Los Trillizos Del Ceo

Capítulo 19 — Primer pulso

POV LOLA

La sala de juntas es oscura, sillas de cuero que crujen, ventanales que dan a los viñedos donde generaciones de De Rossi plantaron su imperio. Y yo, sentada a la derecha de mi padre, sintiéndome como una niña disfrazada de adulta.

Diez hombres rodean la mesa. Rostros curtidos por décadas de negocios. Manos que firmaron contratos antes de que yo naciera. Ojos que me evalúan como si fuera una pieza de porcelana fina: bonita para exhibir, frágil para confiar.

Alessandro me presentó hace cinco minutos con un orgullo que resonó en cada sílaba: "Mi hija, Lola De Rossi. Se integrará a la gestión de la empresa."

Hubo asentimientos educados. Sonrisas que no llegaron a los ojos. Un murmullo de bienvenidas que sonaron más a condolencias.

Nadie dijo lo que todos pensaban: Tiene tres bebés de tres meses. ¿Qué puede saber de exportaciones y márgenes de ganancia?

Pero yo escuché cada palabra no dicha.

Isabella está sentada frente a mí, impecable en un traje sastre color crema que probablemente cuesta más que mi primer auto en Nueva York. Tiene una carpeta abierta frente a ella, llena de gráficos perfectamente organizados. Su pluma descansa sobre el papel como un cetro. Su sonrisa es la definición de control: amable, eficiente, letal.

—Empecemos con las exportaciones del trimestre —dice Matteo Greco, el director de logística, un hombre de sesenta años con bigote gris y una voz que parece salir de una cueva—. Los números son sólidos. Cumplimos con todas las proyecciones.

Desliza una hoja por la mesa. Alessandro la revisa brevemente, asiente, me la pasa.

Estudio los números. Columnas de cifras que bailan frente a mis ojos cansados. Dormí cuatro horas anoche porque Lorenzo tuvo fiebre y Leonardo decidió que las tres de la madrugada era el momento perfecto para gatear por toda la habitación. Pero hice mi tarea. Revisé los reportes del año pasado. Comparé márgenes. Busqué inconsistencias.

Y algo no cuadra.

—Hay una discrepancia en el contrato con Francia —digo, señalando una línea—. El volumen de exportación aumentó un veinte por ciento, pero los ingresos solo subieron un doce.

El silencio que sigue es denso.

Matteo intercambia una mirada con Isabella.

—Es por la renegociación de tarifas —explica Isabella con esa calma que suena a libreto ensayado—. Francia exigió descuentos por volumen. Está todo documentado.

—¿Puedo ver ese contrato?

Isabella no parpadea.

—Por supuesto. Te haré llegar una copia resumida. El original tiene ciento cuarenta páginas de cláusulas legales. Es más cómodo trabajar con el resumen.

Más cómodo.

Esas dos palabras me erizan la piel.

—Prefiero el original.

—Lola —interviene Alessandro con esa suavidad que usa cuando quiere evitar conflictos—. El resumen es suficiente para empezar. Puedes revisar los originales después, cuando tengas más tiempo.

Cuando tengas más tiempo.

Como si fuera una estudiante en prácticas, no la heredera.

—No necesito más tiempo —replico, sosteniendo la mirada de mi padre—. Necesito información completa.

Isabella cierra su carpeta con un chasquido casi inaudible.

—Por supuesto. Te enviaré todo esta tarde.

Pero hay algo en su tono que me dice que no lo hará. O que lo que reciba estará curado, filtrado, digerido para que no tenga que masticar demasiado.

La reunión continúa durante otra hora. Discuten rutas de distribución, nuevos mercados, inversiones en infraestructura. Isabella participa en todo con precisión quirúrgica. Conoce cada cifra, cada contacto, cada detalle. Los hombres la consultan como si fuera un oráculo.

Y yo me siento invisible.

No es que me ignoren activamente. Es peor. Me tratan con esa cortesía condescendiente que reservas para alguien que está ahí por nepotismo, no por mérito.

Cuando Alessandro sugiere expandir la producción orgánica, tres hombres asienten antes de que termine la frase. Cuando yo pregunto por qué no hemos explorado el mercado asiático, Matteo sonríe como si acabara de preguntar por qué el cielo es azul.

—Es complicado, señorita Lola. Regulaciones. Aranceles. Relaciones políticas delicadas.

Señorita Lola.

Como si tuviera ocho años.

—Entiendo que es complicado —digo, manteniendo mi voz firme—. Por eso pregunto. Para entender las complicaciones.

Matteo intercambia otra mirada con Isabella. Ella interviene con esa dulzura envenenada que domina a la perfección.

—Es una excelente pregunta, Lola. De hecho, tenemos un informe sobre mercados emergentes que podría interesarte. Te lo enviaré junto con el contrato de Francia.

Otro documento que probablemente nunca llegará completo.

POV ISABELLA

La observo desde el otro lado de la mesa y veo exactamente lo que Alessandro no quiere admitir: está fuera de su profundidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.