Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 17 – Victoria quiere más

POV VICTORIA

Adrián está distraído durante la cena. Lo noto en la forma en que mueve la comida en el plato sin probar bocado, en cómo su mirada se pierde en algún punto indefinido del restaurante, en ese silencio denso que se instaló entre nosotros desde que salimos de la finca De Rossi.

—No fue tu culpa —digo, rompiendo el silencio que ya se volvió insoportable—. Alessandro ya había tomado su decisión antes de que llegáramos.

Él parpadea, como si regresara de muy lejos.

—Lo sé.

—Entonces deja de torturarte. Conseguiremos otro socio. Europa está llena de oportunidades.

—No es eso.

—¿Entonces qué es?

Adrián deja el tenedor sobre el plato con un chasquido metálico.

—Nada. Estoy cansado.

Mentira. Conozco a Adrián lo suficiente para saber cuándo algo lo carcome por dentro. Lo conozco desde antes de Claudia, desde que éramos solo dos ejecutivos ambiciosos construyendo imperio. Lo conozco lo suficiente para saber que esa mujer nunca fue suficiente para él. Nunca lo entendió como yo lo entiendo.

—Adrián —digo, inclinándome hacia adelante, bajando la voz—. Sé que este viaje no salió como esperábamos. Pero no todo está perdido. Podemos aprovechar estos días. Conocer la zona. Hacer contactos. Sicilia tiene más que ofrecer que solo De Rossi.

Él me mira finalmente. Sus ojos están cansados. Vacíos.

—¿Para qué, Victoria?

—¿Para qué? Para expandir el negocio. Para crecer. Para construir algo que trascienda.

Uso las mismas palabras que Alessandro usó hoy. Propósito. Legado. Las palabras que mueven a hombres como Adrián.

—Ya no sé qué estamos construyendo —murmura, tomando su copa de vino—. O para qué.

Ahí está. La grieta. Esa vulnerabilidad que aparece cuando baja la guardia. La misma que apareció cuando Claudia murió. La misma que he estado esperando que se ensanchara lo suficiente para que yo pueda colarme por ella.

—Estamos construyendo nuestro futuro —digo, y dejo que la palabra cuelgue en el aire como una promesa—. Juntos.

Adrián no responde. Pero tampoco me corrige. Y eso es suficiente.

Pido otra botella de vino. Uno siciliano, denso, que sabe a tierra y sol concentrado. Adrián bebe más de lo que debería. Yo también. Pero mantengo el control. Siempre mantengo el control.

La conversación se vuelve más ligera. Hablo de planes futuros. De nuevos mercados. De proyectos que podríamos desarrollar. Uso el plural deliberadamente. Nosotros. Nuestro. Juntos.

Adrián no corrige ninguno.

Para cuando terminamos la cena, la tensión entre nosotros ha cambiado. Ya no es profesional. Es otra cosa. Algo que he estado cultivando durante meses. Algo que finalmente está madurando.

—Deberíamos volver al hotel —digo, firmando la cuenta con mi tarjeta corporativa—. Mañana tenemos que reorganizar la agenda.

Él asiente, levantándose con esa elegancia mecánica que lo caracteriza. Incluso borracho, Adrián se mueve con control absoluto.

El hotel está a cinco minutos caminando. Las calles de Taormina están iluminadas con lámparas antiguas que proyectan sombras doradas sobre el adoquín. Parejas pasean tomadas de la mano. Risas flotan desde los bares abiertos. Todo huele a verano eterno.

Caminamos en silencio. Nuestros hombros se rozan ocasionalmente. Yo me acerco más de lo necesario. Él no se aleja.

Cuando llegamos al hotel, el recepcionista nos saluda con esa cortesía europea que parece genuina. Subimos al tercer piso. Nuestras habitaciones están contiguas. Lo pedí específicamente cuando hice la reserva. Casualidad, dirían algunos. Estrategia, sé yo.

Nos detenemos frente a su puerta. La mía está a dos metros.

—Buenas noches, Victoria —dice Adrián, buscando la llave en su bolsillo.

—Espera.

Pone la mano sobre el picaporte, pero no lo gira. Me mira.

—¿Qué?

Doy un paso hacia él. Luego otro. Hasta que no hay espacio entre nosotros. Hasta que puedo sentir su calor, su respiración, esa tensión que vibra en su cuerpo como un cable a punto de romperse.

—No quiero que estés solo esta noche.

—Victoria...

—No digas nada —susurro, poniendo mi mano sobre su pecho—. Solo... no digas nada.

Lo beso.

Es un beso calculado. Suave al principio. Probando. Midiendo su reacción. Esperando que me rechace.

Pero no lo hace.

Por un segundo, se queda inmóvil. Rígido. Como si su cerebro estuviera procesando lo que acaba de pasar.

Y entonces algo se rompe en él.

Me besa de vuelta. Fuerte. Desesperado. Como si necesitara aferrarse a algo concreto antes de ahogarse completamente.

Sus manos encuentran mi cintura. Las mías se enredan en su cabello. La puerta de su habitación se abre de golpe cuando él la empuja con la espalda sin romper el beso. Entramos tropezando. La puerta se cierra detrás de nosotros.




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