con certificación europea y una red de distribución ya establecida.




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