POV ADRIÁN
El intercomunicador de mi escritorio suena con ese zumbido irritante que significa que mi asistente está a punto de arruinarme el día.
—Señor Valcor, su madre está aquí.
Cierro los ojos. Respiro hondo. Cuento hasta tres.
—Dile que estoy ocupado.
—Ya entró, señor.
Por supuesto que ya entró.
La puerta de mi oficina se abre sin que yo diga nada. Helena Valcor entra como siempre lo hace: con la certeza de quien cree que el mundo entero es su sala de estar. Traje Chanel negro, perlas que probablemente costaron más que el salario anual de la mitad de mis empleados, cabello plateado recogido en un moño impecable.
Y esa expresión. Esa mirada que combina decepción, juicio y determinación a partes iguales.
—Madre —digo, sin levantarme—. Qué sorpresa.
—No finjas, Adrián. Nunca se te dio bien mentir.
Se sienta en la silla frente a mi escritorio sin esperar invitación. Cruza las piernas. Me observa con esa intensidad que solía hacerme sentir de ocho años incluso cuando tenía treinta.
—¿A qué debo el honor?
—Sabes exactamente a qué.
No respondo. Porque sí sé. Ha estado llamando durante dos semanas. Dejando mensajes que no devuelvo. Enviando correos que archivo sin leer.
—Victoria Mendoza —dice finalmente, pronunciando el nombre como si fuera una enfermedad—. ¿Es cierto?
—¿Es cierto qué?
—No me hagas perder el tiempo, Adrián. ¿Estás acostándote con tu socia?
La pregunta cuelga en el aire como un veredicto.
—Mi vida personal no es tu problema.
—Tu vida personal se vuelve mi problema cuando afecta el legado de esta familia.
—No hay legado. Claudia murió. Los bebés desaparecieron. El legado terminó.
Helena se inclina hacia adelante, con esa mirada afilada que podría cortar cristal.
—Esos bebés no desaparecieron. Están en algún lugar. Y tú tienes los recursos para encontrarlos.
—No quiero encontrarlos.
—Pero necesitas hacerlo.
—No necesito nada.
—¿Ah no? —replica, sacando su teléfono de su bolso de piel—. ¿Entonces no te importa esto?
Desliza el teléfono sobre mi escritorio. En la pantalla, una foto: Ernesto, mi hermano menor, de pie junto a una mujer rubia que sonríe como si acabara de ganar la lotería. Él tiene el brazo alrededor de su cintura. Ella muestra un anillo que brilla tanto que probablemente se ve desde el espacio.
—Ernesto se comprometió —anuncia mi madre con esa calma que precede a las tormentas—. La boda será en seis meses. Y teniendo en cuenta que llevan dos años juntos y que ella tiene veintiocho años... no tardarán en tener hijos.
Dejo el teléfono sobre el escritorio.
—Felicidades para él.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir?
—¿Qué quieres que diga? ¿Que me importa que mi hermano se case?
Helena se pone de pie. Camina hacia la ventana, mirando la ciudad que se extiende abajo como un tablero de ajedrez donde ella siempre jugó como maestra.
—Sabes perfectamente lo que significa. El testamento de tu padre fue claro: el control de la empresa pasa al primero que tenga un heredero. Tú eres el mayor. Deberías haber sido tú. Pero aunque los bebés nacieron, desaparecieron esa misma noche. Y ahora Ernesto está a seis meses de casarse con una mujer que probablemente quedará embarazada antes del primer aniversario.
—Que se quede con la empresa. No me importa.
Mi madre se gira bruscamente, con una expresión que mezcla incredulidad y furia.
—¿Cómo puedes decir eso? Pasaste diez años construyendo esta compañía. Diez años sacrificando todo para estar a la altura del apellido Valcor. ¿Y ahora simplemente vas a rendirte?
—No es rendirse. Es seguir adelante.
—Es cobardía.
La palabra me golpea como una bofetada.
—Cuida tu tono, madre.
—O qué? ¿Me vas a echar? Adelante. Pero antes escúchame bien —camina hacia mi escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera, inclinándose hasta que su rostro está a centímetros del mío—. Si Ernesto tiene un hijo antes que tú presentes a los tuyos, perderás todo. No solo la empresa familiar. También perderás el trabajo de toda tu vida. Todo lo que construiste con Claudia.
El nombre de Claudia en su boca me produce náuseas.
—No uses a Claudia para manipularme.
—No te estoy manipulando. Te estoy recordando la realidad. Esa empresa era el sueño de ella tanto como el tuyo. Ella invirtió años en las estrategias de expansión. En los contratos internacionales. En construir algo que trascienda. ¿Y ahora vas a dejar que Ernesto se quede con todo porque eres demasiado cobarde para buscar a tus propios hijos?