POV LOLA
Llevo tres días encerrada aquí, mirando por la ventana como si el mundo exterior fuera una amenaza constante. Tres días esperando que mi padre llame para decir que es seguro volver. Tres días sintiéndome como Lucía Navas otra vez: asustada, huyendo, invisible.
Los trillizos no entienden por qué cambiamos de lugar. Lorenzo llora más de lo normal. Leonardo se niega a dormir si no es en mis brazos. Loretta me mira con esos ojos enormes que parecen preguntar por qué mamá está tan tensa.
Carla está en la cocina, preparando biberones con esa eficiencia que desarrolló desde que nos convertimos en una unidad de supervivencia de dos. Mi mejor amiga. Mi mano derecha. La única persona que me conoce completa: Lucía y Lola, el antes y el después.
Mi teléfono vibra sobre la mesa. El nombre de mi padre ilumina la pantalla.
Lo contesto antes del segundo timbre.
—¿Papá?
—Ya se fue —dice Alessandro sin preámbulos—. Adrián Valcor tomó un vuelo a Nueva York esta mañana. Victoria Mendoza también. Puedes volver a casa.
Debería sentir alivio. Pero lo que siento es un vacío extraño, como si algo dentro de mí se hubiera quedado esperando una catástrofe que nunca llegó.
—¿Preguntó algo? ¿Dijo algo sobre... los niños?
—Vio el moisés en el jardín. Isabella mencionó que eran trillizos. Se quedó pensativo, pero no preguntó más. No sospecha nada, Lola. Está a salvo.
Está a salvo.
Esas palabras deberían tranquilizarme. Pero hay algo en ellas que me eriza la piel. Como si "estar a salvo" significara seguir escondiéndome. Seguir siendo un fantasma.
—Gracias, papà. Volveremos esta tarde.
—Isabella ya está preparando las habitaciones. Te espero para la cena.
Cuelga. Siempre tan directo. Tan práctico.
Dejo el teléfono sobre la mesa y me quedo mirándolo como si fuera un objeto extraño.
—¿Era Alessandro? —pregunta Carla desde la cocina.
—Sí. Adrián ya se fue. Podemos volver.
El silencio que sigue es denso. Carla aparece en el umbral, secándose las manos con un paño de cocina. Me mira con esa intensidad que usa cuando sabe que algo está mal pero espera a que yo lo diga primero.
—¿Y? —pregunta finalmente—. ¿Qué esperas? Empaca. Nos vamos.
No me muevo.
—Carla... ¿y si volvemos y dentro de un mes aparece otra vez? ¿Y si esto se repite cada vez que alguien de mi pasado se acerca demasiado?
Ella deja el paño sobre la mesa y se sienta frente a mí.
—No va a pasar.
—No lo sabes.
—Tienes razón. No lo sé —admite, tomando mis manos—. Pero sé que esto no puede ser tu vida. Huir cada vez que sientes peligro. Esconderte cada vez que alguien pronuncia su nombre.
—No estoy huyendo. Estoy protegiéndolos.
—¿A ellos o a ti?
La pregunta me golpea como una bofetada.
—¿Qué se supone que significa eso?
Carla aprieta mis manos, sin soltarme.
—Significa que llevas tres meses construyendo algo real en Sicilia. Un nombre. Una familia. Un futuro. Y a la primera amenaza, empacaste y saliste corriendo como si nada de eso importara.
—Él podría haberme reconocido.
—Pero no lo hizo. Y aunque lo hubiera hecho, ¿entonces qué? Ahora eres Lola De Rossi. Tienes a Alessandro. Tienes recursos. Tienes poder. No eres la Lucía Navas que huyó de Nueva York con tres bebés y cincuenta dólares en el bolsillo.
Las lágrimas me queman los ojos.
—Pero me siento como ella. Me siento exactamente como ella. Asustada. Pequeña. Invisible.
—Entonces deja de sentirte así —dice Carla, con esa dureza que solo usa cuando me ve hundiéndome—. Porque tus hijos no necesitan a Lucía. Necesitan a Lola. Necesitan a una madre que no huye. Que planta los pies en la tierra y dice: esto es mío, y nadie me lo va a quitar.
—¿Y si no puedo ser esa persona?
—Ya lo eres —insiste—. Lo fuiste cuando decidiste quedártelos. Cuando subiste a ese avión a Sicilia. Cuando le dijiste a Alessandro quién eras. Cuando aceptaste el apellido De Rossi. Todo eso requirió coraje. No huyas de ese coraje ahora.
Me suelto de sus manos y me levanto. Camino hacia la ventana. Palermo se extiende frente a mí: edificios color ocre, calles estrechas, el mar brillando a lo lejos. Podría quedarme aquí. Podría alquilar otro departamento. Cambiar de nombre otra vez. Empezar de cero por tercera vez.
Pero Carla tiene razón.
Eso no es vivir. Es sobrevivir.
Y estoy cansada de solo sobrevivir.
—¿Sabes qué es lo peor? —digo, sin girarme—. Que durante tres días estuve esperando que apareciera. Que tocara la puerta. Que me encontrara. Y una parte de mí... una parte enfermiza de mí... casi lo deseaba. Solo para acabar con esta espera. Para dejar de vivir con miedo.